Sauale
Nacho G. Mayoral


Un sol radiante brillaba desde una ventana de una casa derruida. Una niña mira hacia el horizonte. En la calle solo existe muerte y miseria. Los llantos de dolor se intensifican por esas calles desiertas, corazones rotos de familias destrozadas y el ruido atroz de los silbidos de los proyectiles que forman parte de una balada amorfa, sin saber el inicio ni el final de esta situación interminable.

Sauale no tenía más de 10 años. A su alrededor cuerpos yacen sin vida. Lo mira impasible y en su pequeño cuerpo se refleja parte de ello. Mueve el brazo recogido en un muñón con el que sujeta una bola de papel en que ella había puesto ojos y boca, pero que no tenía cuerpo, ni piernas, ni brazos, una muñeca inacabada.

Sauale había llegado a esa casa derruida después de abandonar la suya en llamas. Las bombas habían acabado con sus padres y hermanos, y solo quedaba ella como vestigio de su pasado. Apenas hablaba solo, un llanto lento de miedo y nervios la movía de sitio a otro, huyendo de ruidos que provocaban sangre y muerte.

Desde esa ventana veía como su casa terminaba de prenderse. Las llamas alcanzaban los últimos pilares de cartón y madera, y entre el humo le llegaban las voces y los sentimientos perdidos de su familia. Quieta sin moverse miraba alrededor. Veía cadáveres, pero ya no la hacían estremecerse. Todo le daba igual. No comprendía nada. Solo sentía el impulso de correr sin rumbo, muda, sin gritos y con lágrimas en los ojos que era lo único que no podía controlar. No entendía que la crueldad de la existencia era la que estaba viviendo. No sabía si correr o pararse, si lo que veía era normal y su vida y destino estaba en cualquier casa derruida, al lado de tantos y tantos cuerpos sin vida.

Rebuscaba de vez en cuando por los sitios sin vida, a ver si encontraba algo que su organismo le exigía meterse en la boca. Agua casi no le hacía falta ya que sus lágrimas constantes eran ríos que llenaban su garganta y que apenas tragaba y ni siquiera sabía si debía hacerlo. Ya no sabía nada.

Sauale bajó por los peldaños derruidos dirigiéndose a la calle, con su bola de papel con ojos y boca. Quizás era su mayor tesoro. El único aliento de amor que podía sentir. La arropaba y apretaba contra su pequeño pecho protegiéndola como ella hubiera querido ser protegida.

Caminaba por una calle polvorienta. Por ella corrían regueros de sangre que se salían de cada casa derruida. Un camión se acercó hacia ella con una gran bandera blanca, y al llegar a su lado se detuvo. Bajaron hombres y mujeres que tendieron la mano a Sauale. Ella retrocedía con miedo en los ojos. Su pequeño cuerpo tiritaba de miedo.

—Ven pequeña. Somos hombres de paz

Sauale retrocedía. No quería que se le acercaran. Una mujer con voz caliente y suave bajó del camión de paz. Sus ojos se clavaron en los de la niña. Se acercó y la tendió la mano. Sauale cambió la cara. Era como una descarga del alma de la niña, una tranquilidad. Se quitó el tiritar de su cuerpo y con su cabeza de muñeca, tímidamente empezó a mover sus pies en dirección a la mujer, que de rodillas y brazos abiertos la esperaba. El contacto al llegar Sauale fue enorme. Un rayo de sentimientos se descargó. La mujer la abrazó y la arropó, como una madre, llevándola en brazos hasta el camión de paz.

Al llegar al campamento donde cientos de niños en las mismas condiciones habitaban, niños donde sus familias fueron descabezadas y un pequeño hospital de campaña en el que se hacinaban personas mutiladas, y bocas cerradas con miedo.

Sauale fue instalada en una de las carpas. Habitaban niños y niñas como ella que habían perdido todo, la familia, sus pueblos natales. El silencio marcaba los encuentros. Nadie hablaba. Todo eran gestos y ruidos inarticulados, símbolos que no podían articular, preguntas sin respuestas, solo palabras pobres pero intensas como preguntar por sus nombres, y sentir que existían. Sauale percibió algo distinto, parecido a la vida al tener al lado a niños y niñas de verdad, que se movían, que bebían, que vivían, aunque dentro de su aislamiento, y retrocedían, ausentándose del espacio de convivencia hasta un rincón alejado de autoprotección, donde encontraban la paz de la soledad, y no los ruidos de las balas, lamentos de personas y sobre todo para mantener vivo el recuerdo de su familia, que, aunque muertas, no querían desprenderse de la mínima vivencia.

La mujer de paz llamo a Sauale con gestos de acercamiento. Algo maravilloso había ocurrido entre la niña y la mujer de paz, un acercamiento maravilloso, donde un nuevo horizonte se abría en las pupilas de la pequeña.

—Vamos a lavarnos y a curarte las heridas que tienes.

La mujer de paz la llevó a un habitáculo donde estaban instaladas unas grandes cubas que abastecían con agua caliente a los refugiados. La mujer de paz portaba un vestido blanco y ropa para Sauale. La cogió en brazos con el mayor cariño del mundo, quitándole los harapientos restos de ropa que portaba. Sauale rehusó querer ser desnudada. La mujer de paz reaccionó abrazándola con todo el amor del mundo. Lágrimas se desprendieron de sus ojos al ver como la niña cedía por amor y sobre todo por seguridad. Después la llevó a curarse las heridas que tenía. La niña con miedo, pero cada vez con menos temor, más consentido, con más acercamiento a la vida, distinto, pero con pequeños rasgos de humanidad y de amor.

Sauale parecía distinta. Sus ojos empezaban a abrirse, a querer ver que había cosas y situaciones distintas. Comenzó a acercarse a los demás niños y de vez en cuando se oía en su boca alguna palabra que describía el cambio. Sauale siempre dormía con su cabeza de muñeca, de la que no se separaba nunca. Aquella noche la mujer de paz que dormía en la misma carpa observó como la niña miraba a su mutilada muñeca, y lagrimas empezaron a correr por sus mejillas. A la mañana siguiente la mujer de paz, al salir de la carpa y dirigirse hacia los niños y en especial a Sauale notó el cambio. Ocurrió algo maravilloso que describía la vida, realizando una transformación. Comenzaba a reconducir con dolor vidas arrancadas sin compasión por personas sin valores y sin escrúpulos que eran capaces de asesinar a familias, mutilar a niños y niñas, a arrasar vidas, por solo mantener el poder. Sauale estaba en medio de la calle y le había dado a su mutilada cabeza de muñeca un cuerpo, y con su muñón la acariciaba, le había puesto brazos y piernas y junto con los demás niños entonaron una mirada al horizonte y una sonrisa de vida que traspasaba naciones, ciudades y corazones, Sauale había comenzado a retomar la vida, y comenzó su camino como mujer de paz.