La maestra es un ángel
Raúl Sánchez Acosta



El camino que conduce a la escuela es bastante escabroso, agreste. Para ascender por entre las rocas y la arenisca que las envuelve es necesario estar bien apertrechado con buen calzado y una fuerte vara para sostenerse ante cualquier resbalón. Las serpientes “mascada” que suelen aparecer cayendo la tarde, son las razones por las que rehúso subir después del mediodía. Sin embargo, le temo también a las arañas pequeñas y al terrible “pito” o “vinchuca” que provoca el mal del Chagas.

Más de una hora he podido comprobar que dura el ascenso desde la carretera hasta la escuela. Ya en el estrecho plano donde fue construida la escuelita, uno siente que el alma vuelve al cuerpo. Antes de esto, la pobre se cuelga de algún gancho imperceptible que cuelga del cielo, por si un ataque cardiaco lo zambulle a uno entre la oscura barca de Caronte. Aquí el oxígeno inunda los pulmones y provoca arrojarse al suelo a descansar.

La paz camina lenta en los jardines, en el salón donde la maestra orienta a sus alumnos, que parecen pollitos piando toda la mañana. Hay paz entre los árboles de guamo, en los cafetales que se extienden por la pendiente matizando de verde la ladera y se ve la montaña azulada por la niebla que se desgaja en jirones de gasa transparente.

La paz invade las lomas con el canto de los turpiales todas las mañanas, y un concierto de mirlas y de toches hace madrugar a la mismísima mañana. Entonces sale la maestra de su cuarto donde duerme, con la primera luz del día, y se encuentra con un enjambre de colibríes que le impiden dar pasos; agita sus brazos como un ángel y llega hasta el salón a disponer cuadernos y cartillas sobre los pupitres que los niños ocuparán cuando suene el triángulo campana.

Tres rudimentarios armarios de metal soportan el peso entre sus entrepaños de latón, de cartillas de Escuela Nueva polvorientas, que fueron reemplazadas hace un par de años por la nueva versión actualizada con estándares básicos de competencias y derechos básicos de aprendizajes. Hay otra serie nueva de material de apoyo del ABC, los libros adjuntos del Proyecto Sé y Sabré, así del Cómo le hago, y la serie Emprender, de primero a quinto; también llegaron dos cajas que se cargaron en la mula de don Efraín, que contienen los proyectos transversales de Anímate, El ratón de biblioteca y el Programa Enjámbrate en tu miel. Se anuncia la llegada de otro paquete de cartillas sobre la Democracia en desarrollo, La Escuela oportuna y la Felicidad de vivir sin ser visto, Los desencuentros y los encuentros en la red. Adosados a otra pared hay tres armarios artesanales fabricados hace cinco años por los padres de familia, con tablas viejas y puntillas sin cabeza. Ahí se ubican los juegos de armar y los trabajos que realizan los alumnos cada año.

La maestra mira las cajas, las cartillas organizadas por áreas y por grados, los armarios a los que ya no les cabe tanta sabiduría para explorar, y la angustia le hace perder el hilo de sus cavilaciones, porque estaba pensando en la ficha de refuerzo que debe aplicar a dos niños del grado primero, que aún no saben leer ni escribir, pero quieren aprender, según dijo la madre de uno de ellos la semana anterior, cuando los trajo, diciéndole a la maestra que se los dejara para que se fueran acostumbrando a estar en la escuela.

La maestra nunca me ve ni me verá, excepto cuando tengo mucho miedo, que es cuando soy de carne y hueso y expuesto a todas las miradas; los niños tampoco serán capaces de saber que los observo, porque soy invisible. Yo mismo no puedo verme cuando me paro frente al espejo. No es que yo sea un fantasma, la verdad no me gusta esa palabra. El fantasma es el espectro invisible de alguien que ha fallecido y que dejó cuentas pendientes sin saldar en vida. Yo soy un espíritu, un alma viva que puede estar aquí y allá, y si lo prefiero, permitiré que me vean las personas que yo elija, así de simple. Pero si algo me aterra hasta los huesos, mi invisibilidad ya no podrá ser mi aliada y estaré visible un buen tiempo hasta calmarme.

Pero el ascenso por el camino que conduce a la escuela de El Silencio es duro también para un espíritu invisible como yo. Qué dirán las pobres bestias que suben cargadas con pesados fardos de comida, de artefactos para las fincas, de arena, de ladrillos, de cemento en bultos, de materiales diversos para construcción, y encima, un jinete. Hacia abajo, las mulas llevan cargas de chocheco, de aguacate, de café, de naranjas, yucas y limones. El camino realmente parece una pared cuando se sube y no es más que un desfiladero si se baja.

Cuando llegan los niños, la maestra, que es muy bella, los saluda a todos con un beso en la mejilla y los lleva al quiosco que queda justo enfrente del salón de clases. Empieza la oración del día y los niños gorjean como mirlos, recién bañados para entrar a clases. Ya en el salón, la maestra dispone el trabajo, explica los temas a cada grupo de niños organizados en sus puestos de trabajo en equipos que representan grados de escolaridad, para emprender el aprendizaje colaborativo, porque es una escuela de modalidad multigrado. Uno pía, otro canta, el de más allá hace solfeos, hasta que el más pequeño del grupo chilla porque otro le pinchó con un lápiz. La maestra ha empezado a dividirse, es ubicua; también se multiplica para poder estar con todos. Atiende al pinchado, asesora al que aún no se sabe las tablas, anima al que hace lectura en voz alta e indica a otros cómo deben desarrollar la ficha de trabajo que ha elaborado expresamente para ellos.

