Benito y Librada
Pedro García Rodríguez


Entrevías

 

Es el barrio de Madrid donde nacimos y nos criamos todos mis hermanos. Recuerdo que siendo muy niño mis padres a veces nos llevaban “al agujero” a mi hermana y a mí. Era este un lugar, a escasos doscientos metros de nuestra casa, al que la gente solía ir sobre todo los domingos por la tarde, cuando hacía bueno, a comer pipas y esas cosas que hacíamos los ratos de ocio cuando no había tantos entretenimientos como ahora. Ese nombre de “el agujero” se lo daba un roto muy grande que había en un tramo que quedaba en pie de un antiguo muro, construido con escoria de los viejos trenes de carbón y que delimitaba terrenos propiedad de la Renfe.

 

Junto a ese lugar había una gran masa de hormigón muy tosca con muchos hierros y trozos de raíles ferroviarios entre medias, era enorme, y a la gente, que acudía como si de un santuario se tratara, le gustaba sentarse en lo alto de aquel montículo, podrían caber sin apreturas como diez personas. Desde el alto se divisaba el rio Manzanares, el barrio de Villaverde al otro lado del rio y toda la parte sur de Madrid.

 

Los más mayores, hablando entre dientes, contaban que en algún momento allí estuvo emplazada una ametralladora y que aquel amasijo de hierros, piedras y hormigón fue la cubierta de una fortificación de la defensa de Madrid antes de recibir continuadas lluvias de proyectiles que lo dejaron en aquel estado.

 

Los niños poníamos la oreja para enterarnos de más cosas pero eso era todo lo que contaban, y si acaso.

 

A veces mi padre, cuando paseábamos, me preguntaba si yo quería que él me montara a hombros. A todos los niños les gusta que les suban a hombros, era como un juego. Era él quien, sobretodo, quería subirme y yo me subía. Me contaba: “de pequeño iba andando de la mano de mi padre por la carretera, yo no le pedía nada, ni de comer ni de beber, sólo le decía que por favor me montara a hombros, que estaba muy cansado y no podía más...”

 

Muchos años después, de anciano en la silla de ruedas en la que pasó sus últimos siete años, El Agujero era su lugar favorito para que le lleváramos de paseo. Es verdad que las vistas desde allí eran y son espectaculares, pero creo que también ese lugar le debía conectar con otros pasajes de su vida, porque a mí me ocurría algo parecido.

 

Fue en esos últimos años cuando como consecuencia de aquellos ictus, que le dejaron hemipléjico del lado izquierdo, pero que le devolvieron su presencia, saliendo de su trastorno obsesivo compulsivo que le mantuvo alejado del mundo y de las personas, empezó poco a poco a recordar cosas de su niñez. Sobre todo se le refrescó la memoria al contarle, cuando tuve noticia, los hechos ocurridos en la llamada “carretera de la muerte” entre Málaga y Almería en el año 1937 en lo que se conoce como “la desbandá”.

 

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Calahonda

 

En este pueblo cercano a Motril, en la costa granadina, pasamos en dos ocasiones 15 días de vacaciones en verano junto con tíos y primos.

 

Eran unas vacaciones que organizaba la Empresa Municipal de Transportes para sus empleados, que mediante sorteo podían acceder a esa aventura de pasar unos días junto al mar. A mediados de los sesenta no todo el mundo tenía esa posibilidad.

 

El primer año se debieron apuntar muy poquitos empleados, las condiciones de alojamiento fueron muy precarias, las casas donde nos alojaron eran extremadamente humildes, con suelo de tierra pisada sin ninguna comodidad y a las madres les tocaba trabajar mucho más que en su propia casa. El viaje era infernal en aquellos autobuses tan viejos que se sobrecalentaban y averiaban, y había que parar varias veces a lo largo de la noche, sobre todo en la subida al puerto de Despeñaperros. Luego en la bajada también había que parar porque lo que se calentaba eran los frenos.

 

Por eso tuvimos la suerte de que nos tocara ese primer año a nuestra familia y a la de mi tía Martina, hermana de mi madre casada con Marcos que también trabajaba en la EMT.

