Relato
Sara Piñeiro del Cura


Hola:

 

Me llamo Alfredo y soy un banco.

 

Puede que a simple vista parezca igual que los demás bancos…pero nada más lejos.

 

Os voy a contar un secreto, a diferencia de mí, a los demás bancos no les gusta ser bancos, siempre dicen que la personas ponen sus culos sobre ellos y claro los culos huelen muy mal, cierto es que en algunas ocasiones la gente se tira pedos sobre nosotros y no es muy agradable, pero a excepción de ese pequeño detalle a mi ¡ME ENCANTA SER UN BANCO!!

 

Vivo en un parque, delante de unos columpios, pero no siempre he estado aquí.

 

¿Queréis que os cuente mi historia?

 

Me hicieron en una fábrica, tenía un color marrón muy bonito, ahora ya desgastado por el paso del tiempo, olía a madera recién cortada y el hierro de mis reposabrazos resplandecía tanto que los bichitos los utilizaban como espejos para ponerse guapos.

 

El primer sitio en el que me colocaron fue en la plaza de un pueblo, recuerdo gente caminar de un lado a otro, unos iban con prisa, otros simplemente daban un paseo, algunos iban o venían de hacer sus compras; pero lo que mejor recuerdo son las ganas que tenía cada mañana de que se sentaran sobre mí y así poder escuchar historias maravillosas; como aquella vez en la que dos mujeres se sentaron sobre mí y pude escuchar como una le contaba a la otra que había recorrido el mundo entero, contó historias tan fantásticas como que había visto a un ratón intentando atrapar un gato, o que vio a un pájaro nadar bajo el agua, pero sin duda mi historia favorita fue cuando contó que había ido a un lugar tan al Norte tan al norte que el Sol pintaba el cielo de colores y que estos bailaban al son del viento.

 

….Pasé muy bueno ratos allí, aprendí mucho de las personas y de sus historias, pero un buen

 

día y sin previo aviso comenzaron a hacer obras en la plaza y me cambiaron de lugar, me dio mucha pena, además, estaba muy triste y asustado porque no sabía cuál iba a ser mi nuevo destino y claro está, echaría de menos mi plaza, pero una parte de mí estaba impaciente por saber que me aguardaba allá donde me llevaban…

 

Tras un largo viaje en camión, me llevaron a un almacén, allí había muchiiiisimos más bancos, grandes, pequeños, de madera, de metal, redondos, cuadrados, de colores….

 

Uno de los bancos más desgastado llamó mi atención, era blanco, o al menos lo había sido en algún momento ya que ahora estaba muy viejo y desgastado, aunque se podía imaginar que debía haber sido muy bonito años atrás.

 

Era de madera maciza, con un gran corazón tallado en el respaldo y unos reposabrazos que se retorcían como guirnaldas de navidad.

 

Tras varios días allí, comenzamos a hablar y finalmente nos hicimos amigos, se llamaba Petra y me contó que había estado toda su vida frente al mar, cada día podía ver, el mecer de las olas y el danzar de las gaviotas , las alegres salidas de Sol y sus ansiadas puestas; yo no entendía por qué eran ansiadas, pero Petra me contó que la gente se acercaba a media tarde hasta


 

donde estaba ella y mientras el Sol se escondía tras el mar, todo el mundo permanecía en silencio y una vez había desaparecido, todos aplaudían muy felices.

 

Petra me explicó que esa era la forma que tenían las personas de darle las gracias al Sol por todas las horas de luz y calor que les daba; pero lo que más le gustaba a Petra era poder observar cómo la Luna, presumida, miraba cada noche su reflejo en el mar, de hecho me contó que se hicieron tan amigas que la Luna decidió iluminarla un ratito cada noche.

 

Finalmente, una mañana y sin previo aviso, aparecí en un parque, que es donde vivo ahora y tengo que decir que es el mejor sitio en el que he estado.

 

A mi alrededor hay árboles, flores y otros bancos; por las mañanas vienen señores y señoras mayores que se sientan sobre mí y hablan sobre muchas cosas, como por ejemplo historias de cuando eran jóvenes, clases a las que están apuntados como pintura, escritura( a veces si tengo suerte alguien lee alguna poesía que ha escrito en voz alta) también hablan sobre viajes que van a hacer o han hecho o simplemente traen el periódico y lo leen, así me mantengo informado sobre lo que pasa en el resto del mundo, aunque he de decir que he descubierto que uno de los temas que más le gusta hablar es del tiempo, ya sea del que hizo el día anterior, el que está haciendo en ese momento o el que hará al día siguiente.

 

En definitiva mis mañanas son muy tranquilas, todo lo contrario a las tardes.

 

Por las tardes vienen las niñas y niños al parque y juegan conmigo, gracias a ellos no solo escucho historias si no que ahora soy parte de ellas, desde que llegué aquí he sido muchas cosas, el mostrador de una tienda, un dragón, un unicornio, una portería, aunque reconozco que esto fue lo que menos me gustó debido a los golpes que me daban con la pelota, también fui un tren que volaba y ayer sin ir más lejos fui una nave espacial que viajaba al espacio sideral en busca de extraterrestres.

 

Ahora cada noche me duermo impaciente por saber que aventura divertida y disparatada voy a vivir al día siguiente.

 

Gracias a los niños por la magia e ilusión que dan al mundo.