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Lista para el viaje, afuera me esperaba el taxi que me
llevaría al aeropuerto. Revisé el buzón para recoger la
última correspondencia y allí estaba la esquela de Rosaura. La
letra era redonda, con trazos infantiles de alguien que parecía haber
abandonado la práctica de la escritura después de la primaria. El
contenido era sorprendente. Seguro que le había sido dictada ya que las
palabras que usaba no encajaban con la impresión que despertaba la letra
sobre sus cualidades intelectuales. La carta, si es que se le puede llamar así a un
papel común con membrete de oficina, escrita con tinta verde,
decía: Me hago garante de la trapisonda, la desanimo, la
dehilacho ante vuestros ojos y, si he matado a la gobernadora, que San Pedro me
la bendiga. Dios ha rabiado. Rosaura Me apoyé sobre el pasamanos
de la escalera, preocupada. Parecía la declaración de una asesina.
No soy detective, tampoco policía y me sorprendió que me llegara
a mí ese mensaje. Volví a mi presente al echar un vistazo a mi
equipaje y decidí volver la esquelita al lugar de origen, mientras
abandonaba con prisa el edificio. El nombre Rosaura despertaba ecos de lecturas en mi memoria,
razonaba mientras atravesábamos Buenos Aires. Si hubiese tenido el
tiempo necesario hubiese intentado establecer una relación conmigo,
urgando en mis apuntes. Pero tengo que tomar dentro de dos horas el
avión que me llevará a Paris. Mis pensamientos ya están
también en otro continente. Durante la travesía intenté dormir, aunque
sé que nunca puedo conseguirlo. Por eso tengo en mi equipaje de mano
lectura liviana para pasar esas horas sin necesidad de enterar a mis vecinos
del destino y motivos de mi viaje. Los que viajan por primera vez se reconocen
en los gestos y las preguntas iniciales. Después de la cena poco sustanciosa, me
acomodé para recibir el rayo de luz sobre el librito que por su peso
parecía insignificante. Resultó ser una pequeña joya del arte
editorial. Me sentí intranquila o quizá sea molesta la palabra
justa, ante la poca posibilidad que tenía de imitarlo, dado lo precario
de nuestras editoriales nacionales. Comencé a leer “Die drei Leben des Michele
Sparacino” que ya desde su ilustrada tapa “al viejo
estilo”según aclaraban, el ilustrador Innocenti presentaba al personaje
como un partisano de mirada asesina, pañuelo rojo al cuello, cuchillo en
la diestra, pecho inflado de munición, escopeta al hombro. En el centro,
un caballero que impone respeto: vestimenta cuidadosa, bigote prolijamente
recortado, sombrero y finalmente un soldado, alguien que representa al estado
italiano con sus colores e insignias. La historia, en cuatro capítulos, llena de
tragedia y comicidad, es una crítica al periodismo deshonesto que
inventa hechos en lugar de investigarlos buscando la verdad y de una burocracia
estancada en formalismos. Abandoné la lectura en medio del Atlántico,
cuando ya el trazado del recorrido que mostraba la pantalla me hizo ver como en
una pesadilla el fondo del océano, silencioso
pero lleno de vida de otro elemento. Sólo me faltaba la entrevista hecha
al autor que cerraba la obra, lo que me obligaba a cambiar de ambiente. Para
esos bruscos choques con otras realidades, como la del fondo del mar en mi
imaginación, necesitaba una pausa de recogimiento y
concentración. Me entretuve viendo la película argentina premiada
en Hollywood este mismo año. Bien construida, excelentes actores, aunque
con ese toque sentimental que nos caracteriza. Quizá fue precisamente ese dosis de sentimentalidad la que impulsó al jurado
a preferirla a La cinta blanca, donde la falta de emociones de los adultos
busca otros canales más sórdidos como desahogo. Estaba decidida a terminar el libro antes de mi llegada a
Charles de Gaulle. Volví a tomarlo y a sorprenderme. El autor cuenta que le ha ocurrido ya tres veces que
argumentos de relatos suyos son casi idénticos a los de un escritor
brasileño también actual. Entre ellos, el de un capitán
que naufraga y se encuentra en compañía de un negro gigante en la
balsa que será su salvación, si tuviesen la cantidad necesaria de
alimentos. La sobrevivencia se juega a la suerte y el negro debe arrojarse al mar.