 

De esas primeras vacaciones en Calahonda, recuerdo las barcas y aparejos de los pescadores, los chambaos que eran quiosquitos de cañas en la playa de guijarros, los ratos amables y divertidos, también un hecho que de mayor me llamaría la atención. Mi padre quiso que llegáramos hasta Almería. Un viaje infernal por aquella carretera con tantas curvas y aquel calor. En vez de quedarnos a pasar un día, como los demás, de playa se armó de valor y nos embarcó a mi madre y a mí, con lo temerosa que fue siempre ella, dejando a Asun con nuestra tía Martina. Se mezclan como siempre los vagos recuerdos con las cosas contadas años después por los mayores. Madrugamos mucho, pero en el camino se averió el coche que nos llevaba y pasamos varias horas en la cuneta, no pasaba nadie y mi madre venga a regañar a mi padre por la locura que habían hecho. Creo que a Almería no llegamos.

 

Lo que me resulta curioso de más mayor es el empeño que tuvo mi padre de hacer aquel viaje, que desde luego no fue de placer.

 

También recuerdo que al atardecer a veces paseábamos a lo largo de la playa hasta Carchuna. Es un lugar junto a Calahonda donde hay un antiguo fuerte que se usó como cárcel para presos republicanos. Asun que era muy pequeña, se cansaba de caminar por la playa de piedras y lloraba diciendo: “Yo no quiero ir a Carchuna”.

 

Algunos años después nos volvió a tocar en el sorteo ir a Calahonda. Esta vez le tocó también a la familia de mi tío Pepe, hermano de mi padre. La tía Matilde siempre sonriente y mis primos mayores Juan Carlos y Matildita, a los que yo adoraba, y el pequeño, casi de mi edad Jose Ignacio. Por entonces yo tendría unos doce y Asun cumpliendo los diez, ya estaban también Rafa con dos y Bea de bebé.

 

Fueron días muy felices. Nos queríamos todos mucho. Mi padre y su hermano Pepe disfrutaban tanto en el mar, que valientes eran, sabían nadar y se metían hasta muy lejos, donde apenas se les veía, las madres se ponían muy nerviosas y con gritos y aspavientos les ordenaban que se salieran mientras ellos no las querían oír y los niños nos divertíamos con la espuma, las olas y los revolcones.


De Calahonda a Manilva

 

Bueno, pues como a mi padre lo que le gustaba era viajar, estando en Calahonda una noche decidieron él y su hermano ir hasta Manilva, el pueblo donde ellos vivieron su infancia y adolescencia y que está a nada más y nada menos que a 212 kilómetros de Calahonda. Ellos solos. No había entonces prácticamente ni mapas de carreteras. Tranquilamente podían ser entre seis y ocho horas de viaje infernal sólo de ida. Sin saber allí a quien encontrarían, no tenían ningún contacto de nadie.

 

No recuerdo si estuvieron fuera dos o tres días, los mismos que se pasó mi madre regañándole a cada rato desde lejos.

 

Volvieron fascinados del viaje y de haber vuelto a su pueblo natal como unos veinticinco años después. Se encontraron con amigos, vecinos, conocidos, etc. Y hablaban impresionados de la carretera, hablaban entre ellos con mucho entusiasmo, decían cosas que yo no entendía, apenas recuerdo, pero me llamaban mucho la atención. Entre los dos yo sentía un código de camaradería y protección muy poderoso. Pepe, siendo mayor, con mucho cariño a veces también le regañaba un poco a mi padre.

 

Nosotros, los niños y las madres, estábamos de vacaciones con nuestros bañadores, flotadores y juegos, y ellos habían pasado a la ida y a la vuelta por los lugares donde, de niños, estuvieron a punto de morir junto con sus dos hermanas adolescentes, su madre encinta de una niña que no sobrevivió, y su padre con su uniforme de carabinero que era la ropa que tenía. Que recuerdos les traería aquel viaje. Que valientes fueron.

 

Aquel reencuentro a mi padre le sirvió para revivir la amistad con algunos de sus amigos de la infancia y adolescencia, entre otros Diego Montero, Juan García, Diego Amado y su mujer Ángela. Gracias a este reencuentro, el verano siguiente nos invitaron a ir a su casa de Manilva. También los dos siguientes. Con ese salero que tienen las gentes de Málaga disfruté mucho aquellos tres veranos de mi adolescencia.

 

Algunas tardes bajábamos y subíamos los 3 kilómetros que había de Manilva a la playa de Sabinillas en compañía de chicos y chicas, a veces andando, a veces en el autobús Portillo, y a veces en la caja del furgón de uno de los más mayores de la pandilla, que lo conducía sin tener ni el carnet ni la edad. Descubrí lo que era la gracia y el salero. Aprendí a diferenciar la brisa de Levante de la de Poniente. Menamoré musho, pero musho musho, de aquella chica del vestido rojo y braguitas blancas de ganchillo. También de las dos hermanas de Madrid que pasaban allí sus veranos... etc…etc...

