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Generalmente caminaba pensativa, como si
viviera en otra historia. Parecía que andaba rodeada de fantasmas. Ahora miraba absorta ¡al muchacho
limpiavidrios! que aplicado rociaba agua al vehículo y luego repasaba el
panorámico con un trozo de aluminio con un caucho desgastado. El muchacho
era más bien extremadamente flaco y le recordaba a Lucas, un sobrino que quería
ser astronauta. Ella me había contado que, en realidad, la
Dorotea interior huía del fantasma de la muerte que llevó a su familia al más
allá. Pero se notaba que también huía del hambre
y la miseria absoluta. Su vida había sido un callejón con luces apagadas
y ventanas cerradas. El camión de la leche pitó como un carro
moribundo, se trepó al separador y arrolló a cuatro niños que esperaban el
cambio de semáforo, para atravesar por la cebra. Dorotea salió de su trance, volteó el
rostro y me miró. Me dijo que en Lima leía las cartas a los
turistas y arreglaba matrimonios en crisis. Había salido de un gueto miserable
llamado Pucusana, tierra de nadie sin servicios públicos básicos, y escuela
forzada del crimen para poder sobrevivir. Una vez me dijo que su fuerte era la
telequinesis y la proyección astral para encontrar restos de aviones
desaparecidos. Mientras medicina legal recogía los cuerpos
de los infantes me confesó que en un viaje astral se topó con un ángel que le
prometió sacarla de su Marasmo y llevarla a una tierra prometida, sin hambre y
sin violencia. Un mundo nuevo de amor y de justicia. Su rostro se iluminó de pronto y comenzó a
caminar hacia el parque Santander, en la carrera Séptima con calle 16, enfrente
del templo de las Nieves. Las campanas del templo repicaban. Me hizo señas de que la siguiera. Camine detrás de ella. Note que no movía sus pies, más bien
levitaba. Ella me dijo, ¡parece que va a llover! Le
dije, ¡no creo que comience ahora! Sus ojos brillaron cuando me dijo que le
gustaba la poesía de César Vallejo, especialmente “Los heraldos negros”, que
leía a los poetas de Piedra y Cielo, Jorge Rojas con “La ciudad sumergida” y
Eduardo Carranza con “Seis Elegías y un Himno”. En realidad leo
más poesía que lo que escribo… pero ¡escribo cada vez que la inspiración me
abraza! Entonces me confesó que antes de salir de
Lima había asesinado a un prestamista llamado” El orangután”. Lo acuchilló con
un mata-ganado tipo daga, con mango de madera. Le atravesó el corazón y luego
lo cosió con cinco puñaladas. Bañada en sangre entró a la posada, se
cambió de ropa y huyó hacia la terminal aérea. Mira hacia la puerta del templo, comentó… Cuando la busqué para mirarla ¡ya no
estaba! Me pareció que iba hacia la Plaza de
Bolívar en medio de una muchedumbre anónima; que solo caminaba. Un cielo gris
se posaba sobre el edificio Avianca. El parque olía a mierda de palomas. |
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