Pachito, calaveras y ataudes
Carmen Dora Espinosa Correa


Los viejos funzanos reunidos en el parque principal, aún recordaban como eran los festejos de aquel personaje, dueño de la finca…!!!

—Furatena!!!!, gritó don Zacarías .

—Noo, que le pasa, era San Isidro!!!. Metió la cucharada, don Aristóbulo Tejada, robándole la palabra a su compañero de tertulia matutina.

—Jajaja, dizque Furatena o San Isidro, no sean tan pendejos, eso era onde hoy en día es el club San Andrés, allá onde van unos viejos dediparaos y viejas peliteñias a botar plata porque no tienen en que gastarla. Jajaja, cogen un bobito que les lleva unos palos entriuna bolsa y dizque con uno, desos le dan a una bolita chiquita p’a meterla entriun güequito que apenas medio cabe la pelota esa.

Este era el aporte de Pachito, el mayor de todos los tres viejos amigos unidos en esta vida, por placeres y angustias, tristezas y alegrías, pobreza y riqueza.

Pachito tenía más autoridad que ninguno, para hablar de este tema, ya que siendo casi un niño, a su papá le dio por conseguirle un trabajo en lo que fuera, había dicho el, porque tenía que ser un berraco y aprender a defenderse en la vida. A Pachito no le había quedado de otra, más que aceptar los designios de su padre. Apenas había terminado la primaria y en este pueblo triste no había nada que hacer.

—Usted es muy de güenas. Le dijo su padre, ese domingo que lo madrugó a levantar de su cama, que aunque llena de pulgas, para él era su santuario de descanso, santuario de sueños y de placeres.

—De buenas por quë?, le preguntó a su padre

—Cómo que por qué!!, pues porque allí vá a tener una vida nueva, va aprender, a trabajar, a ser un hombre de adeveras, a no aculillarse tan fácil y a ser bien frentero como su taita.

—Bueno si señor. Le respondió a su padre, con la voz a punto de quebrarse. Le dolía el alma pensar que pasaría mucho tiempo sin volver a ver a su familia, especialmente a su mamá, quien observaba aquella escena con dolor de madre, pero ella no podía hacer nada, era la decisión de su machísimo esposo.

Aquella mañana, llegaron a la portada de la finca. Esta tenía unos adornos muy particulares; calaveras de vaca ubicadas al frente de cada una de las puertas de entrada. Allí un hombre panzón y grasiento, con el ojo izquierdo más chiquito que el otro y sin la mano derecha, esperaba la llegada de la particular visita.

—Güenos días sumercé, saludó el papá de Pachito

—Buenos días.

Respondió el hombre con una voz tan horrible, que más parecía el bramido de una bestia que el saludo de un cristiano. El pobre niño sintió un escalofrío recorrer su espalda y quiso decirle a su padre que no se quedaba en esta finca, donde además de todo, había unos chulos revoloteando sobre la casa principal. Alzó sus ojos para decirle a su padre que no se quedaba, pero este le lanzó una mirada que le produjo más miedo que aquello que hasta ahora había visto.

—El patrón me tá esperando, le traje el chino pá que trabaje en lo que sea.

—Por eso estoy aquí, para recibir el encargo, entréguemelo a mi yo se lo presento al Jefe. Cada vez que aquel hombre pronunciaba palabra, Pachito quería salir corriendo. Pero el miedo a su padre era aún peor. Ya se acostumbraría a escuchar aquella voz de ultratumba, pensó y esto lo reconfortó un poco.

—Pero yo mesmo quiero mostrarle el chino al señor!!

—Que no hombre!!. Y diciendo esto, cogió al muchacho por el brazo y lo entró sin que pudieran despedirse.

El camino que llevaba a la casa principal estaba adornado con calaveras de animales, puestos en palos, pintados de color rojo.

Estaba tan asustado, que un fuerte temblor, hacía que sus rodillas subieran y bajaran como si jugaran a ver cuál de las dos lo hacía más rápido, y aunque trataba de calmarse rezando en su cabeza, no lograba hacerlo, mucho menos cuando al llegar a la casa vio que todas las cortinas eran negras y una calavera de burro estaba anclada en la puerta principal.

Al ingresar a la casa, un olor a hierbas revueltas con alcohol le llegó a su cerebro y desde esa época no lo logra sacar de su mente.

—Patrón, este es el crío que estaba esperando.