 

Ir en total seis veces de vacaciones al mar es algo que las familias entonces no solían hacer, al menos las que nosotros conocíamos. Ya le gustaban a mi padre los viajes y el mar.

 

Recuerdos de mi padre

 

Muchas veces nos contaba que estuvieron viviendo un tiempo en el castillo de Sabinillas, que era casa-cuartel de carabineros, estando mi abuelo allí destinado, y que por las tardes después del colegio él y su hermano se bañaban en el mar. Entonces la gente, de costa o de interior, no sabía nadar, prácticamente nadie sabía nadar. Román y Pepe aprendieron juntos jugando.

También a veces recordaba “fuimos de San Roque a Torre Guadiaro, de allí al Castillo de Sabinillas”… pero como lo contaba de aquella forma tan vaga sin saber siquiera en que momento ocurría, no terminábamos de entender que quería decir con eso. Ahora deduzco que debió ser el recorrido que hicieron, huyendo del rápido y cruel avance de la fuerzas invasoras sobre la zona del campo de Gibraltar entre julio del 36 y enero del 37.

 

Una frase que mi padre repetía que dijo algún compañero del abuelo: “Benito, somos republicanos” . Ahora entiendo el sentido de aquella frase, al conocer la confusión que hubo por todas partes los días después del alzamiento, sobre todo entre la fuerza de carabineros y guardias civiles, quienes por un lado habían jurado fidelidad al gobierno legalmente constituido pero por otro, muchos de sus superiores estaban alineados con los golpistas. Al margen de ideologías, cada uno corrió la suerte que le deparó el lugar donde se encontraba y las órdenes que recibió. De modo que hubo guardias civiles combatiendo en ambos bandos, y los carabineros, aunque casi todos estuvieron del lado de la República, también en algún cuartel se unieron a los golpistas.

 

Se puede entender esto si tenemos en cuenta que algunos puestos o cuarteles estaban muy aislados, sin teléfono y en cuanto a los enlaces, o no había, o no se atrevían a salir, o resultaron asesinados.

 

Otra frase que mi padre repetía que decía el abuelo: “No corráis, agachaos, quedaos juntos. Lo que tenga que ocurrir que nos ocurra a todos” .

 

 

Recuerdos del abuelo Benito

 

Era una persona de muy pocas palabras, carácter serio, poco cariñoso en general. En casa pasaba 3 meses al año, ya que repartían entre los cuatro hermanos su alojamiento.

 

Los tres meses de verano los pasaba en Basardilla, con su hija Catalina, la segunda, ayudando en lo que podía en las faenas del campo. Yo pasaba algunos días del verano con ellos y mis primos, con el trillo, la cuadra, las vacas, los corderos, las gallinas ponedoras y también los juegos con los demás niños del pueblo. El abuelo regañaba a los hijos de Catalina por las labores que no hacían del todo bien, a su modo de ver. Jamás escuché a los mayores hacer mención alguna a nada relacionado con Málaga, o al menos no lo recuerdo.

 

Parece que Catalina, cuando se volvieron de Manilva para Basardilla, tendría cerca de veinte años y dejó allí un novio.

 

Cuenta alguno de los primos de Basardilla que el abuelo se echaba a llorar en cuanto salía cualquier comentario relacionado con la guerra.

 

Cuando el abuelo venía a nuestra casa, durante los tres meses correspondientes, ocupaba una de las tres habitaciones, con lo cual, primero yo y cuando ya vino Rafa los dos, nos quedábamos sin habitación y nos tocaba dormir en un sofá cama que había en el comedor, y cada noche había que montar el chiringuito. El ambiente era un poco tenso en casa, por la incomodidad y el poco afecto que había entre él y mi madre. Además, era muy tacaño, nunca nos daba dinero, a los nietos me refiero. Recuerdo como anécdota que, siendo adolescente, le acompañé en alguna ocasión a la Caja de Ahorros a cobrar su pensión de jubilado. Entonces él sacaba el dinero, lo contaba dos o tres veces revisando bien los billetes y a continuación lo ingresaba de nuevo en su libreta. Así era de desconfiado, o de particular.

 

Había algunas cosas del abuelo que no me gustaban. Muchos años después, ahora que sé parte de lo que pasó, puedo entender y abrazar aquel carácter, realmente amargado y frustrado del abuelo Benito.

