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En los Molinos Dos todos conocían a Teresa
la “Enfermera”, era coja de la pierna izquierda, una operación había dañado el
nervio ciático. Caminaba con un bastón de metal. Era Santera, y en la sala del
apartamento había todo tipo de cirios encendidos. Un altar a San Gregorio y
otro a la negra Leoncia, en medio de tabacos
humeantes. Era líder comunitaria y mujer de espíritu noble. Una servidora
cotidiana. Tenía una hija mayor, con dos hijos sin padre. Teresa tenía un varón,
Wilmer, quien era taciturno todo el tiempo, parecía autista. La otra hija era
Mayra, quien comenzaba su bachillerato, pero era pésima estudiante. A ella le
gustaban las fiestas y el derroche fácil. Era una chica plástica, buscando un
Pedro Navaja. Teresa tenía otra amiga, Ibeth, que trabajaba en cosméticos y era
prepago del bajo mundo de la prostitución. El padre de Teresa, un ex policía murió
recientemente de paro cardiaco, después de una prolongada lucha contra el
cáncer de páncreas. A su amiga le decían “cara de plátano”, era
regordeta y blanca. Tenía un hablado de delincuente traqueta, y era todo
terreno para negocios chuecos. Conocida como “la Mona”, expendedora de cocaína,
junto a Irene que era vecina, también auxiliar de enfermería, le decían “la Motosierra”,
y Braulio, un conductor de buseta medio analfabeto. El propio “Jíbaro". Su
hermano Alcides más joven acababa de salir de prestar el servicio militar. Estaba afiebrado con las armas. Daba quince
vueltas a la manzana todos los días. Luego hacía dos horas de ejercicio en el
apartamento. Sábados y domingos festejaban sus ganancias
en un bacanal de ron y cocaína. Casi siempre
terminaban disparando al filo de la medianoche. El lunes temprano, con un sol pechichón, una
banda de delincuentes robó en el domicilio de Teresa; robaron dinero, tarjetas,
joyas; Voltearon todo el apartamento; Se llevaron unas réplicas de obras de
Botero y de Aguas Limpias, buscando más dinero; Y secuestraron a la hija menor
Sofía de doce años, cabello mono y ojos verdes. En una investigación relámpago la policía
los capturó y resultaron ser los amigos de trago de Teresa. Teresa decía: No sabemos si la niña está
viva o muerta, pero creo más bien que está penando. ¡La joven jamás fue encontrada! Por las noches dicen que se ve entrando al
apartamento, como una sombra sigilosa, que pasa entre las rejas y los muros. Siempre
a la medianoche se escucha el llanto de la llorona. |
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