La Casona (Tercera parte)
The Fernet-Branca man


Aunque había una marcada diferencia entre nuestras edades, nunca conversamos al respecto. Vivíamos cada día como si ese día iba a ser el último de nuestras vidas. La concatenación de nuestras energías era tan llena de sincronismo, que dichas conversaciones estaban anuladas sin ponernos de acuerdo el uno con el otro. Le agradezco mucho a Sofía, pues nunca hubo alguna conversación al respecto. Por otro lado, dadas las condiciones de mi contrato, tenía que pensar que en un instante u otro tendría que regresar a mi país de origen o radicarme para siempre en mi encantadora Diriamba. Ahora pensaba y consideraba que ella me seguiría a donde fuera que fuese.

Sofía había dicho muchas veces que su trabajo lo podría realizar trabajando desde su casa o desde mi apartamento, y el único trabajo que necesitaba hacer en persona era cuando le llamaban a la prensa para algún trabajo o entrevista específica, dentro o fuera de Managua. Pues seguía trabajando para la editorial de dicho periódico.

Sofía, en cierta ocasión me preguntó si mis hijos se opondrían a que yo tuviese una relación. Le mencionaba que 10 años atrás posiblemente sí, pero que a estas alturas, mis hijos ahora casados pensaban como casados. Y si yo era feliz con alguien, ellos serían también felices con mi pareja escogida. Mi respuesta la dejó tranquila y cada vez nuestra relación se fortalecía.

A pesar de que nunca pudo tener la oportunidad de ser madre, su sensibilidad de mujer era notable pues tal vez seguía siendo afectada por la falta de un padre, por otro lado su vocación de Psicóloga y su interés mostrado por las relaciones humanas y su inherente curiosidad por las personas, hacía que cada día que transcurría, nuestros sentimientos más que unirse se fundían suave y progresivamente. No era un idilio, era más que eso: una nueva vida para ambos. Era una relación muy armoniosa, tal pareciera que al fin ella y yo hubiésemos encontrado la ayuda idónea para el viaje de la vida, sin andarlo buscando.

En mis días de trabajo en Managua, ella se quedaba conmigo, cosa que me agradaba por completo, pues me daba la oportunidad de conocerla aún más y sobre todo de atenderla, cosa que le gustaba pues no estaba acostumbrada a eso. En nuestro tiempo libre viajábamos juntos a Diriamba o hacia donde ella quisiera. A pesar de que ella era de origen nicaragüense, yo conocía más Nicaragua que ella. Cuando permanecíamos en Diriamba, pude aprender a cocinar a la par de doña Mercedes, Sofía se nos unía en sus horas libres. Pude notar que ambas cocinaban como equipo. Así aprendí la cocina nicaragüense, con la ayuda de ambas. En ocasiones era yo el principal cocinero y les pedía que por favor se dejaran atender, pues era justo y necesario que se sintieran atendidas

Trabajaba un máximo de tres días durante la semana, generalmente los pasaba en la ciudad de Managua la capital de Nicaragua, salvo cuando las reuniones eran en cualquier ciudad importante del interior del país. Cuando eso sucedía, ella me esperaba en el apartamento. Se sentía ahora una señora y me encantaba que se sintiera como tal, pues la trataba como tal. Éramos ahora inseparables, cosa que me fascinaba. Cada fin de semana lo pasábamos con su madre, pues ahora los tres íbamos a la Misa Dominical a la misma Iglesia (la Basílica Menor de San Sebastián). Me fascinaba Diriamba, por lo tranquilo y típico. Era como que si el tiempo se hubiese detenido allí. El ambiente me permitía escribir, pues el silencio y la buena energía que respiraba con Sofía, Doña Mercedes y Simón lo permitía. Tenía las condiciones para que el poeta escribiera. Si fuese pintor, tenía el ambiente para plasmar en un lienzo el paisaje bello por su sencillez y pureza. No cabía duda. El amor había nuevamente llegado a mi vida, y era lo que había cambiado todo. Me sonreía solo pues Simón ahora esperaba que lo acariciase y que lo tomara en mis brazos. Le gustaba que lo abrazara y me seguía por todas partes.

Sofía seguía trabajando en línea para ayudar a tantas mujeres con sus terapias. Su horario era bien saturado y sus horas muy discrepantes. Sus pacientes eran todas de habla hispana dispersas en algunos estados de los Estados Unidos, legales, ilegales y demás. El resto de ellas, de países desde Centroamérica hasta Ecuador; y una minoría viviendo en Europa, especialmente en España e Italia, trabajando como ayudas en Las Residencias de personas mayores o geriátricas. En ocasiones me hacía preguntas de qué consejo o recomendación daría yo a una mujer que estaba viviendo en un país lejano de su tierra natal cuando los hijos(as) adolescentes de dichas madres solteras entablaban relaciones con personas mayores. Eran realmente preguntas que robaban el aliento pues dichas mujeres eran madres solteras que estaban en el extranjero para ayudar económicamente a sus hijos que vivían en países del tercer mundo. Eran cuadros pesados para el alma del psicólogo y empecé a notar la dependencia emocional de dichas mujeres en Sofía.

La organización de Psicólogos creado por la comunidad económica europea para ayudar a los países del tercer mundo en materia de psicología y psiquiatría era enorme. De alguna forma la Universidad católica de Nicaragua a través de los sacerdotes, jesuitas, habían hecho una labor increíble, estableciendo los contactos precisos con dicha entidad europea. Para ello habían seleccionado a los alumnos más sobresalientes y brillantes de la carrea de Psicología, en el área de comunidad y salud mental. Una de ellas era Sofía. Incluyendo Psiquiatría. Todas las Universidades católicas de Centroamérica y algunas no católicas habían hecho lo mismo y la labor de ese organismo era trascendental y humanitario.

