María Tilcia
Carmen Dora Espinosa Correa


María Tilcia fue el nombre escogido por doña Catalina Quintero para su última hija nacida un día, no se sabe cuándo de un año no se sabe cuál. La única referencia de la fecha de ese nacimiento fue que sus padres se casaron cinco años después de que José Jacinto Correa, el padre regresó de la guerra de los mil días. Esta terminó en 1902 y no hay muchos datos históricos que den detalles del desarrollo de la confrontación. Sin embargo ya habían transcurrido aproximadamente siete años desde aquel acontecimiento cuando llegó a la vida esta niña de bellos ojos negros y suave piel lanosita como las hojas de los frailejones.

Siendo entonces la hija menor de aquel matrimonio su crianza fue basada en los principios de que bajo su responsabilidad quedaría el cuidado de sus padres cuando fuesen más ancianos, esto no le permitiría tener vida social, incluido el hecho de no asistir a la escuela, estaría condenada a no aprender a leer ni a escribir. Para qué, si tenía harto para distraerse cuidando las ovejas y ordeñando las vacas.

 

Lo de las vacas era un verdadero problema, peleaba con ellas todo el tiempo, no le hacían caso…

 

-          ¡Arre colorada!

-          ¡Usté señorita barcina!

-          ¡Por allá no misia pintada!

 

No las aguantaba. Le molestaba el hecho de tener que recogerlas con un lazo amarrado al cuello, le molestaba tener que ponerles agua en una vasija, le molestaba tener que manearles las patas traseras para ordeñarlas, le molestaba su olor y lo que le llenaba la copa era el hecho de que si caían a un hueco desataba un bolate donde todos los vecinos venían a ver y a hacer comentarios tales como:

 

-          ¿Qué jué lo que la María Tilcia no hizo bien?, decía la cucha Francisca.

-          ¡Jmm, puay que se quedó con la trampa abierta! Le contestaba doña Segunda.

-          Ole ¿y no será que la culicagada esa ya tantiando conseguir novio?, metía la cucharada la más lambona de todas las vecinas.

 

La pobre María Tilcia solo tapaba sus orejas para no oír tales barrabasadas que salían de los labios de aquellas lechuzas locas como ella las llamaba. Lo único que temía era que sus padres escucharan aquellas conversaciones y terminaran prohibiéndole la salida de la casa a ver sus ovejas, sus amadas ovejas, eran cincuenta y tres de todas las edades y ella tenía una conexión tan grande que con el solo hecho de llegar al potrero donde se encontraban generaba un revuelto increíble entre aquellas lanudas. A todas les tenía nombres tiernos: rosita, florecita, margarita, clavellina, pajarita, etc. Y a los machos también los nombraba con cariño: Negrito, chocolatico, frailejoncito, chorrito, humito, etc…, así se entretenía con ellas, las abrazaba, les buscaba garrapatas, les hacía sombreros con hojas de chisgua y a ellas les contaba a grito herido como se sentía día a día. Ellas la escuchaban reír, cantar porque aunque no le permitían ir a la escuela buscaba motivos para ser feliz. Pero también le oían sus profundas tristezas y sus amargos llantos.

 

Tampoco podía enamorarse de algún joven pues no la dejarían casarse, no podría amar. Porque si de amar se trataba su santa madrecita le enseñaba el amor a Dios y a la Virgen rezando todas las noches el rosario de ciento cincuenta avemarías, lo suficiente para no olvidar lo que significa el amor.

 

Mucho menos podría subir a la sierra nevada del Cocuy donde sus hermanos mayores pasaban gran parte de su tiempo ya que esa era la ruta más cercana para ir detrás de la sierra a llevar sal para la venta. Quería sentir en su rostro la brisa de la que tanto hablaban los que iban y también quería conocer los tunebos que se encontraban allí y que de vez en cuando traían algún indígena para ponerlo a trabajar y así aumentar sus ingresos.

 

Esto sí que le quedó claro alguna vez que le comentó a su madre que cuando fuera más grande iba a pedirle a su hermano José que la llevara a la sierra, entones doña Catalina sin mediar palabra castigó a su hija con algo muy particular.Resulta que mi bisabuela, contaba mi abuelita, tenía el pelo muy muy largo y ella no podía peinarse sola y esta actividad solo la realizaba cuando sus hijas mayores iban a visitarla en fechas especiales, Semana Santa, San Pedro y San Pablo, su cumpleaños y Navidad.Doña Catalina le ordenó a la Matía Tilcia que la peinara.

 

Esto era algo a lo que le tenía mucha pereza realizar porque fácilmente podría durar todo el día, la tarea iba desde soltarle las trenzas hasta quitarle cuanto piojo y liendre tenía amañado en esa mata de pelo doña Cata. Luego debía recoger el cabello en trenzas que podrían medir un metro y medio. Demasiado trabajo ´para alguien tan joven como ella. Claro que no era tanto por la actividad física sino por lo cercana que debía estar junto a la señora mientras la peinaba. Con esto aprendió que,¡sí iba a subir la Sierra Nevada del Cocuy fuera como fuera!, teniendo su meta guardada muy en el fondo de su corazón, pero evitaría durante un muy buen tiempo volver a peinarla, sencillamente no volvería a tocar este tema.

 

Muchísimo menos se le permitió ir a la escuela eso era cosa de hombres y si la niña aprendía a leer y a escribir se corría el riesgo de que se interesara mucho por el mundo.

Ella era mi abuela materna y a pesar de lo duro de su crianza y sobre todo del impedimento de no poder aprender a leer luchó por sus propios medios para lograr hacerlo, fue así como acostumbró recostar la cabeza sobre los hombros de su hermano mientras el leía en voz alta algún libro, ella de manera muy inteligente veía donde ubicaba su vista para luego pronunciar la palabra que estaba escrita y así junto a él y tal vez y como quien no quiere la cosa en su complicidad y de una forma muy muy furtiva María Tilcia aprendió a leer mas no a escribir pero esto fue suficiente para ella ya que con la lectura pudo viajar a lugares muy lejanos como los descritos en las mil y una noches y pasados los años nosotros sus nietos fuimos premiados con aquellos días en que ella nos contaba cuentos sacados de cuanto libro, periódico o novena se le atravesaba.

 

Y si, ella era tan inteligente y sagaz que se dio sus mañas y de alguna u otra manera se las arregló para conocer el amor y aunque no compartió su vida con el elegido, de esa relación somos cinco sus nietos y otros cuantos bisnietos

 

Cuando estaba a punto de dejar este mundo me contó que un día llegó a la casa su hermana Emiliana quien sabía del gran deseo que tenía de subir al nevado entonces ella tramó con sus hermanos que se quedaría acompañando a su madre so pretexto de que María Tilcia tenía que ser madrina de bautizo de un niño tunebo recién traído, como era tema religioso doña Catalina no se opuso pues eran cosas de Dios.

Ya en sus delirios aún contaba historias no sé si sacadas de algún escrito o quizás veía a través de una ventana invisible para nosotros lo que había en el otro lado, se fue muy tranquila a cuidar para siempre a doña Catalina y a don Jacinto y cantando su canción favorita, “Pueblito Viejo”.