Dorotea La Maga
César Molina Consuegra



Se llamaba Dorotea” La Maga” y había llegado a Bogotá desde Lima (Perú). Su familia había muerto en un fuerte terremoto, que la afectó en su memoria.

Generalmente caminaba pensativa, como si viviera en otra historia. Parecía que andaba rodeada de fantasmas.

Ahora miraba absorta ¡al muchacho limpiavidrios! que aplicado rociaba agua al vehículo y luego repasaba el panorámico con un trozo de aluminio con un caucho desgastado. El muchacho era más bien extremadamente flaco y le recordaba a Lucas, un sobrino que quería ser astronauta.

Ella me había contado que, en realidad, la Dorotea interior huía del fantasma de la muerte que llevó a su familia al más allá.

Pero se notaba que también huía del hambre y la miseria absoluta. 

Su vida había sido un callejón con luces apagadas y ventanas cerradas.

El camión de la leche pitó como un carro moribundo, se trepó al separador y arrolló a cuatro niños que esperaban el cambio de semáforo, para atravesar por la cebra.

Dorotea salió de su trance, volteó el rostro y me miró.

Me dijo que en Lima leía las cartas a los turistas y arreglaba matrimonios en crisis. Había salido de un gueto miserable llamado Pucusana, tierra de nadie sin servicios públicos básicos, y escuela forzada del crimen para poder sobrevivir. Una vez me dijo que su fuerte era la telequinesis y la proyección astral para encontrar restos de aviones desaparecidos. 

Mientras medicina legal recogía los cuerpos de los infantes me confesó que en un viaje astral se topó con un ángel que le prometió sacarla de su Marasmo y llevarla a una tierra prometida, sin hambre y sin violencia. Un mundo nuevo de amor y de justicia.

Su rostro se iluminó de pronto y comenzó a caminar hacia el parque Santander, en la carrera Séptima con calle 16, enfrente del templo de las Nieves. Las campanas del templo repicaban.

Me hizo señas de que la siguiera.

Camine detrás de ella.

Note que no movía sus pies, más bien levitaba.

Ella me dijo, ¡parece que va a llover! Le dije, ¡no creo que comience ahora!

Sus ojos brillaron cuando me dijo que le gustaba la poesía de César Vallejo, especialmente “Los heraldos negros”, que leía a los poetas de Piedra y Cielo, Jorge Rojas con “La ciudad sumergida” y Eduardo Carranza con “Seis Elegías y un Himno”.

En realidad leo más poesía que lo que escribo… pero ¡escribo cada vez que la inspiración me abraza!

Entonces me confesó que antes de salir de Lima había asesinado a un prestamista llamado” El orangután”. Lo acuchilló con un mata-ganado tipo daga, con mango de madera. Le atravesó el corazón y luego lo cosió con cinco puñaladas.

Bañada en sangre entró a la posada, se cambió de ropa y huyó hacia la terminal aérea.

Mira hacia la puerta del templo, comentó…

Cuando la busqué para mirarla ¡ya no estaba!

Me pareció que iba hacia la Plaza de Bolívar en medio de una muchedumbre anónima; que solo caminaba. Un cielo gris se posaba sobre el edificio Avianca. El parque olía a mierda de palomas.