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Antes de salir a la calle dispuesto a todo, Helmer (el
nombre se lo había puesto él mismo en un arrebato de
desesperación), consideró seriamente la posibilidad de romper el
cuento y arrojarlo limpiamente por la ventana. Hacía un día nublado, y el trozo de calle que
se veía desde allí se alejaba limpiamente, bastante concurrido, por
ser primera hora de la mañana, desapareciendo tras unos árboles,
en una curva. Helmer consideró despacio y con calma su
situación, que podía resumirse de este modo: tras una semana de
frenética búsqueda, no había logrado encontrar un solo
lector para su último cuento. La cuestión en sí, no era nueva ni grave; de
sobra sabía que lo raro es encontrar lectores. En efecto, Helmer había
descubierto hacía mucho que no existen tales lectores; es cierto que una
vez logró cierta notoriedad, y el público pareció
interesarse por él, pero ni siquiera entonces cabía hablar de
lectores, es decir: gentes que sin conocerte de nada, dejan al momento lo que
están haciendo y se ponen a leer con interés (es decir,
desinteresadamente) lo que tú has escrito; tales especimenes, si han
existido alguna vez, hace mucho tiempo que han desaparecido de la faz de la
Tierra, como los dinosaurios. Por otra parte, aquella celebridad, a más de fugaz y
engañosa, sólo le dejó un poso de amargura. Esta vez sin embargo era distinta de las otras. ¿Y
cuándo no? Helmer acababa de escribir su obra maestra. Y lo más
gracioso de todo era que esta obra maestra consistía en un cuento de
apenas dos páginas. Ya a las pocas frases del final comenzó a sentir
angustia, a temblarle la mano derecha, a sudar y a notar palpitaciones. Cuando
al fin terminó el cuento felizmente, tuvo que tumbarse en la cama, bajo
aquella misma ventana, y beber un vaso de agua; respiró hondo y
miró hacia la calle. Luego de releerlo dos, tres veces, ya no le cupo
duda: estaba ante una de las obras maestras del siglo XX, y sin duda ante la
cima de su carrera literaria. Y entonces ocurrió lo que debe haberse repetido
tantas veces en ocasiones similares: a la euforia inicial, y al impulso
irresistible de correr, saltar, gritar, reírse y golpearse contra los
muebles y las paredes, sucedió una inesperada lasitud, como si de pronto
le hubiesen aflojado los músculos y el cerebro. E inmediatamente, el
abatimiento se trocó en angustia, y ésta en honda desesperación.
Tras guardar con llave en un cajoncito las dos cuartillas
garabateadas, volvió a sacarlas para hacer una, dos, tres, cuatro
copias, hasta que acabó con todo el papel que le quedaba. Para entonces
ya era de noche. La calle comenzaba a sumirse en la calma nocturna. Y Helmer
comprendió que la única forma de salvar su tesoro era
dándolo a conocer, y cuanto antes. Cada día, cada minuto que pasara sin hacerlo, aunque
fuese en una Caja Fuerte, en el lugar más seguro del mundo,
correría el riesgo de perderlo para siempre, y él, Helmer
Pérez, sería el único responsable de la catástrofe. Así que había que encontrar un lector cuanto
antes. Sin moverse de la ventana, ni siquiera encendió la
lámpara, se quedó absorto uno o dos minutos contemplando la calle
que, ya desierta, serpenteaba bajo la débil luz de las farolas. De pronto acudió a su mente la imagen de su padre.
Hacía meses que no hablaban. El orgullo y las diferencias, acrecentadas
durante años, habían acabado separándolos y rompiendo toda
relación entre ellos. Sin embargo, en otro tiempo su padre, abogado y contable
retirado, había puesto grandes esperanzas en él: claro que
esperanzas que a Helmer Pérez no le satisfacían en absoluto, pero
esperanzas al fin y al cabo. Y casualmente, vivía cerca de allí,
a cinco minutos de su apartamento. Sólo a cinco minutos y hacía
años que no se visitaban ni se hablaban, salvo cuando se cruzaban
accidentalmente por la calle. Guardó pues las tres copias en un cajón;
cogió el original; se puso el abrigo; y corrió escaleras abajo. Lo primero que lo sorprendió fue la lluvia menuda que
tamborileaba aquí y allá, sumiendo la calle en un rumor dorado y
melancólico. ¿Cuál era el número? Tras recorrer
arriba y abajo varias manzanas, hasta el Parque Carusso, se detuvo ante el
portal de una casona antigua, subió la escalinata, y golpeó la
aldaba. Dentro resonó el eco pero eso fue todo. La casa
parecía deshabitada. Presa de angustia, se internó en el parque bajo la
lluvia que arreciaba poco a poco, con las dos cuartillas a buen recaudo,
dobladas en el fondo del bolsillo, y se sentó en un banco bajo un
sicomoro. Allí repasó por enésima vez el cuento,
que podía leerse en cinco minutos: era un texto claro, simple, directo,
y conciso; sin retórica, y eficaz, que dejaba una huella indeleble en el
alma. En vano le buscó algún fallo, alguna
imperfección que justificara el rehacerlo: la historia, sencilla,
resplandecía desde la primera a la última palabra como el oro. Finalmente, se impuso la cordura y volvió a enfilar
la calle; subió al apartamento; se desembarazó del abrigo y la
ropa y los zapatos empapados; se dio un baño caliente; comió
algo; y se metió en la cama, con sensación de calentura. Allí comenzó a dar vueltas, pero al cabo
estaba tan cansado que se quedó dormido contra todo pronóstico.
Cuando despertó el sol ya entraba bien alto por la ventana. Había
olvidado bajar la persiana. Los restos de la cena improvisada y la ropa mal
doblada en una silla, lo devolvieron bruscamente a la realidad. Inmediatamente miró el cajón que
contenía las cuartillas copiadas. Saltó de la cama, se
vistió, y preparó un café en la hornilla. Entretanto la calle se había llenado de gente:
aquí y allá destellaba un charco con un trozo de cielo azul; los
escasos árboles, alborotados de pájaros, se hinchaban en el aire. Cinco minutos después estaba de nuevo ante la casona.
La aldaba resonó amortiguada por los ruidos diurnos. Entonces se
percató de que las ventanas estaban cerradas; una gruesa cadena rematada
en un candado aseguraba la puerta; sobre la escalinata cubierta de polvo aparecían
sus huellas de la víspera; los ventanales de los pisos superiores,
cerrados a cal y canto, no dejaban vislumbrar nada; no había macetas, ni
jaulas, ni toldos desplegados. Helmer Pérez estuvo un buen rato contemplando la casa
deshabitada desde la acera opuesta; el tráfico ocupaba ya toda la
calzada; hacía rato que las tiendas y los cafés estaban abiertos;
y el parque Carusso, a su espalda, mostraba su resplandeciente verdor entre las
cancelas.
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