Le habló a un hombre elegante, alto y muy muy delgado, tenía en su cabeza un sombrero de esos que su mamá decía, que son de pelo y bien caros. Sus manos estaban adornadas con muchos anillos en forma de calaveras de personas y de animales. Pachito pensó, uuuy a donde me trajo mi taita.

—ah! Si, llévelo al cuarto de atrás del establo. Dele desayuno y después explíquele como tiene que arreglar las camas de los huéspedes y como debe limpiar los vasos para el vino. Para que todo esté listo para el jolgorio de esta noche.

—Si señor.

Pachito absorto en sus pensamientos, seguía recordando como hacía sesenta y cinco años se había enterado de que era lo que se hacía en aquella finca. No dejaba de sentir lo mismo que en aquella época sintió.

Luego del gran desayuno, todo lo malo había pasado ya. Recordó el dicho de su mamita aquel que reza, barriga llena corazón contento, lo pensaba mientras tocaba su estómago dándole palmaditas y exhalando un gran suspiro, porque la verdad sea dicha, no había visto tantos alimentos en una sola comida.

Cuando volvió el mocho gangoso, como empezó a llamar al capataz, ya estaba con el espíritu lleno de ánimo y su cuerpo con ganas de hacer lo que fuera, después de semejante comilona uno hace grandes cosas, decía para si Pachito. Le dijo que lo siguiera, él iba cinco pasos atrás para poder respirar tranquilo. De pronto llegaron a una casa escondida en un bosquecito de pinos, antes de abrir la puerta el mocho le dijo:

—Vea lo que vea, escuche lo que escuche, huela lo que huela, toque lo que toque usted a nadie le va a contar nada, aquí hay cosas raras y se hacen cosas raras, pero a nadie le puede decir nada porque si no, sus taitas y sus hermanos van a ser los paganos, si usted cuenta algo, el jefe los mata a toditos incluido a usted. El niño tragó saliva y con voz trémula le respondió:

—Noo,no señor yo no voy a decir nada.

Abrió la puerta de aquella edificación y ante sus ojos apareció una sala oscura, no había ni una sola ventana y lo único que alumbraba era in gran cirio negro.

Alcanzó a ver a lo lejos algo parecido a esas cajas donde echan a los muertos, ¿Cómo es que se llaman? ¿Cómo es Cómo es? Estaba tan asustado que olvidó por completo el nombre.

—Su trabajo consiste en sacudir los ataúdes por dentro y darles brillo por fuera, después de que haga eso va a limpiar las copas que están en esa mesa.

—cuáles copas, yo solo veo calaveras.

—aquí no se llaman calaveras aquí se llaman copas.

Pachito lo único que hacía era hacerse la señal de la cruz.

—Si hace bien el trabajo, mi jefe le vá a dar buena alimentación y buena plata

—Bueno sí señor. Contestó resignado.

—Aquí está todo lo que necesita para hacer la limpieza, dijo el mocho, mostrándole unos paños, agua y jabón. Yo lo voy a dejar encerrado hasta la hora del almuerzo. Yo se lo traigo, y vuelvo hasta las seis de la tarde otra vez, a esa hora ya debe estar todo listo porque mi jefe tiene fiesta esta noche y a los invitados les gusta encontrar todo listo a las siete de la noche.

Cuando estuvo encerrado y solo, el pobre niño se arrodilló y le pidió perdón a Dios por las veces que lo había ofendido, por no confesarse y comulgar después de la primera comunión, por la vez que le robó el pan del plato a su hermano pequeño, por la vez que le gritó a su padre diciéndole que no le pegara a su mamá. Él pensaba que Dios lo había castigado por toda esa cantidad de pecados. Lloró de rabia y de miedo. Pero se consoló pensando en lo bueno de aquel día, el desayuno y la promesa de que iba a comer bien y le iban a dar plata, con eso podría ayudarles a sus hermanos y a su mamá, bueno y tocaría también a su papá.

Sacó valor para levantarse y empezar con las tareas asignadas.

Empezó a sacudir los diecisiete ataúdes. Luego los limpiaría por fuera y aunque no era mucho lo que podía ver asumía que lo hacía con tanto esmero que todo quedaría muy bien. Cuando el mocho llegó con el almuerzo tenía ya la mayoría de los ataúdes listos. Disfrutó de su almuerzo porque era abundante y delicioso, además el sol estaba en todo su esplendor, lo que le animó a realizar las tareas con mucho cuidado.

