La mujer de las Coronas
The Fernet-Branca man


De broma en broma, la amistad de muchos años se tornaba diferente. Alejandro estaba ahora solo. María era una amiga muy cercana a la familia de él, tanto así que era como una hermana para él. Sus hijos la querían mucho y también a los tres hijos de ella. Ella era una mujer sencilla, trabajadora y muy luchadora. Lamentablemente sus hijos no quisieron ir a la Universidad. Se conformaron con su bachillerato y con trabajos que satisfacían sus presentes necesidades. Ella no les exigía nada pues no tenía la energía y motivación para estarles incentivando, pues trabajaba doce a catorce horas diarias, a veces los siete días de la semana.

 

María estaba dudando en divorciarse, pues decía que era el marido que Dios le había dado. Que era la cruz que ella debía cargar por el resto de su vida. Su marido la trataba como diosa, dándole una pordiosera vida, por ello sus hijos la increparon y le dijeron que no siguiera tolerando los abusos y atropellos de su padre, pues le estaba destruyendo su identidad y su autoestima, que tenía que romper esos lazos de dependencia emocional confusos y errados. Al punto que le dijeron que si ella no iniciaba el proceso de divorcio, ellos se irían de su casa.

 

Fue así como ella no tuvo más remedio que iniciar su proceso de divorcio, especialmente cuando su tarjeta de crédito mancomunada, vino con una deuda de veinticinco mil dólares.

 

Fue así como dicha relación casi familiar, se tornó diferente. Nació la malicia, morbosidad en los abrazos que antes eran de puro cariño; ahora se tornaron en caricias sensuales. El baile de la testosterona comenzaba a bailar el vals con los estrógenos y la progesterona casi a diario.

 

María comenzó a inventarse una y otra excusa, para pedirle a Alejandro ayuda con la computadora, por cosas aún sencillas que podían solucionarse con una llamada telefónica, con la flexibilidad de llamadas de imagen y voz. Alejandro lo sabía y también gozaba de esas consultas que de esporádicas, pasaron a ser periódicas y muy frecuentes. Así Alejandro llegaba a su casa casi a diario, con la excusa de la computadora.

 

Una tarde como todas, las condiciones para ambos les fueron favorables, María le había llamado para que le instalara un antivirus. Ese día María estaba sola. Alejandro no lo sabía, pero lo intuyó. Estaba nevando y la temperatura era muy fría, a menos catorce grados centígrados. Ella le ofreció leche caliente con canela y clavo de olor y así sentados en el comedor, nunca se instaló el antivirus.

 

Alejandro se levantó a depositar su taza en el lavatrastos, dando señas de que era hora de retirarse para su casa o trabajar instalando el famoso antivirus. Ella se levantó e hizo lo mismo, colocándose a la par de él. Automáticamente y por instinto, él le puso sus manos en su hombro, esta vez acercando su nariz para oler su cabello aún húmedo y oloroso pues María había recién tomado una ducha de agua caliente. Sin pensarlo le dio un beso en su cabello y en su cuello. Ella se quedó inmóvil, con su piel completamente erizada, esperando una tercera, cuarta, quinta y sexta caricia. Las manos de ambos repentinamente se desamarraron y recorrieron todas las partes desde las secas hasta las húmedas y se hicieron una sola melcocha.

 

Alejandro sin pensarlo comenzó a desnudarla en la cocina y ella no opuso ninguna resistencia. Ella también hizo lo mismo. Tenuemente y con voz agitada y entrecortada, le dijo que mejor se fuesen a una de las habitaciones cercana al comedor. Recogiendo sus ropas caminaron semidesnudos hacia dicha recámara. Esa noche la amistad de muchos años se tornó en rumbos distintos. Al filo de la medianoche, conversaron desnudos y cobijados pues estaba frío, aún había un poco de pena, pero más amor y pasión que otra cosa.

 

Dichas noches de antivirus, noches de Excel y de Microsoft Word, eran noches de amor, pasión, suspiros y una nueva vida que María y él estaban viviendo. Sobre todo para María que había estado casada por más de 29 años y nunca había sido feliz. Era una segunda oportunidad para ella y lo disfrutaba al máximo. Alejandro se sentía también contento de poder hacerla feliz. María seguía viviendo en su casa y Alejandro en la suya. Sin embargo de ahora en adelante ya no se necesitaban pretextos para estar juntos.

 

Alejandro tenía dos hijos que le visitaban de cuando en vez. María tenía tres, y solamente uno de ellos vivía con ella. Como andaba de novio, rara vez dormía en casa. Cosa que a María le parecía fabuloso, pues ella necesitaba esa soledad picaresca. María sabía cuándo iba a estar sola y así hicieron de las dos casas nidos continuos de amor primaveral.

 

Una vez que María tuvo su divorcio oficial, Alejandro la invitó a un hotel en las afueras de la ciudad, cercano al río que atravesaba dicha ciudad. Allí cenaron y durmieron por esa noche. Podía notarse que María estaba completamente enamorada, pues nunca había recibido buen trato de hombre alguno. Alejandro era todo un caballero y eso la enloquecía. Eso hizo que fácilmente transcurrieran semanas, meses y los años.

 

Cuando se reunían en la casa de Alejandro, María acostumbraba a llevar un paquete de seis cervezas Corona. A ella le gustaba que la besaran y que le quedara el sabor de cerveza en cada beso. Alejandro le seguía la corriente pues eso la hacía a ella muy feliz. Sin decírselo se imaginaba que María quedó muy acostumbrada a los besos de su borracho marido. Por no ofenderla y romper el encanto, lo calló y nunca se lo mencionó.

 

La dependencia emocional de María hacia Alejandro era descomunal. Él era su nuevo mundo, su apoyo, su todo, aun viviendo en casas separadas. Eran y no eran pareja, pero se amaban muchísimo a su manera. Eran amigos, novios, amantes y cualquier otra cosa parecida.

 

Juntos conocieron otros juegos y eso hacía que la relación entre ambos fuese tierna, respetuosa y dulce. Alejandro trajo luz a una María que estaba completamente apagada. Ella lo sabía y lo sentía. Estaba completamente transformada.

 

María seguía llegando a la casa de Alejandro. Ella sabía ahora el código para entrar a su casa. De seis cervezas pasó a paquete de doce. Vaya, vaya, decía en silencio Alejandro. La reina de las Coronas, está hablándome sin decir palabra alguna. Esta será una noche muy larga. Y así seguía transcurriendo el tiempo y la nueva vida, incluyendo ahora el tequila Don Julio (el reposado) en sus noches de amor idílico.

 

María había rejuvenecido, era otra. El sentirse amada la había transformado. Nunca supo que Alejando le llamaba “la Reina”, por tantas Coronas que traía en cada reunión de amor y sueños.

 

¡¡¡¡Salud!!!!