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María Begoña Andrés del Río,
era una niña muy dulce, cariñosa, con mucha energía y sobre todo muy mimada por
sus padres adoptivos Don Panchito y Doña Asunción, quienes
por alguna razón, no pudieron tener hijos.
Aplicaron a más de tres de los orfanatos de Barcelona y por fin uno de
ellos “La Casa de la Misericordia de Barcelona”, les otorgó la tutela legal de
una niña de nombre Antonia López, de madre aldeana y labriega, del mismo nombre,
que supuestamente había sido violada cuando vivía y trabajaba en las hortalizas
de su casa en Mura. Habiendo depositado la niña bebé con las monjitas, dando
una dirección falsa, se olvidó por completo de ella. La psicóloga de dicha entidad Lic. Valeria
Mundet, conocía muy de cerca al matrimonio del Río, pues anteriormente cuando
adultos les dio terapia por la maternidad que nunca vino. Ella fue el nexo para
que dicha adopción legal fuese no solamente rápida, sino que también legal.
Begoña o Begoñita como le llamaban, creció en un hogar sólido, estable y frugal
económicamente hablando. El matrimonio del Río, ahora
con la niña, emigraron hacia el norte de México, a una ciudad llamada Torreón,
del estado de Coahuila. Dicha zona se le conocía como La Comarca Lagunera pues
existieron trece lagunas. Diez de ellas desaparecieron al ser absorbidas por el
embalse de la presa hidroeléctrica Lázaro Cárdenas. Invirtieron toda su fortuna
en adquirir tierras siguiendo la ruta de muchos otros españoles que emigraron a
Saltillo y a Chihuahua. Lo único que
dejaron en Barcelona fueron los bonos del gobierno de España que habían
adquirido y que los mantenían a plazo fijo. Cuando eran muy mayores vendieron
todas sus propiedades y se construyeron un edificio de apartamentos en el área
comercial principal del centro de dicha ciudad. La planta baja eran locales
comerciales, farmacia, clínica y un salón de belleza. Los nueve apartamentos estaban
dispersados en los tres niveles. Su
círculo de amigos era netamente español, así crearon un pequeño mercado
artesanal español, que funcionaba inicialmente solamente los días viernes y sábado.
La gente lo llamaba también como el Mercado Artesanal Gachupín. A los del Río no les gustaba que le llamasen
de ese modo, pero los mexicanos son mexicanos. Tan pronto como terminaba su
preparatoria (Bachillerato) la enviaron por un año a estudiar inglés
aprovechando el programa llamado “Inglés como segunda
lengua” (ESL) que operaba en una escuela privada en Saskatchewan, Regina, Canadá.
Internada en el Brier Crest
College. Begoña debió ser matriculada en un
programa de Inglés como quinta lengua, pues no tenía
ni un quinto deseo de aprender lengua alguna. Inmadura debido al trato mimado,
no tenía ni el deseo, ni tampoco veía la necesidad de aprender una nueva
lengua. Viajaba a ver a sus padres cada
seis meses. Sus padres la visitaron también dos veces. Transcurriendo el tiempo Begoña regresó a
Torreón, hablando una que otra palabra y oraciones en inglés. Era inútil, lo
hizo por complacer a su exigente madre. Al menos podía hablar español y un poco
de catalán. María Begoña era atlética, y
amaba los paseos por el Cañón de Fernández y las caminatas a lo largo del Río
Nazas, pues su padre Don Panchito cuando aún estaba medio fuerte, la llevaba a
esos sitios. Siempre iba acompañada de su grupo selecto de amistades del
Colegio Carlos Pereyra y de la Universidad, y que doña Asunción tenía por
supuesto que aprobar primero. Begoña, estudiaba Psicología, pese a que su madre
le insistía los 365 días del año, que debería de estudiar Medicina. A tanta insistencia, ella siempre se resistió
a hacer lo que su madre quería. Los sábados después del
mercado, se reunían para almorzar con la familia Busquets. Don Enrique Busquets Casanova Estíbaliz y
Doña Pilar Casanova de Busquets eran sus padrinos de bautismo y confirmación.