Lo de los ataúdes vaya y venga, lo grave fue cuando debió lavar las calaveras, eran también diecisiete. Olían a vino algunas, otras a cerveza y una que otra a aguardiente, esos olores le eran muy familiares ya que su padre era un tanto alcohólico ya menudo llegaba a la casa contando que era lo que había tomado.

¿Para que serán las calaveras? Se peguntaba, imposible que las usen para tomar trago aquí, yo no creo que estén tan locos como para hacer eso. Cada vez que tomaba una calavera para limpiarla, se santiguaba y rezaba una oración, para que ,según él, no lo persiguieran por la noche.

Cuando el capataz llegó a recogerlo en la tarde ya había hecho todas las tareas, había terminado muy rápido y solo quería que lo sacaran de allí. Entró a la habitación para revisar las tareas. El muchacho recibió una felicitación por parte del mocho.

—Ahora se va para su cuarto y no saldrá hasta que yo lo llame por la mañana. Va a venir mucha gente y hacen mucha bulla, así es de que no se afane.

La curiosidad mató al gato, pensó Pachito. Y efectivamente ya que al escuchar tanto alaraco, con gritos incluidos, sollozos y muchas carcajadas, abandonó el catre que le dieron para descansar y como quien no quiere la cosa se acercó a la puerta pensando que seguramente estaría con candado por fuera, pues si lo habían encerrado en el día mucho más en la noche. Pero, tamaña sorpresa. El cuarto estaba abierto. Dudó por un momento en si salir o no, pero las ganas le pueden al miedo. Salió de la habitación, lo recibió un golpe de frío tan brutal, que lo dejó castañeando los dientes, pero eso no era impedimento para acercarse al lugar de la fiesta.

Metido detrás de los pinos, lo único que alcanzaba a ver algunas personas hombres y mujeres, —pero algo viringos — dijo para si. Y aunque había antorchas a lado y lado de la puerta le era imposible ver lo que ocurría dentro, tendría que arrimarse un poco más, pero el mocho no se quitaba de la puerta, así era muy complicado acercarse. Así que se propuso no quedarse con las ganas de saber que era lo que pasaba allí. Iba a buscar otra oportunidad.

Durante un año intentó acercarse a aquellas fiestas pero no lo lograba. No podía averiguar nada con nadie porque siempre lo tenían alejado de los demás empleados y el mocho, quien ahora se había convertido en su mejor amigo, no le contaba nada por cuidarlo decía y que mejor no averiguara nada que así estaba bien y que no se buscara dolores de cabeza. Que el patrón le tenía aprecio y que viera que ya estaba gordito y hasta había crecido.

Pero para el eso no era suficiente, la curiosidad que mató al gato lo estaba matando a el. Cada vez se hacían más frecuentes las fiestas a tal punto de que en Semana Santa tuvo que trabajar todos los días incluidos el jueves, viernes y sábado. Los días más santos. Eso era muy raro. Estaba obsesionado con la idea de averiguar, que hasta había pensando decirle al mocho que le daba toda la plata que tenía ahorrada con tal de que le contara todo. Había tomado la decisión, eso iba a hacer.

A la mañana siguiente llegó el mocho más temprano de lo normal.

—Uy mocho y ese madrugadón por qué, ni siquiera a aclarado el día y usted ya por aquí?

—Si chino, es que me vine a despedir

Pachito sintió lo mismo que el día que salió de su casa. Un desamparo total, una angustia que le carcomía las entrañas, hasta le dieron ganas de llorar, pero no podía hacerlo, que diría aquel hombre con voz de monstruo.

—Pe,pe,pero por qué se vá?

—No me voy del todo, solo voy a visitar a mi madre, me llegó una carta que está enferma. Cuando uno trabaja aquí nunca se puede retirar, con el tiempo lo vá a entender.

Con la sagacidad característica de un adolescente, Pachito inmediatamente pensó que era la oportunidad de colarse en la fiesta.

—Y quien me va a encerrar en el edificio?, quien me va a llevar el almuerzo?, quien me va a recoger en la tarde?

—Usted solito, le ha dado una gran confianza al jefe y no le ve problema de que empiece a hacerlo sin niñero.

—Muchas gracias, dijo Pachito

—Si señor

Estrecharon sus manos para despedirse, pero el muchacho no dejaba de pensar como hacer para colarse en medio de estos festejos que ahora se hacían todos los días.