Intimamente estoy convencida que el relato sirve a un paradigma colonizador y
racista, pero “casualmente” esa tradición de historias
marineras parecerían tan arraigadas en esa biblioteca universal de
nuestro subconsciente que pueden “pescarlas” un hijo de esclavos
brasileño y un originario de Agrigento, ciudad de marineros. Pensé en el mensaje que había dejado en mi
buzón porteño. Justamente confiesa también el autor cuál
es su plan de trabajo para los relatos criminales que escribe. Trabaja con una
precisión matemática: 180 páginas, con 18
capítulos, cada uno con 20 páginas. Se entiende que esta
contrucción rigurosa tiene que tener un transfondo teatral, ya que el
autor también es dramaturgo y director teatral. ¡Claro!
¿Cómo no se me ocurrió antes? El texto que recibí
es de Nieva, un autor español tan popular como el que estoy leyendo.
¿Qué relación hay con mi persona? Por lo menos estaba segura que si tenía que
resolver un enigma sería a través de la literatura, y con ella
podía identificarme. Ya en París, dormí hasta el anochecer en el
hotel donde siempre me hospedo cuando me encuentro con el traductor de mi
editorial. Este año viajaríamos juntos a la Feria del Libro en
Francfort. Cuando terminé de ducharme y me senté
frente al espejo de la consola para maquillarme, encontré otra esquelita
con la misma letra de la primera. Esto ya era más que misterioso. La nota decía: Morir es un arte como cualquier otro. Yo lo practico
extraordinariamente bien. Evita En mi actividad como agente literaria de novela policial
y negra estoy habituada a lecturas donde ineludiblemente la muerte está
presente. Pero esta novedad de que se mezcle con mi realidad donde no entran
acertijos ni investigaciones ya comienza a preocuparme seriamente. Mi metier son los negocios. Sobrevivir en el mundo
editorial argentino es tarea de titanes desde la muerte de Franco. Hasta los
años 70 teníamos nuestro propio lenguaje en los textos. O llegaban
los eruditos mejicanos desde el Fondo de Cultura Económica. Es cierto
que la diáspora hispana contribuyó a un nivel superior y un
desarrollo de la lengua más cercano a la academia, pero el colonialismo
ahora de las letras hizo posible que una novela como “Miedo de
volar” donde la americana Erica Jong nos introduce en sus intimidades
casi pornográficas con hechos que coincidían con los de las camas
argentinas ya el segundo “Isadora emprende el vuelo” nos convirtiera extrañados en
testigos del “follaje”castizo. Entre los nuevos medios y el reducido margen que nos
dejan de publicaciones extranjeras, mantenernos en el mercado es cada
día más difícil. Evita y Paris no eran contradicciones, aunque creo que
nunca estuvo aquí, en el lugar donde vivió sus aventuras el
caballero Dupin. Mi inquietud ya no me dejaba pensar en otra cosa.
¿Debía tomar esos mensajes como una amenaza? ¿Quién
podía tener interés en mi muerte? Y si era eso lo que anunciaban
¿qué esperaban para hacerlo? Fuera del país parecía
absurdo pensar en una red de espías para alguien como yo completamente
alejada de los procesos que se estaban llevando a cabo para condenar los
crímenes del pasado. Me apresuré a encontrarme con Eduardo. La sola
presencia de alguien con quien hablar borraría en parte mi
aprensión. Habíamos acordado viajar en tren a Francfort. El
otoño es la estación más hermosa del Norte y ese trayecto
no solo ofrece toda la gama de castaños rojizos posibles sino también
la neblina que lo envuelve por las mañanas que crea escenarios muy
dignos de los relatos que nos vemos en la obligación de leer. Nos encontramos para la cena. Dudé en confiarle mi
preocupación por las notas pero finalmente ganó mi impaciencia
por tener un poco más de claridad en el asunto, aunque a veces los
comentarios ajenos provocan lo contrario: más delirio. Eduardo, después de escucharme atentamente, al
principio sin estar seguro de que estaba hablando en serio, me
tranquilizó deciéndome que nuestro policial tiene la
característica lúdica que le imprimieron sus creadores, por lo
que no debería tomar al pie de la letra las notas sino considerarlas como
un acertijo. Estamos en París, Julieta. Aquí donde
comenzó la historia de la novela criminal, justamente. ¿Sabes que
Poe nunca visitó la ciudad? No lo sabía,- le di pie para que continuara su
relato y distraerme de mi idea fija. Quiero conseguir la biografía de Cortázar
sobre Edgar, nuestro maestro en el arte de la investigación. De mis
lecturas sobre su vida creo entrever que aprender lenguas clásicas y francés
impulsó su imaginación en gran medida. Que haya elegido una
ciudad desconocida para él tiene un motivo particular: cuando Poe llega
a Europa los ingleses vencían a Napoleón en Waterloo.