Pese a todo Sofía me expresaba que su máma Doña Mercedes le insistía frecuentemente que ella tenía que buscar otro trabajo, pues estaba regalando su tiempo y que la jubilación estaba a la vuelta de la esquina y que tenía que pensar en ella misma. Sofía le tenía siempre la misma respuesta… Le gustaba su profesión, que había jurado ética profesional y además creía en Dios. Su rol de psicóloga era ayudar a las madres solteras, especialmente a las más desprotegidas y necesitadas que no podían pagar una terapia. Nunca le dijo a su madre que eran madres solteras con hijos de hombres casados. Finalmente un día abrí mi boca, y la tranquilicé cuando le dije fijamente a sus ojos que ella nunca estaría sola, aún si yo muriera, que compartiríamos mi pensión. Le dije que sería el responsable por su madre, por ella y también por Simón. Sorprendida y boquiabierta pues no esperaba tal declaración de mi parte, me miró a los ojos con asombro como si hubiese visto un fantasma. Me abrazó fuertemente, sin mencionar palabra alguna, suspirando y secando sus lágrimas de sus negros ojos, le dije suavemente al oído …Te amo… Te amo mucho, más de lo que pudieras imaginarte, mucho más de lo que yo pensé amarte.

Una tarde le pregunté … ¿Vives aquí en Diriamba desde que te divorciasteis? Me dijo que no. Que tuvo que irse un tiempo a Managua pues la gente murmuraba por mi matrimonio y mi divorcio. Me decían muchos motes. No te los digo todos pues no es grato describirlos. Me afectaron muchísimo mi autoestima y caí enferma. Aunque Psicóloga, necesité ir a terapia para poder regresar a casa con mi madre.

Lo entendía completamente, incluso a mí me llamaban el extranjero con dos mujeres, Doña Mercedes y la monjita. Pueblo pequeño: infierno grande, le dije medio sonriendo.

Había una fiesta nacional era el 1o de Mayo, día del trabajo, lo cual significaba un fin de semana largo. Le pedí a Sofía que me acompañase a Matagalpa y Selva negra pues quería recorrer esos sitios. Al final pasamos la noche y nos quedamos a dormir en Jinotega. El objetivo era viajar hasta Estelí. Así lo hicimos aunque permanecimos pocas horas en dicho sitio pues quería visitar el pequeño zoológico de la ciudad, pues sabía que aún tenía un tapir. Fascinado y triste de ver al mencionado animal, fuimos en busca de unos habanos, tabacos finos de exportación fabricados exclusivamente allí en dicha ciudad, los cuales serían para mi amigo el cual hizo posible mi trabajo en Nicaragua y por supuesto encontrar mi bella Dulcinea, Sofía.

Pude notar fácilmente el tono de la piel blanca de la mayoría de los habitantes, quizás dado por el mayor asentamiento de españoles que huyendo de los piratas de Nueva Segovia en 1685, se establecieron en Estelí. Sofía me preguntó del por qué yo la llevaba a Estelí. Le repetí que exclusivamente por los habanos.

Su madre doña Mercedes le había pedido a sus hermanas o mejor dicho a su única hermana que no divulgaran el secreto de quién era el padre de Sofía pues no tenía caso absoluto. Por eso supuse que el papá de Sofía era un hombre casado o comprometido con otra relación. Al menos la hermana y los parientes de doña Mercedes, le cumplieron lo prometido y mantuvieron el secreto. Regresamos a Jinotega y después de regreso a Diriamba. Fue nuevamente un fin de semana muy bonito. Por supuesto que ambos nunca le mencionamos a Doña Mercedes de nuestra visita a Estelí. Pude notar que era la primera vez que Sofía visitaba dicha ciudad.

Nuestra relación es de colores le dije. Me miró nuevamente a los ojos, esperando más explicación. Contigo siento todo de colores. Tú le pones colores a mi vida. Tu amor y el mío ponen todo de colores y habrá que vivir la vida de colores y de aquellos que sean alegres y bonitos. Hablas como sacerdote, me dijo sonriendo. ¿Estás hablando o predicando? Me dijo sonriendo… Las dos cosas, le dije. Esta vez serio le decía que era muy probable que mis palabras y mi conducta todavía seguían influenciadas por mi vida en el seminario. Estuve siete años allí y pues le doy gracias a Dios, pues eso ha influenciado mucho mi vida en una forma positiva. Por supuesto, cometí errores y muy grandes, no soy perfecto.

Vaya, qué sorpresa me has dado, en verdad que lo tenías muy bien guardado. Yo ex-religiosa y tú ex-seminarista. ¿Quieres confesarte? le pregunté sonriendo………si ya lo sabes todo, me dijo, no necesito confesarme lo que necesito es que me absuelvas sin ponerme ninguna penitencia, pues sabes más de lo que deberías saber de mí. Por alguna razón nuestros caminos se han cruzado en un instante de la vida. Nuevamente vino un largo abrazo y un beso tierno en la frente y luego otro largo, largo en la boca tal como lo habíamos acostumbrado. Y así nos encontró la madrugada. Ambos semi desnudos y con las luces de nuestra habitación aún semi encendidas. Sigilosamente me incorporé de la cama separando sus manitas de mi pecho y la cubrí con la sábana, colocando su pijama blanca de puntitos rosados a su lado para cuando despertase.