Una luz intensa
Raúl Sánchez Acosta



Amira de Selene era una niña un tanto díscola. Todos se cubrían los oídos cuando llegaba Amira de Selene, porque Amira de Selene siempre hacía mucho ruido. Un día caminó ella sola con los oídos tapados, como hacían sus amigos cada vez que la veían. Y así llegó a la orilla de una quebrada. Sin mirar para otro lado, se fue directo a una gran roca justo bajo un ciprés, al lado del que brillaba plácidamente un profundo remanso de aguas verdeazuladas.

Amira de Selene se sentó sobre la roca, cruzó las piernas como un santón, recogió sus dos largas trenzas rubias y se agachó lo más que pudo para verse bien su rostro pecoso en el espejo del agua de ese remanso. Miró los gajos de los árboles moviéndose por el viento, vio volar pájaros, libélulas y muchos insectos más en el reflejo del agua, sin voltear a mirarlos de verdad. Así le llegó la noche.

Ya en la oscuridad, Amira de Selene no podía ver pájaros ni insectos en el espejo del agua. Algo más fascinante se movía en las aguas: rayos veloces que cruzaban las nubes oscuras en el cielo, y de pronto, una luz intensísima que la hizo saltar de emoción. Se puso de pies sobre la roca y no supo en qué momento desenredó sus piernas ni cómo sus trenzas se soltaron, desparramando su rubia cabellera sobre los hombros.

Amira de Selene saltó de piedra en piedra hasta la otra orilla de la quebrada para alcanzar una loma desde donde podría ver mejor lo que pasaba en el cielo.

Varias horas se quedó mirando esa luz que se movía lentamente hacia ella. Alzó sus manos y la luz la levantó del suelo hasta hacerla invisible.

Cada vez que los niños recuerdan a Amira de Selene, miran el cielo y sonríen.