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Siempre soñó con ser un vampiro. Desde el
día que presentaron en la plaza del pueblo una película de
Polansky sobre unos vampiros humanos, pensó que llevaba en sus venas el
virus de lo vampiresco. Sacó esta conclusión porque no le agradaba
el día, el sol le mortificaba la vista y le quemaba la piel,
rehuía el trato de los seres diurnos y le fascinaba la noche con todos
sus misterios… y sus problemas. El tipo era raro. Bien raro. Los borrachitos que
vivían por los lados del cementerio se lo encontraban rondando las
cercanías del camposanto, en horas de la madrugada, cuando ellos
caminaban tambaleantes rumbo a sus casas. El sepulturero lo veía sentado
sobre alguna tumba leyendo a la luz de una linterna y un día, a la
madrugada, cuando se fue, el campo santero encontró un libro olvidado
sobre el monumento funerario que titulaba: DRACULA, el príncipe de las
tinieblas. El muchacho leía y se informaba sobre el
vampirismo para buscar cada vez mayor identificación con él pero
tenía un grave problema, insalvable, era hemofóbico que, en
términos populares significa que sentía aversión por la
sangre y esto es lo peor que le puede ocurrir a un vampiro. Convencido de que
su vida era nocturna y que tenía la imposibilidad de seguir la
tradición de los vampiros humanos continúo investigando. Sus lecturas, por lógica, lo llevaron a los
murciélagos, primos hermanos de los vampiros pero insectívoros,
no hematófagos; con algunas especies frutívoras pero todos
noctámbulos como él. Pero el problema no se había
solucionado, no encontraba en la literatura murciélagos humanos, que era
lo que deseaba ser, y por más que profundizaba en sus lecturas nada de
nada. La solución llegó por la misma
vía que los vampiros: el cine. En el pequeño pueblo, sin una sala
para la proyección de películas, el párroco se encargaba
de proyectar las películas que lograba conseguir (y no les aplicaba la
necesaria censura eclesiástica) y esto hizo que una vez proyectara una
película prohibida por la curia y lo trasladaran de parroquia. Lo cierto
es que la película que tranquilizó a nuestro muchacho fue una de
tantas de BATMAN, un murciélago humano que no chupaba sangre, que
hacía el bien y, además, era millonario. Ver la película y decidir convertirse en BATMAN
por el resto de su vida fue cuestión de un suspiro pero, ahora se
presentaba otro problema: ¿de dónde sacaba dinero para el traje y
todos los implementos? Lo de la cueva no tenía problema, cerca del
cementerio había una, o podía acondicionar uno de los mausoleos
abandonados. El traje podía acomodarlo con la remodelación de uno
de los hábitos negros que dejara su difunta tía, la monja. El
baticarro era lo que más le preocupaba, el carro de su héroe era
lo que más le había impresionado y él lo más
cercano a un carro que tenía era una carretilla, o un burro pero
¿quién había oído hablar de baticarretilla o
batiburro? Mientras encontraba respuesta a la mayoría de
interrogantes confeccionó un remedo de traje que más parecía
de un personaje de terror que del Hombre Murciélago y empezó a salir
por las noches a enderezar entuertos, como don Quijote, con resultados
diversos. El primer atraco que evitó hizo huir a los facinerosos porque
lo confundieron con una monjita trasnochadora y por respeto a su
investidura salieron de huída. La segunda oportunidad el ladrón
corrió porque se trataba de un muchacho principiante que aun no
sabía cómo resolver estos imprevistos. La tercera y última
vez se encontró con tres truhanes, de esos que ni a Dios ni al diablo
temen, y cuando les hizo el ¡Alto ahí, en nombre de BATMAN, el
justiciero!, se quedaron mirándolo, se rieron en su cara y la
emprendieron a golpes… la golpiza más grande que nunca
jamás recibiría en su vida. Cuando recuperó el sentido, pero no los seis
dientes que le volaron a puñetazos, pensó con tristeza que su
carrera de héroe noctámbulo no tenía sentido, ¿de
qué servía llamarse Bruno Díaz, igual que el verdadero
héroe, si los criminales no tienen respeto ni de la madre que los parió?
Tal vez la culpa era del traje… ahora, después de la convalecencia,
trabajaría intensamente para adquirir todos los artefactos
legítimos y convertirse en el terror de los malvados de Pueblo
Gótico. Definitivamente la culpa era de los artículos piratas,
él, que defendía la justicia. Sonrió con beatitud mientras saboreaba un
hilillo de sangre que le manaba de una de las heridas internas de su boca; el
sabor dulzón de la sangre le agradó... Tal vez su destino sí
era ser vampiro. |
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