Sobre la diáspora (Número 2)
César Molina Consuegra


En los Molinos Dos todos conocían a Teresa la “Enfermera”, era coja de la pierna izquierda, una operación había dañado el nervio ciático. Caminaba con un bastón de metal. Era Santera, y en la sala del apartamento había todo tipo de cirios encendidos. Un altar a San Gregorio y otro a la negra Leoncia, en medio de tabacos humeantes. Era líder comunitaria y mujer de espíritu noble. Una servidora cotidiana. Tenía una hija mayor, con dos hijos sin padre. Teresa tenía un varón, Wilmer, quien era taciturno todo el tiempo, parecía autista. La otra hija era Mayra, quien comenzaba su bachillerato, pero era pésima estudiante. A ella le gustaban las fiestas y el derroche fácil. Era una chica plástica, buscando un Pedro Navaja. Teresa tenía otra amiga, Ibeth, que trabajaba en cosméticos y era prepago del bajo mundo de la prostitución.

El padre de Teresa, un ex policía murió recientemente de paro cardiaco, después de una prolongada lucha contra el cáncer de páncreas.

A su amiga le decían “cara de plátano”, era regordeta y blanca. Tenía un hablado de delincuente traqueta, y era todo terreno para negocios chuecos. Conocida como “la Mona”, expendedora de cocaína, junto a Irene que era vecina, también auxiliar de enfermería, le decían “la Motosierra”, y Braulio, un conductor de buseta medio analfabeto. El propio “Jíbaro". Su hermano Alcides más joven acababa de salir de prestar el servicio militar.

Estaba afiebrado con las armas. Daba quince vueltas a la manzana todos los días. Luego hacía dos horas de ejercicio en el apartamento.

Sábados y domingos festejaban sus ganancias en un bacanal de ron y cocaína. Casi siempre terminaban disparando al filo de la medianoche.

El lunes temprano, con un sol pechichón, una banda de delincuentes robó en el domicilio de Teresa; robaron dinero, tarjetas, joyas; Voltearon todo el apartamento; Se llevaron unas réplicas de obras de Botero y de Aguas Limpias, buscando más dinero; Y secuestraron a la hija menor Sofía de doce años, cabello mono y ojos verdes.

En una investigación relámpago la policía los capturó y resultaron ser los amigos de trago de Teresa.

Teresa decía: No sabemos si la niña está viva o muerta, pero creo más bien que está penando.

¡La joven jamás fue encontrada!

Por las noches dicen que se ve entrando al apartamento, como una sombra sigilosa, que pasa entre las rejas y los muros. Siempre a la medianoche se escucha el llanto de la llorona.