¾ Profe, ¿por qué no usamos los Computadores para Educar?—pregunta Carlos Mario.

Están dañados, Carlos Mario. Ya les dije cuando entramos a clases, en enero, que esos computadores no sirven.

¿Podemos usar Internet?― terció Angélica mientras masticaba el borrador de su lápiz.

La verdad es que si estuvieran en buen estado los computadores, tampoco podríamos usar Internet, porque aquí en esta vereda, y en todo el municipio no hay señal, no hay conectividad. Por ahora, niños, tendremos que conformarnos con las cartillas, con los libros, con los cuadernos y la pizarra.

La maestra golpeó varias veces el triángulo de hierro que funge de campana y los niños salieron corriendo hacia el patio. Un bullicio que semeja una banda sonora en la mañana. Después del almuerzo, un poco de calma se esparce por el salón y cobija un tanto los cuadernos abiertos que duermen su siesta en las mesas de trabajo. La maestra recoge dos que han caído al suelo y mira con terror el cielo grisáceo a través de la ventana.

Hace buen clima a pesar de que en el cielo hay anuncio de tormenta. Nubes grises surcan el firmamento formando cúmulos que se amontonan sobre el horizonte. La clase continúa. Los niños de primer grado son dos y quieren jugar. La maestra les entrega dos loterías y dos rompecabezas de cartón para que se distraigan. Le piden que los deje jugar afuera.

―Sí―les dice. Lo piensa un poco y les sugiere que lo hagan cerca de la puerta, donde pueda verlos―. Ya hace frío y pronto subirá la niebla―comenta.

A veces me cuestiono acerca de mi existencia, porque en la sociedad del conocimiento, con la información que circula en la red a nivel mundial, no he podido aún descubrir qué hace posible que sea invisible. Una mañana cualquiera me puse frente al espejo y no me vi. Al principio me aterroricé y fue cuando volví a verme. Al sosegarme, ya no estaba en el espejo. Sin embargo, desde ese mismo instante, no ha dejado de ser una divertida experiencia que disfruto, aunque sigo buscando explicaciones en libros, revistas, en la Internet, en los chat de ocultismo y esoterismo. Pero a nadie le cuento quién soy ni qué hago ni para dónde voy. Soy el personaje más anónimo del mundo. Tan anónimo, que olvido muchas veces mi nombre.

En todo el día, nadie ha sentido siquiera cuando limpio con mis manos las ventanas. Es como si no existiera, aunque todo lo veo. Yo estoy entre ellos, les reviso cuadernos y acaricio sus mejillas cuando camino entre los grupos de trabajo y me acerco a la maestra que huele a jazmín. La maestra es un ángel que oculta sus alas debajo de su suéter. En sus ojos se ve que quiere volar. Puedo adivinar que sueña con que la tecnología y esa sociedad de la información que se ha incrustado en la cultura, haga parte también de la educación. Cree que la escuela se arrastra vestida de harapos tras los pasos de las tecnologías que hacen guiños y se alejan. La educación se está dejando atrapar del miedo atávico a los cambios de la nueva era.

La maestra sueña con la escuela. Y se despierta muy temparano porque sabe que el tiempo es un enemigo traicionero. Los turpiales, las mirlas y los toches son buenos aliados que le alegran todos los amaneceres. La paz camina por el patio, y en el jardín hay libélulas alrededor de las rosas, mientras los colibríes zumban mirando a la maestra y a los niños que se aprietan con sus brazos porque hace mucho frío y es hora de salir de clases.

Yo miro otro rato a la maestra después de que ha despedido a sus alumnos, uno a uno con un beso en la mejilla. Mira su celular a ver si tiene señal, pero no, es imposible, por más que levante el aparato o lo coloque en la cabeza de la virgen de yeso que custodia el jardín dentro de una gruta de cemento. Definitivamente, está inexorablemente desconectada del mundo. Escuchará noticias en la radio mientras lee los trabajos de los niños y revisa los formatos de registro, para dedicarse a leer un libro del poeta Cavafis que echó en su mochila cuando vino de la ciudad, de donde viaja cada quince días.

Estuve observándola toda la tarde hasta que llegó la noche. Ya para entonces la neblina había entrado hasta el salón de clases e impedía mirar a más de dos metros. Algunas gotas de lluvia empezaron a caer en medio de atronadores relámpagos que indispusieron a la maestra. Los truenos estremecían las paredes y salían chispas de los tomacorrientes instalados a un costado del salón de clases. Empezó a llover lentamente hasta convertirse en un aguacero torrencial. Cada relámpago era como un golpe en el cuerpo de la maestra. Esa noche no durmió. Cuando amaneció, pudo ver a los turpiales planeando sobre los altos guamos que rodean la escuela. Aún se sentía una ligera llovizna, un rezago del aguacero de la noche.

Abandonada a su suerte se sentía la maestra sin poder desplegar sus alas de ángel para buscar ayuda e impedir que los rayos provocasen un día un incendio en el salón de clases.

El sol comenzó a mostrarse somnoliento en el Oriente. Era hora de partir. Me despedí de la maestra, le di un beso en la mejilla que ella confundió seguramente con una gota de rocío, porque se secó con uno de sus dedos de seda. Yo me fui. Nadie pudo verme.

Solo espero que una mascada no salga en el camino a morder el tobillo de un espíritu que vela los sueños de los ángeles, mientras la educación sigue arrastrándose a los pies del desarrollo tecnológico, en la mente de la maestra a la que no pude verle sus alas, porque sé que es un ángel y algún día la veré volar.

 

Cuento del libro “Hongos azules en la noche”, editado en 2019 por Artelibre ediciones, Cúcuta, Colombia.