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Decidí
aceptar un trabajo de asesor técnico en la empresa de telecomunicaciones de
Nicaragua ENITEL, pues comenzaba a afectarme las no visitas de mis dos hijos
que el año pasado se habían casado y que vivían a 200 km de distancia. Las visitas aparte de ser esporádicas, eran muy
breves: un par de horas a lo sumo.
Siempre había una excusa de diverso tipo. Vi el
calendario y pude notar que sus visitas después de ser quincenales, eran cada
cuatro meses. Coincidencia o no, recibí un correo electrónico de un camarada y
así pude aceptar la oferta de trabajar 20 horas semanales por concepto de
asesoría. Gustosamente acepté la oferta,
la cual venía con beneficios frugales; y heme aquí de nuevo trabajando en la
voluptuosa Nicaragua. Viudo y
aún solo, vivía de reunión en reunión, de evento en evento. Mis 20 horas eran fugaces. Mi trabajo me
permitía conocer muchas personas, nacionales y de diversos países, pues era un
intermediario para la determinación de fondos de ayuda externa para los
proyectos que ENITEL requería. El siguiente evento era una cena de gala en la
Famosa “Casona de Montelimar”, construcción histórica,
pues era la villa de veraniego del exdictador Anastasio Somoza Debayle,
construida en la mejor zona de la Playa de Montelimar,
a la orilla de un risco, cuyas largas terrazas, permitían ver el Océano
Pacífico con sus olas suaves y perezosas. Muy bien escogido el lugar y el nombre.
Muy elegante, de buen gusto, plagada de pinturas y esculturas, la mayoría de
ellas de jade verde y negro, expuestas en los amplios salones de las distintas áreas
de dicha Casona llena de candiles franceses.
Era como viajar a la historia de un pasado que denotaba autoridad, lujo,
despilfarro, ostentosidad y corrupción de un poderío militar imparable. Me
encontré de nuevo con Sofía, a quien había conocido en una entrevista de La
Prensa. Ella era psicóloga y colaboraba en la redacción de dicho diario
nacional. Tan pronto como me vio, salió
a mi encuentro y me saludó cortésmente.
Comprendí inmediatamente que estaba sola. No paraba de platicar y hacer
preguntas, sintiéndola un poco nerviosa.
Comenzó por preguntarme qué opinaba de la música suave que la banda
estaba tocando, le dije que era bonita pues era un bolero clásico que iba
acorde al lugar. La melodía se llamaba
Perfidia. Había parejas bailando y
supuse que quería bailar. La persuadí
con mucha sutileza y le pedí que quería salir a caminar por los famosos
balcones que describió en uno de sus poemas Ernesto Cardenal Martínez, el
poeta, sacerdote, teólogo y líder político en tiempos difíciles. Ella aceptó mi
proposición y así caminamos por el legendario balcón, arropados por la brisa
marina, conversando y observando un vasto cielo obscuro pues había luna
nueva. Caminando
llegamos al final del largo y circundante balcón y así se nos permitió ver ahora
el cielo estrellado, con luceros, brillantes planetas y demás astros. Fortuna o no, podía observarse vagamente la
vía láctea. El espectáculo era increíble,
parecía un sueño. Descendimos caminando
por las amplias escaleras que conducían a la playa y comenzamos a caminar
descalzos en la arena observando cada vez más astros pues la noche obscura
estaba de nuestro lado. Sus manos estaban
heladas y sudaban. Mientras
caminábamos escuchamos el sonido de un viento un poco inusual y mirando al
cielo, pudimos observar algo así como cápsulas con un acrílico delgado muy
transparente con la orilla blanca.
Dentro de cada cápsula había un perro que yacía como dormido. Pudimos observar varias cápsulas de la misma forma pero de tamaño diferente. Notamos unas muy pequeñas y pudimos detectar
que eran gatitos que dormían. Todos
dichos animales tenían la cabeza en medio de sus patitas en posición de
sueño. Sentí el palpitar del corazón de
Sofía que comenzaba acelerarse. Ves lo
que mis ojos están viendo le pregunté. Sí,
me dijo con voz suave. Es increíble me
decía, hoy es 12 de abril, día de San Lázaro el patrono de las Mascotas. Aquí en Nicaragua se le celebra en grande,
especialmente en Masaya. Mi madre llevó
a Simón mi gato y lo vistió de ángel para que el sacerdote lo bendijera. Es el
amor de mi vida y de mi mamá también. Ahora estoy tranquila para cuando se
muera Simón, pues he visto algo que siempre creí que era una leyenda, un cuento
de niños de cuna. Yo soy nicaragüense
y nunca lo había visto. Tú eres
extranjero y mira lo que has presenciado en tus primeras Semanas aquí en nuestro
país. Me traes muy buena suerte y me
gusta tu energía, me dijo. Yo no respondí
una sola palabra. Dime ¿cuánto tiempo estarás en Nicaragua? Cuando te
entrevistamos, tuve pena hacerte esa pregunta, pues el periódico nos da las
preguntas que debemos formular. ¿De dónde eres? ¿Eres Casado? ¿Tienes hijos? Le
contesté todas las preguntas que salían de su boca y se quedó tranquila y en
silencio. Me dijo
que era divorciada, que fue una monja de la orden de Las Josefinas. Se había casado con un hombre rico, pues su
madre había hipotecado la casa que habían heredado de sus abuelos. Para liberar
la casa se había salido del convento y así se casó con don Jorge Arburola,
acaudalado de Diriamba, departamento de Carazo. El señor Arburola era un
engaitador de primera, me galanteaba y me cortejaba a más no poder, pues estaba
acostumbrado a hacerlo, eso me hizo enamorarme de él, pues yo nunca conocí a mi
padre y la falta de él me hizo volcar mis sentimientos hacia un hombre buscando
la figura paterna. A la fecha aún no sé su nombre, de dónde es y cómo conoció a
mi mamá. Ella nunca habla de él, pues le da pena, rabia y esquiva siempre esa
conversación. Aún hasta la fecha no sé si vive o no. Mi exesposo
estaba más interesado en mi virginidad que en mi persona y yo nunca lo supe
descubrir. Derechito del convento salí
para la Iglesia a casarme. Después de mi
luna de miel los tratos cambiaron y pude darme cuenta que tenía dos mujeres
más. Supe con su conducta pendenciera, machista de todo hombre adinerado que
estaba acostumbrado a otros menesteres con prostitutas. Yo no sabía hacer nada de eso, pues todo era
nuevo para mí. Bien o mal, pude liberar
la casa de mis abuelos y así regresé a vivir con mi madre y con Simón. Nuestra
conversación se alargó tanto que la música había terminado de sonar. La única nota musical era la de los grillos y
las ranas. El espectáculo de la noche hizo un clic enorme en nuestras
vidas. La tomé nuevamente de la mano y
la abracé tiernamente. Sofía descansó su cabeza en mi pecho, abrazándome con
fuerzas, apretando su cara contra mi pecho. suspirando profundamente y pude
sentir sus deseos de llorar. Le acaricié
sus cabellos metiendo mis dedos bajo su trenza, y le di un beso en su frente y
le dije no te preocupes, déjalo ir. Ella
me dio una media sonrisa. Tomados de la mano seguimos caminando buscando las
escaleras que nos conducirían al parqueo de La Casona. Puedo
llevarte a tu casa si me lo permites, le dije.
Ella asintió con su mirada fija y nuevamente con su media sonrisa.
Realmente ahora que te veo más de cerca, tienes todavía carita de monja…. le
dije sonriendo y de nuevo ella me dio otra media sonrisa. (continuará…) |
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