Después se iban a la Iglesia del Perpetuo Socorro, a escuchar la misa dominical
oficiada por alguno de los sacerdotes Salesianos que también eran españoles. En la Universidad conoció a
Alejandro, un compañero que estudiaba Kinesiología y Rehabilitación, con
especialidad en Fisioterapia. El fue el amor de su vida, a quien solamente podía
ver en la Universidad o cuando su madrina Doña Pilar la llegaba a sacar con el
pretexto de irse a tomar un café, o simplemente ir de compras. Alejandro venía de familia trabajadora y
modesta. Su madre tuvo una panadería que tuvo que cerrar por recomendaciones
médicas, pues estaba perdiendo la vista. Su padre trabajaba a tiempo completo en
la farmacia más grande de la cadena de Farmacias Guadalajara. Con el paso de
los años (pues llevaba más de treinta trabajando allí), pudo ser entrenado por
los laboratoristas, quienes le confiaban la preparación de ciertos jarabes, y
demás medicina líquida pues se había hecho experto manejando los alambiques, pipetas,
sifones, balanzas, gradillas, matraces, filtros y demás. Su hermana y su
hermano eran gemelos, menores que él y estudiaban el primer año de
Bachillerato, en una escuela técnica pública (ETI). Él era un joven observador,
apuesto, educado y de muy buenas costumbres. Siempre recordaba los consejos que
su padre le daba a su hermana menor, a quien le decía que la mujer tiene más
necesidad de sacar una profesión que el hombre, para no depender de su esposo,
en caso de que le tocara un mal marido. Que la carrera le daría una independencia
y que se diera siempre a respetar. Que mejoraran el modelo de vida que veían en
su casa paterna. Alejandro en sus horas libres, daba unas horas de clase
semanales de español en el Colegio Hispano Americano. Allí conoció a Enrique
Busquets Casanova (hijo). A través de él
conoció a Don Enrique y a Doña Pilar, quienes le llamaban con respeto Profesor. Don Enrique era periodista, trilingüe
y hombre de negocios, y leía muchísimo. Alejandro le evitaba muchas veces pues
sus conversaciones eran profundas y sus preguntas requerían respuestas
pensantes. Don Enrique y Doña Pilar le querían mucho y le invitaban a comer casi
a diario en su casa. Allí Alejandro aprendió a comer comida típica española y a
beber a diario vino, el Anisado del mono, Campari, Aperol,
Pastis y otros más. Así conoció el chorizo español,
el jamón serrano, morcilla, fuet, la paella, tortilla
española, y los famosos turrones. A él le gustaba el turrón blando de Jijona. El
de Alicante le parecía muy duro. Dichos
descubrimientos lo ataron para toda su vida. Don Enrique y Doña Pilar
querían que Alejandro se casara con Begoñita. Doña Asunción no. Ella convenció
a su esposo que Alejando era un pelado, un verdadero tieso y que su familia era
de pelagatos. Por otro lado decía que él estaba
estudiando una carrera mediocre y que no le daría lo más mínimo que su Begoñita
estaba acostumbrada. Si tan siquiera
fuese estudiante de Medicina, tal vez le daría permiso a que visitara a
Begoñita en mi casa. ¡¡¡Mientras yo viva, no entra!!! Gritaba y gritaba. Tendrá
primero que pasar por mi cadáver, así lo repetía y repetía, y seguía ladrando.
Don Panchito no decía ni una tan sola palabra (pues tampoco tenía derecho a
opinar), mientras caminaba despacio con su bordón buscando sentarse en su silla
favorita, junto a la ventana, para ver a la gente pasar. Los ventanales eran gruesos y obscuros, de
afuera hacia adentro no se podía ver. Una tarde como todas, Doña
Pilar llegó por Begoña y salieron a caminar, con la excusa frecuente que la acompañase
a ir de compras. Alejandro le esperaba en el café cercano a la Universidad
Iberoamericana donde estudiaban ambos. Los meseros y meseras, eran compañeros
de clases que trabajaban unas horas semanales para ayudarse con los gastos
personales pues las colegiaturas de dicha universidad privada eran altas. Su
tía los dejó solos mientras ella se dirigía de compras al Almacén Liverpool,
distante unas solamente unas dos cuadras.
