El loco del camposanto
Edgar Tarazona Angel


Detrás de una lápida se ocultaba una sonrisa maligna, plasmada en una cara no menos diabólica de ojillos hundidos e inyectados de sangre. Dos manos sarmentosas se gozaban acariciando a las paredes interiores de la cripta, manchadas de goterones de sangre y humedeciéndose en ella. Las campanas lejanas anunciaban las once de la noche en un tañido lúgubre de funeral; la sonrisa se trocó en una carcajada trepidante y gutural, mientras que la entrada de la tumba giraba chirriante sobre sus goznes empujada por aquellas manos malditas y dando paso a una figura cadavérica que emergía de las entrañas del monumento mortuorio.

La figura cubierta por una túnica que resbalaba hasta el suelo tapando los pies y una capucha que solo permitía vislumbrar los ojos por su brillo infernal, avanzó lentamente por entre las cruces del cementerio, alumbradas por débiles reflejos de las bombillas eléctricas de la entrada; aproximándose a la reja que marcaba un límite entre la morada de los muertos y las casas de los vivos lejanas en la penumbra.

El embozado abrió aquella y continuó su marcha por la bruma que continuamente cubría la tierra; un sonido suave, casi inaudible pareció alertarlo, pero prosiguió su marcha por la mitad del sendero con la misma parsimonia de antes.

Otra sombra empezó a perfilarse entre la niebla, tambaleante, vacilante, los ojillos del encapuchado adquirieron un brillo febril, siniestro y de la rendija que era su boca comenzó a brotar incontenible y burbujeante un manantial de babaza que escurría por las comisuras adornando la mueca macabra que pretendía ser una sonrisa.

Los dos bultos fueron aproximándose en la neblina, hasta quedar frente a frente. El uno penetró, erguido; el otro con la mirada perdida en el suelo como buscando un obstáculo invisible que llevara su humanidad ebria a él.

Una barrera imprevista, espeluznante, lo atajó de pronto. El borrachín levantó la vista en sentido ascendente recorriendo aquel cuerpo convulsionado por la risa; a medida que subía en su examen, los vapores que nublaban su cabeza fueron despejándose, hasta encontrar esos ojos cortantes en su malignidad, cuando recobró toda su lucidez.

Trató de hablar, pero la lengua, esa maldita lengua no le obedeció, como si de pronto se la hubiera tragado. Trató de correr al escuchar la carcajada, pero un temblor imprevisto impedía que las piernas obedecieran las órdenes de su cerebro.

Vio cuando aquellas manos huesudas se levantaban hacia su garganta y no pudo evitarlo, sintió la opresión sobre el cuello y no logró defenderse; la nube que anuló sus sentidos y el abismo que se abrió bajo sus pies le trajeron la paz.

El dueño de esas manos sin dejar de reír lo levantó del suelo y cargó su cuerpo desmadejado entre sus esqueléticos brazos y retornó a la cripta desandando el camino recorrido, cerrando al pasar por la reja y deteniéndose ante el panteón, su morada.

Sin parar el carcajeo abandonó el fardo sobre una losa vecina y miró el cielo oscuro, amenazante y la niebla etérea que hacía más desolador el paraje; hasta que su falsa risa se convirtió en un jadeo desgarrador. Se acercó asesando a la piedra marmórea que tapaba la entrada y recargando su peso en un costado la hizo girar.

Regresó por el cuerpo del borracho y lo introdujo en el recinto, esperó unos instantes, y luego del cese del latir trepidante de su corazón cerró aquella aterradora puerta que acababa de marcar el fin de su víctima en el mundo de la luz y su ingreso en el de las tinieblas.

Buscó a tientas en las paredes viscosas de sangre hasta hallar el objeto de su búsqueda; un rudimentario interruptor eléctrico, que el mismo había instalado robando energía de los cables de la entrada; en muchas noches de arduo trabajo, enterrando su cable por varios metros bajo tierra hasta el interior de su guarida. En una noche tormentosa en que cortaron el suministro los unió en un punto invisible a todo el mundo.

Una luz mortecina inundó el recinto presentando un cuadro aterrador, a su vista el encapuchado pareció reconfortarse y descubrió su cabeza de alucinado, calva y seca como una calavera, con una llaga supurante y maloliente que ya había corroído la oreja izquierda y se extendía hasta el occipital; sus ojos hundidos brillaron de placer y su boca, bajo la nariz aguileña, se distendió con cinismo.

El orate descendió los tres escalones que lo separaban del piso de la cripta arrastrando inconsciente aún al desgraciado beodo. Dio un puntapié a una cabeza que parecía sonreírle, pero solo era el efecto de la putrefacción de los labios que dejaban al descubierto los dientes.

El cadáver de un ahorcado oscilando del techo lo hizo suspirar con añoranza. Recordó cómo le había partido los dedos de los pies y de las manos con una piedra, arrancándole después las uñas con unos alicates; nuca había gozado tanto; jajaja, ni en los mejores años de su vida imaginó tanta felicidad. Después cuando le sacó tiras de piel con el látigo lloró por el exceso de risa. Pero todo tiene su término y al caer rendido por el cansancio colgó lo que quedaba de aquel desgraciado del techo. No, definitivamente los tiempos felices no vuelven, murmuró el loco. ¿Y aquel otro comido de las ratas? Esas cuencas vacías y esa carne destrozada a mordiscos no volverían a divertirlo, que pena, pero así es la vida.