Vencían así a un producto de la razón que había
comenzado con ideas de libertad, igualdad, fraternidad y dio como resultado
muertos y odios. Tu análisis va más allá de todo lo
que se ha dicho sobre su obra, le dije, ahora realmente interesada en sus
argumentos. ¿Recuerdas el comienzo de “El asesino de la
calle Morgue”? Allí hace una alabanza de la razón, la
deducción y la inducción. Dupin cree poder introducirse en la
mente del asesino y así por medio de una observación consecuente
y meticulosa probar su culpabilidad. Todas estas habilidades a las que llegó el
espíritu humano son finalmente usadas para encontrar a una bestia. Un
ser que sólo conoce la motivación del látigo. Puede leerse
como una gran metáfora de la historia. Me hizo sonreir al mismo tiempo que me impulsó a
volver a mi preocupación para que aplicara su imaginación a ese
hecho concreto. Tienes que confiar en tu capacidad de análisis,
Julieta, insistió varias veces. Si tienes razón, el nombre Evita debería
llevarme a alguna conclusión. Relacionado con tu actividad, deberías pensar en …veamos. Ah! Ya lo tengo!
Santa Evita. Como sabes, es un novela
construída como una criminal al revés: todos buscan un
cadáver. ¡Claro!, exclamé llena de admiración
hacia él. Aunque secretamente creía que hilaba demasiado fino en
sus asociaciones. Como seguir en el tema me quitaba un poco la opresión,
comencé a hilar con mi propio huso y descubrí que era una novela
de nuestra identidad nacional donde un arquetipo masculino, el ejército,
lucha con la Mujer que se libró de la Tradición. No estaba mal
llegar tan lejos como hacía Eduardo. Estás comenzando a meterte en mi cabeza, eso es
peligroso, bromeó. ¿Y que asocias con Rosaura? Otra novela policial: “Rosaura a las diez”en
la que son los personajes los que van armando el rompecabezas y logran al final
insertar la pieza que faltaba. Supongo que vas a recibir otros mensajes, quizá
con referencia a Isidro Parodi, un desentrañador de enigmas que los acusados
buscan en la cárcel, donde está condenado a 20 años por un
crimen que no cometió. Resumiendo. Se trata de la novela policial argentina que
parece buscar un detective literario. Tengo miedo de que el próximo mensaje haga
mención a “La muerte y la brújula” que sería
mi perdición, agregué ya sin ganas de adivinanzas. Red Scharlach, el criminal con lógica
cabalística, continúa dentro del texto, tranquilízate. La espuma de frambuesa sobre la panna cotta
despertó en mí sombrías asociaciones. Comencé a
socavar la masa fláccida mientras sangre a punto de coagulación
resbalaba hasta alcanzar la fina porcelana blanca.Aparté el postre que
ahora tenía forma irregular y la consistencia de masa encefálica
y salí del restaurante. Cuando me entregaron la llave de la habitación,
mis manos temblaban. El hombre de la recepción habrá pensado que
tengo Parkinson. No, tengo miedo. Mucho miedo. Demoré todo lo posible en llegar al pasillo de mi
habitación, aunque esta vez ni siquiera tuve que abrir la puerta. Sobre
ella estaba adherido el siguiente texto: …los existencialistas declaran que están
absolutamente desesperados, pero siguen escribiendo. Peter Hand Entonces comencé a reírme. La risa
resonó en el estrecho corredor y rebotó en la pared final.
Recuperé mi confianza y me dije que alguien capaz de urdir semejante
artimaña y crearme ese estado de angustia para recordarme su manuscrito,
merecía una concienzuda lectura de su obra a la que estoy segura que no
le faltaran enigmas originales por resolver. Había mostrado sus armas
secretas. Textos de Francisco Nieva, Sylvia Plath y W.H. Auden. |
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