Alejando le comentaba a
Begoña que después de terminar su carrera corta en dicha universidad, era
probable que se fuera a Saltillo, la capital del estado de Coahuila, a estudiar
Medicina. Le mencionó que ya había averiguado lo de la equivalencia de sus
materias y como era un buen estudiante, había sido aceptado en dicha universidad
pública; ya que no podía costearse su deseada profesión de Medicina en la
Universidad Iberoamericana de Torreón. El decano de la Facultad de Medicina le
había dado una carta de recomendación que le abrió puertas en la Universidad
Autónoma de Saltillo (UA de C). Begoña le escuchaba atenta y con los ojos como
con lágrimas de alegría y emoción, pues recordaba las palabras desdeñosas y ponzoñosas
que su madre le repetía siempre. Mientras platicaban, continuando tomados de la
mano, platicando y soñando como todo enamorado, aparece súbitamente Doña
Asunción, quien con garbo petulante, zahiriente,
sarcástico y prepotente le dijo a todo pulmón que un pobretón y pelagatos como
él no era digno de pretender a Begoña. Que por favor no se acercara a ella. Alejandro
se quedó más rojo que un camarón recién sacado de la sartén, sudoroso, a pesar
de que estaba frío. Por respeto y por amor a Begoña se quedó callado, se
levantó de su silla. La cotorra de su mala sangre de suegra seguía ladrando y
vociferando a diestra y siniestra palabrerío ofensivo. Le ordenada que se
quedara sentado y que le escuchara que aún no había terminado de decir lo que
tenía que decirle. Alejandro se levantó lentamente y solamente volvió a mirar a
su Begoña, quien también estaba roja y llorando. Por alguna razón, le pesaban
mucho las piernas, se le olvidó en ese momento todo lo que había aprendido de
Fisioterapia y Kinesiología. Sus compañeras y compañeros (meseras) que estaban
alrededor de ellos, sorprendidos y atónitos del insólito atropello, le agarraron
del hombro y lo sacaron de la cafetería para lograr que la odiosa Doña
Asunción, la tarántula de su ahora exsuegra se callara y le siguiera
ultrajando. Una de las meseras,
compañera de clase, se fue con él, aún con el delantal de su trabajo, y se fueron
caminando en dirección opuesta donde vivía la familia del Río. Así llegaron a
otra cafetería. Ella ordenó un café y una botella de agua para Alejandro, quien
tenía su garganta seca. Ella se quedó
sentada junto a él, simplemente acompañándolo sin decirle ninguna palabra o
enunciar pregunta alguna. Alejandro con su mirada triste y meditabunda, tenía
los ojos abiertos, rojos, con lágrimas de tristeza, rabia y desilusión pues
nunca en su vida nadie le había agraviado de tal manera. Don Enrique y Doña Pilar se
dieron cuenta del incidente y le pidieron disculpas. Alejandro simplemente les
dijo que para él el pobre es aquel que no tiene ideales, que no aspira a
ninguna educación, el que no tiene familia, el que no es cuerdo. Les recalcó
que pobre es aquel que depende de los recursos económicos y materiales para ser
feliz. Que el pobre es aquel que solamente existe y no vive. Don Enrique le
dijo Profesor, Pilarica y yo siempre estaremos con usted. Esa tarde Doña Asunción aún
enfurecida y con mucha ira le dijo a Begoña que hablarían tan pronto llegaran a
casa. Doña Asunción hablando en catalán
llamó a su habitación a su esposo y le contó lo sucedido. Don Panchito le dijo
que estaba mal lo que había hecho. Ella aún más enfurecida en vista de que Don Panchito
estaba en desacuerdo con ella, sacó de su armario los papeles de adopción de
Antonia López, la hija de la campesina.
Y se dirigió a Begoña para decirle que ellos no eran los padres
biológicos de ella. Que era una niña casi huérfana que habían recogido de “La
Casa de la Misericordia de Barcelona”. Que su verdadero nombre era Antonia
López. Begoña lanzando gritos
despavoridos, lloraba amargamente mientras le continuaba gritando a su madre, ¡¡¡¡¡¡¡Mamá
dime que es mentira, que todo eso lo has inventado tú!!!!!!! Tú eres mi
madre. Y con gritos desgarradores de
espanto, dolor, angustia y aflicción le dijo a su padre, Papá… dime que mi mamá
está mintiendo por favor. Don Panchito no contestó, calló. Se desplomó en su
sillón y se desmayó al presenciar tan cruel, despiadado y bestial, inhumana y
descabellada escena, producto de una ira y un temperamento incontrolable de su
querida sierpe, digo su querida esposa, sin alma y con un corazón vacío. Doña Asunción le mostró su
acta original de nacimiento, así como también los documentos bancarios y las
escrituras de sus propiedades en las cuales aparecía María Begoña Andrés del