 

Su mujer, la abuela Librada, murió años antes de nacer yo. Según comentaban los mayores debió estar algo trastornada. No he conseguido averiguar si ya lo estaba antes de la desbandá o fueron aquellos episodios los que provocaron, al menos en parte, que terminara así. No tendría nada de extraño que hiciera mella en su ánimo aquella huida constante, durante meses, de unos a otros destinos de mi abuelo hasta llegar a Málaga capital para, enseguida, salir corriendo dirección a Almería con lo puesto y con cuatro hijos más la que viajaba en su vientre.

 

Catalina y Pepa eran adolescentes en ese momento, y por lo tanto medianamente conscientes del peligro que se cernió sobre ellos aquellos días y noches, cuando el “sálvese el que pueda” no era solo sálvese de las bombas que lanzaban desde los acorazados, aviones y posiciones en las alturas, también había que salvarse de los horrores que causaban los que iban siguiéndoles por la carretera de cerca, sin piedad, sobre todo con las mujeres, a quienes violaban y después a veces despedazaban.

 

Cuando volví de la mili el abuelo había empezado a tener una leve demencia senil y a veces, con la mirada perdida, murmuraba algo así “cuidado con aquellas baterías”

 

Hasta prácticamente el día de su muerte, acudía todos los días por la mañana y por la tarde a la partida. Había cerca un hogar del jubilado, él se llevaba su botella de vino que llenaría supongo en alguna bodeguita cercana, para no hacer gasto.

 

El día que murió de repente, estaba en mi casa, sentado en el sofá. Yo me acababa de sacar el carnet de conducir y tenía mi primer coche casi de desguace, se averiaba constantemente. Pero hubo coraje para meterlo, todavía caliente, en el asiento trasero en el medio. Mi madre a un lado y alguien más al otro, con mi padre de copiloto, nos lo llevamos a Basardilla para enterrarlo en el cementerio del que había sido su pueblo natal. Costó mucho esfuerzo estirarlo al llegar allí. Ese día me gané el respeto de mis tíos y primos mayores. Después de varios años sin vernos dejé de ser Pedrito para pasar a ser Pedro.

 

 

Atando cabos

 

Cuando aquella mañana de domingo de febrero de 2017 estábamos África y yo entregados cada uno a sus ocupaciones en mi casa, ella consultando en el ordenador encontró sin buscarlo un trabajo recién publicado relacionado con los hechos ocurridos hacía ochenta años en Málaga.

 

“Pedro ven, mira lo que he encontrado”. Al verlo yo no daba crédito, al leerlo una y otra vez de pronto empecé a encontrar el sentido a todas esas frases sueltas que repetían. Tuve una tormenta de recuerdos y emociones. Después de un rato de compartir aquella información, ella siguió entregada a sus tareas y yo pasé el resto del día buscando más detalles de aquellos momentos tan trágicos y desconocidos.

 

Entonces me empezaron a cuadrar muchas cosas, los días posteriores empecé a preguntar a mi padre y a hablarle de mis averiguaciones. Al oírme le venían recuerdos, frases, momentos que hasta entonces habían permanecido ocultos y olvidados en su memoria: “corred, corred, que vienen matando, que vienen violando” y rompía a llorar como un niño de seis años.

 

Sirva para dar una idea de lo que allí ocurrió el siguiente fragmento del relato escrito por el Doctor canadiense Norman Bethune, quien con su ambulancia y su equipo de ayudantes se trasladó desde valencia a Almería tratando de socorrer a todo el que pudo:

 

 

  El crimen de la carretera Málaga-Almería : «Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos...».​

Por entonces habíamos pasado al lado de tantas mujeres y niños afligidos que pensamos que lo mejor era volver y comenzar a poner a salvo los peores casos. Era difícil elegir cuáles llevarse, nuestro coche era asediado por una multitud de madres frenéticas y padres que con los brazos extendidos sujetaban hacia nosotros sus hijos, tenía los ojos y la cara hinchada y congestionada tras cuatro días bajo el sol y el polvo. "Llévense a éste", "miren a este niño", "este está herido". Los niños, envueltos de brazos y piernas con harapos ensangrentados, sin zapatos, con los pies hinchados aumentados dos veces su tamaño, lloraban desconsoladamente de dolor, hambre y agotamiento. Doscientos kilómetros de miseria. Imagínense cuatro días y cuatro noches escondiéndose de día entre las colinas, ya que los bárbaros fascistas los perseguían con aviones; caminaban de noche agrupados en un sólido torrente hombres, mujeres, niños, mulos, burros, cabras, gritando los nombres de sus familiares desaparecidos, perdidos entre la multitud.