Luego de pensarlo mucho. Encontró una manera de hacerlo ya que nadie estaría pendiente de el iba aprovechar y se quedaría en el zarzo, este sería el mejor sitio para hacerlo.

Eran las siete de la noche de un día jueves, estaba decidido a descubrir lo que pasaba allí, eligió un muy buen sitio y con una broca había perforado un huequito para poder observar mejor lo que pasaba. Llegaron los invitados, hombres y mujeres, de todas las edades. Los contó. Entre hombres y mujeres había diecisiete, era algo complicado ver porque alumbraban las dos antorchas de la entrada y la única vela negra que siempre estaba.

Escuchó la voz del jefe.

—Vamos a brindar hoy por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, se nos fue a mejor vida o mejor dicho, lo mandaron a mejor vida. Tomen cada uno sus copas por favor.

Tan pronto dio la orden se dirigieron a la mesa donde se encontraban las calaveras y cada uno de los invitados tomó una, e hicieron el brindis.

Luego de esto cada uno se fue ubicando en el piso y empezaron a jugar a la botella, el que perdía iba quitándose la ropa hasta que quedaban en cueros. Pensó Pachito. Y con este frío tan hijueperra.

En este punto de la fiesta Pachito fue vencido por el sueño ya que nunca había trasnochado. Lo despertaron unos ruidos de bisagras oxidadas, era el sonido de las tapas de los ataúdes, rápidamente se apresuró a observar que era lo que ocurría. Menuda sorpresa se llevó al observar, eran los asistentes a la fiesta que sin nada de ropa estaban despertando y levantándose de los ataúdes, hombres y mujeres, sin nadita de vergüenza. Pachito apenas se santiguaba y rogaba a Dios que nadie lo fuera a pillar porque fijo lo mandaban a mejor vida y lo que era peor a su familia, que aunque hacía mucho tiempo no los veía los seguía queriendo con toda su alma.

Luego de que salió el último de los invitados, corrió a recoger el desayuno para no despertar ninguna sospecha.

Pachito fue todas las noches al zarzo mientras llegaba el mocho. Luego los días trascurrieron con los mismos sucesos, tan solo cambiaban los invitados, pero todo era igual, el juego, los brindis, los ataúdes.

Había saciado su curiosidad, pero ahora no estaba tranquilo porque sabía la verdad. Sabía que si el jefe lo descubría hasta ahí sería su vida.

Una noche de esas iguales a todas las otras, lo despertó un sonido que nunca había escuchado en aquella hacienda. Era un tiroteo, Pachito de un salto quedó de pie en la puerta de la habitación, con el corazón palpitante y su respiración entrecortada por el susto, no sabía que hacer, si salir o quedarse ahí. De pronto, llegó su amigo mocho

—¡Chino Pacho, venga, venga rápido, que llegó la policía, nos toca volarnos antes de que nos cojan!

—¡Espere me pongo los zapatos!

—¡Que zapatos, ni qué mierda, camine descalzo, nos cogen y nos matan!

—¡Y la plata, la tengo enterrada entre un tarro!

—¡Ni puel putas nos vamos a poner a buscar nada!

—¡Camine, corra,corra!

Corrieron tanto que ni los perros, ni los gansos que se les atravesaban por el camino pudieron alcanzarlos. Ya en el pueblo fueron a buscar refugio en la casa de los padres de Pachito.

Durmieron tanto que el sol del medio día fue el que los despertó.

El padre de Pachito sospechando que algo había pasado salió esa mañana a las calles a ver si escuchaba alguna cosa, llegó con la novedad de que la noche anterior la policía había llegado a la hacienda del jefe de su hijo porque alguien había contado con pelos y señales las barrabasadas que se hacían en esa finca.

—Dicen que encontraron un pocotón de calaveras y ataúdes.

Miró a Pachito y a su amigo con ojos escudriñadores

—Será cierto?

Ambos fruncieron los hombros y negaron con la cabeza.

Sin embargo en sus mentes, siempre existirán estos recuerdos aberrantes que perdurarían durante toda su vida.

—Pachito, Pachito, ole Pachito.

Lo llamaba Aristóbulo y el seguía ensimismado

—Uste Pachito, dijo Zacarias

—Y juemadre, me fui pá tras, me estaba acordando de lo que se hacía en esa finca.

Zacarias, con la curiosidad brincando en sus ojos le dijo

—Y si era cierto lo de los ataúdes y las calaveras?

Pachito con sus ojos llenos de terror respondió

—Sí era cierto