Río como la beneficiaria absoluta y dueña legal por usufructo. Como verás,
nadie te querrá como nosotros. De ti depende el que seas dueña de todo o dueña
de nada. Alejandro no participó en su
graduación, marchándose hacia Saltillo. Sus buenas calificaciones le habían
otorgado una beca completa y además un trabajo de instructor en la materia de Histología
y Embriología. Era un estudiante a tiempo completo, y vivía en el campus de
dicha universidad. Canceló sus cuentas
de Instagram y Facebook, además de cambiar su número telefónico, pues la universidad
le había facilitado celular. De esa
forma mató dos pájaros de un tiro, pues por de pronto y debido a lo acontecido no
quería ninguna comunicación con su amada Begoña. Las palabras de doña víbora le
retumbaban en su mente de cuando en vez y aún le perseguían en el sueño. Doña Asunción quería que
Begoñita se casara con José Manuel González, el hijo mayor de Antolín González
y su esposa Jimena, quienes eran los vecinos de su hacienda. Así llegó José
Manuel a la casa de los del Río. José Manuel era un majadero de plana mayor,
había ingresado a tres universidades y nunca pasaba del primer semestre. Muy
apenas había terminado su bachillerato. Fue corrido de la Universidad Autónoma
Agraria Antonio Narro (UAAAN), porque agredió borracho al profesor de
Semiología. Eso hizo que le cerraran las puertas en las demás universidades. Su
padre quería que él se hiciera cargo de su ganado y de sus caballerizas, la
carrera de médico veterinario estaba cada vez tan lejos como está la Tierra de
la Luna. Él era el único varón entre sus cinco hermanas, quienes ahora estaban
estudiando en la universidad. Por ser el único varón de la casa, fue muy mimado
y mal educado. José Manuel no tenía ninguna
intención de hacer vida con Begoña pues era un picaflor y solamente le atraían los
enormes senos y la ingenuidad de Begoña. Generalmente siempre le visitaba
cuando Don Pachito y Doña Asunción estaban en la iglesia, y casi siempre con
aliento alcohólico. Intentaba siempre manosearle sus senos y Begoña siempre se
resistía. Él le insistía que le diera una prueba para saber que ella le amaba,
Begoña siempre en guardia. En tono
burlesco y ofensivo le decía que él se casaría con ella, solamente para
saborear sus vírgenes, erguidos y dulces pezones. Que ella solamente le
serviría para que le rascara y le pusiera crema en la espalda, además de
ponerle gotas en sus oídos. José Manuel tenía problemas en sus oídos y era
frecuente que sufriera de infecciones. De tanto insistir, una vez
llegó más borracho que de costumbre y aprovechando que Don Panchito y Doña
Sierpe estaban en la Iglesia, forzando y dominando a Begoña, le besó finalmente
sus senos y fue así como Begoña sucumbió a tan fuertes sensaciones de placer
nunca antes sentidas. Sus manos que siempre habían puesto resistencia, cedían,
cada vez más y más. Y ahora en lugar de impedirlo, Begoña le rogaba que siguiera
y siguiera, pidiéndole cada vez más y más. El bueno para nada, el holgazán de
José Manuel aprovechó la ocasión para descargar su instinto. De ahora en
adelante era fácil, lo más difícil es la primera vez decía descaradamente y en
silencio el inútil. Pasaron los meses y Alejandro
nunca contestó ninguno de los mensajes que Begoña le hacía llegar a través de
sus ex compañeros. Así salió María Begoña Andrés del Río embarazada. Doña
Asunción lo descubrió al entrar al baño donde Begoña desnuda, tomaba una
ducha. Ella tenía cuatro meses de
embarazo y por supuesto el vago de José Manuel se había desaparecido. Hubo otra
noche trágica. Por supuesto que José Manuel dijo que no era de él, pues Begoña
no era virgen. Bastó una tan sola vez para que Begoña concibiera del bastardo. Para evitar las habladurías
de la Sociedad de la Comarca Lagunera, una semana después de descubierto el embarazo,
volaron los tres a Barcelona. Trasladándose a Sant Pere de Ribes, permaneciendo
allí por más de cinco meses hasta que la niña nació. Doña Asunción usando
artimañas y amenazas de toda índole, manipuló nuevamente a Begoña a que dejara
la niña en “La Casa de la Misericordia de Barcelona”, y que dijera que era
madre soltera, violada y que cedía legalmente sus derechos de madre para darla
en adopción. Tal pareciera que su madre
biológica y ella estaban cortadas con la misma tijera del destino. Begoña
aceptó todo nuevamente por temor a que su nombre fuera borrado de todos los
documentos legales y del testamento de sus adoptivos padres. Descubrió que su
madre doña bruja, le había quitado su pasaporte. Continuará… |
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