 

También su ayudante T.C. Worsley en su libro “Behind the battle”:

 

La carretera seguía llena de refugiados, y cuanto más avanzábamos peor era su situación. Algunos tenían zapatos de goma, pero la mayoría llevaba los pies vendados con harapos, muchos iban descalzos y casi todos sangraban. Componían una fila de 150 kilómetros de gente desesperada, hambrienta, extenuada, como un río que no daba muestras de disminuir... Decidimos subir a los niños al camión, y al instante nos convertimos en el centro de atención de una muchedumbre enloquecida que gritaba, rogaba y suplicaba ante tan milagrosa aparición. La escena era sobrecogedora: las mujeres vociferaban mientras sostenían en alto a los bebés desnudos, suplicando, gritando y sollozando de gratitud o decepción.

 

Estos relatos y otros muchos, así como crónicas de diarios extranjeros, fotografías tomadas por el cirujano canadiense, testimonios posteriores de personas y familiares que vivieron la tragedia, descubrí en esos días en los que me enfrasqué en esa investigación.

Hasta ese momento nunca había ni imaginado que aquello hubiera podido pasar, y menos a mi familia.

 

Mi abuelo el pobrecito tenía alrededor de cuarenta y cinco años y cinco bocas que alimentar. En algún momento de la batalla por la toma de Málaga, donde muchos compañeros murieron, “entregó el mosquetón” a aquella fuerza internacional y profesional tan superior en hombres y armamento dispuesta a entrar a cualquier precio.

 

Encontró la forma de reunirse con su familia: Su mujer embarazada, sus dos hijas mocitas, su hijo mediano y Román el chiquitín de seis añitos, y con lo puesto, se unieron a la columna que se fue formando a la desesperada a lo largo de la estrecha carretera que, con el mar a un lado y al otro la montaña, conduce a Almería.

 

Qué horrores, cuanta sangre y desgracia tuvieron que presenciar, cuántos niños perdidos buscando a sus familiares, bebés mamando de pechos ya secos, madres enloquecidas cargando con hijos ya sin vida. Gente desesperada gritando los nombres de sus familiares muertos o desaparecidos, buscándolos entre los cadáveres que a veces colapsaban el camino.

 

Sin agua y sin comida, sin apenas ropa, muchos descalzos con los pies ensangrentados cubiertos de telas hechas jirones. Viendo como aparecían en el cielo, sobre sus cabezas, los aviones a soltar su mortífera carga y entre la neblina, en el mar, los acorazados haciendo puntería con la carretera.

 

Llegaron, después de varios días con sus noches, de marcha y acoso constante de artillería, hasta Torre del Mar, donde les dieron el alto unos italianos, les metieron en un tren, junto con otros muchos, que volvía para Málaga donde permanecieron hasta el final de la guerra.

 

Terminó sus años de servicio ya en la Guardia Civil, donde integraron el cuerpo de Carabineros al hacerlo desaparecer como represalia por haber permanecido, prácticamente en su totalidad, fiel a la república.

 

Por un lado, contento por haberse salvado toda la familia, por otro con la amargura de haber perdido a muchos de sus compañeros, haber faltado a su juramento de fidelidad al gobierno legalmente constituido y tener que continuar en su profesión con otros con los que el dictador completó la plantilla, y que, en muchos casos y durante muchos años, fueron muy crueles en actos de represión y venganza contra los del bando perdedor.

Quien sabe que humillaciones tuvo que presenciar y sufrir hasta que, cuando llegó el momento de la jubilación, se volvieron todos para Basardilla.

 

Ahora siento mucha pena de pensar lo desconsiderado e injusto que fui con mi abuelo Benito. Si hubiera sabido tan solo un poco de lo que hoy sé, hubiera intentado compartir más cosas de mi vida y alegrías con él. Le hubiera prestado más atención. Le hubiera preguntado tantas cosas. Ahora puedo entender el porqué de ese carácter tan amargado de esa mirada a veces perdida, esos ojos asustados, ese rictus tan serio y ausente.

 

Me gusta imaginar cómo pudo ser la vida de ellos dos, de jóvenes, antes de nacer sus hijos, antes de empezar la guerra... Viviendo cerca del mar, en tierras malagueñas, con ese amable clima, esas alegres gentes, esas suaves brisas de levante o de poniente…

 

De lo que sí me puedo alegrar es de haber tenido la oportunidad de facilitar que mi querido abuelo Benito cumpliera lo que seguramente fue su sueño: Después de tantos ajetreos, miedos y huidas descansar en su tierra natal junto a su querida esposa, mi querida abuela Librada.