Sus ojos se pudieron vidriosos a punto del llanto al observar los esqueletos en el otro extremo; rememoraba como les sacó los ojos con las uñas y como esa sangre tibia resbalaba por sus manos, escurriendo a los codos y como se revolvían en sus ataduras pidiendo clemencia, hasta que él, compasivo, les abrió las entrañas y les echó sal y limón; aquellos no habían de hacerlo reír más, ¿Pero, para que preocuparse? ¿Acaso no tenía en el suelo un nuevo compañero de juegos? Ya vería como se divertirían de lo lindo.

Por lo pronto lo ató para evitar una sorpresa y se echó a dormir que lo tenía bien ganado.

Fuera, la llovizna tenue que los acompañó a la llegada, se transformaba en tormenta; truenos y rayos se oían y vislumbraban levemente por los intersticios de la puerta lóbrega de entrada.

El borracho despertó con miles de martilleos resonando dentro del cráneo y al mirar por entre la maraña blanquecina que como un velo cubría sus pupilas, casi pierde el conocimiento nuevamente.

Dominó el sentimiento de asco que le producían los fétidos y nauseabundos olores, pero no por mucho tiempo. El vómito afloró incontenible hasta vaciar el estómago, lo cual le aclaró lo suficiente para dejarlo pleno en sus facultades y apreciara si situación.

Un terror pánico se apoderó de sus miembros atenazándoselos, al mismo tiempo que aceleraba sus ideas al máximo a una velocidad vertiginosa, buscó en rededor y halló varios instrumentos cortantes, uno de ellos un cuchillo, ensartado en la parte media superior de una calavera, a la cual le quedaban grandes vestigios de carne, mechones de pelo y coágulos de sangre.

Con grandes esfuerzos y un temor supersticioso la acomodó en medio de las rodillas y fue dándole el bote de tal manera que el cuchillo saliera atrás de sus piernas; en esta posición colocó el nudo que cautivaba sus manos contra el filo y en la incomodidad de esta pose inició la tarea de pasar la soga arriba y abajo llevando a veces pedazos de carne.

El loco dio un vuelco que casi acaba las esperanzas del infeliz, mas con un esfuerzo sobre humano liberó manos, muñecas y codos de la incómoda colocación amarrados atrás, y con ellos, pedazos de piel y sangre.

Extrajo el cuchillo del cráneo sin dejar de mirar al viejo que minuto a minuto tenía más intranquilo el sueño. En el último segundo, faltando solo una hilacha de las ataduras de los pies despertó y de inmediato se dio cuenta de las intenciones del cautivo. Simultáneamente lanzaron un grito; uno, de rabia y el otro con el deseo manifiesto de matar o morir por conseguir la libertad.

La mano armada se extendió al frente, temblorosa y con fuerza, impulsado por la energía nacida de la desesperación; el orate se abalanzó con furia y su impulso se vio frenado en el acero que penetró en su vientre y salió por la espalda. Con rabia sujetó la extremidad armada y clavó en ella las uñas arrancando girones de piel y carne hasta que soltó el arma.

Lo sacó de su estómago y contraatacó con un gesto de dolor y sadismo; el hombre hurtó el cuerpo y el viejo se estrelló contra el muro. Al recobrarse el anciano y voltear, se encontró con unos ojos brillantes y rojos por el deseo de matar y un brazo enarbolando un fémur, tomado de uno de tantos esqueletos repartidos en la tumba, que cayó sobre su brazo haciéndole soltar el cuchillo. Supo de inmediato que su hora era llegada; su víctima se convertía en victimario.

El prisionero con el hueso en la mano golpeaba, golpeaba con ansias de matar. Con crueldad y sadismo. Con la venganza pintada en el semblante sentía crujir los huesos del loco bajo la tela y su deseo febril le hacía seguir pegando. En las piernas, en los brazos en la espalda, no importaba donde llegara el golpe necesitaba pegar y pegar.

El viejo estaba muerto mucho tiempo antes pero él continuaba pegando sobre esa masa informe y sanguinolenta.

El sudor perlaba la frente del liberado y hacía brillar sus brazos ensangrentados mientras el hueso subía y bajaba inclemente machacando el cuerpo yacente y triturando toda la armazón ósea.

El cansancio venció al borrachín y suspendió su labor destructora, y un rayito de luz llegó a serenarlo. El mismo miedo que sintiera al encontrarse con el orate se apoderó de sus sentidos. Giró el cuerpo en varias direcciones y cayó en cuenta de la soledad. Entonces corrió a la entrada, con toda la fuerza empujó la puerta y, sin preocuparse de cerrarla, corrió; corrió sin rumbo, alumbrado por el sol que salía en el horizonte mientras de su boca salía una carcajada espeluznante.