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“Todos saben cuándo empieza un romance pero nadie puede saber cómo ni cuándo va a
terminarse.” Recuerda su piel, cada
unas de sus señales particulares, las diminutas cicatrices, las pecas en el
pecho y la espalda, el lunar grande de su tetilla izquierda, el olor particular
después del ejercicio matinal, el aroma de su colonia personal, el efluvio sexual
que se desprendía de sus cuerpos durante las entregas eternas, el timbre de su
voz, la aspereza de su cara después de dos días sin afeitar, la textura de su
cabello, el sabor de sus besos… todos los sentidos habían participado y cada
una de las sensaciones que los afectaban por donde caminara le traían
evocaciones de ese amor que se fue sin decir adiós. Ni un beso, ni un adiós, ni
un mísero papel con la mínima explicación… desapareció tragado por el mundo,
así, sin más, la dejó con los recuerdos. Esa mañana despertó
alegre, se desperezó como una gata mimosa bostezando al tiempo que estiraba los
brazos sentada en la enorme cama circular; las cortinas estaban cerradas y en
el equipo sonaba la voz sensual de Ella Fitzgerald, una de sus preferidas
sus gustos no eran iguales pero cada uno aceptaba las diferencias y eso los
hacía semejantes, ella gustaba de Edith Piaff, a veces Charles Aznavour.
Él se iba por el tango y el bolero: Carlos Gardel, Toña La negra, Los Panchos…
los sonidos eran lo de menos, era la calidad de la música. Estaban de acuerdo
en algo, amaban la música clásica con una pieza maestra en especial, la Novena
Sinfonía del Gran maestro interpretada por la orquesta Sinfónica de
Berlín y en la magistral dirección de Von Karajan, la mejor interpretación del
mundo, según los entendidos. Lo llamó, le respondió el silencio, bajó desnuda
de la cama y metió los pies en unas babuchas de osito – a veces era tan
infantil- y abrió la puerta del baño por ver si estaba allí, el espejo le
devolvió la imagen perfecta de su cuerpo deseable; en la sala, en el cuarto
pequeño donde alguna vez comentaron que sería la alcoba del bebé; cuando llegó
a la sala una sombra de preocupación cruzó por su mente. Por si acaso lo llamó,
sabiendo de antemano que no encontraría repuesta, ya había recorrido todo el
departamento. Era inusual esta
ausencia, hasta para salir a la compra del desayuno él esperaba que ella
despertara para darle un beso, a veces ya estaba vestido, afeitado y listo para
salir. Se duchó extrañada por esta conducta inusual; algo se le presento,
pensó, luego se vistió para salir, sin prisas, ya pasaría por el trabajo y allí
hablarían. Este lunes le deparaba una ingrata sorpresa, “¿Acaso no lo sabes?
–le dijeron- renunció a partir del viernes pasado, inexorablemente, recogió el
cheque de la liquidación, se despidió de todos y dijo antes de salir:
“Muchachos, deséenme suerte, me voy a casar con la mujer que amo, chao”, y se
fue…” Ella se preguntó para no responderse: ¿Cómo así que se iba a casar con la
mujer que quiere, luego, no soy yo? Ahí sí que la preocupación penetró en su
cerebro punzante, dolorosa, fría cortante y una inmensa sospecha se abrió paso
en su corazón de mujer enamorada. Llamó a sus amigos
comunes, a sus amigas, a los familiares de su amado, a todos quienes pudieran
dar una leve pista sobre su paradero, nada, se había esfumado igual que se
desvanecen los malos sueños cuando sale el sol, sólo que en su caso estaba
ocurriendo al revés, la pesadilla comenzaba con la luz del día y no terminaría
nunca, ¿nunca?, esa es una palabra brutal, ella haría de la búsqueda y la
recuperación de su amor la meta, el objetivo del tiempo que seguía a la
confirmación de la ausencia. Ante todo trató de serenarse para poder tomar
decisiones con cabeza fría: recordó casi en su totalidad cada detalle de sus
dos años de relación emocional, sentimental, totalizadora. Desde el comienzo
para ella fue una relación para siempre y se convenció de que significaba lo
mismo para su amor desaparecido; tonta, imbécil, se reprochaba pero seguido se
decía No, él vuelve, algo le pasó… y se dijo todas las mentiras con las que se
consuelan los enamorados de todo el mundo y de todos los tiempos. Su búsqueda empezó por
los lugares compartidos, los cines, restaurantes, teatros, plazas y parques,
era un sufrimiento, cada sitio era un puñal preñado de añoranzas. Como no podía
abandonar sus actividades laborales ni a su familia así, sin más como hizo él,
dedicaba a su labor los fines de semana y sus vacaciones, tiempo perdido. Una
amiga le sugirió la red, “Internet, chica, le dijo”… y eso hizo: Facebook,
Sónico, UNYK, portales raros, lugares exóticos, desconocidos en la inmensa
telaraña de la Red; ingresó a grupos de Amistad, de búsqueda de pareja, buscó
por edad, nacionalidad, peso, tamaño, cuanta característica podía ayudar la
incluía y extrañaba que nadie le respondiera, no se daba cuenta que para los
demás él era uno común y corriente y que era ella quien lo adornaba con
cualidades que lo convertían en un ser excepcional, tal vez lo fuera, pero no
tanto. De pronto recordó la
afición del amante desaparecido por las letras, mejor dicho, su gusto por
escribir, entonces buscó portales de escritores y seleccionó los más probables
y en todos se inscribió como usuaria para poder detectar señales de su amor
huidizo; sabía que, aunque se escondiera tras un seudónimo, ella detectaría su
estilo, su forma de expresión, su talento. El tiempo transcurre inexorable, ha
leído innumerables artículos de todos los géneros, ha pasado incalculables
horas en espera de que llegue un poema, un cuento, un ensayo escrito por la
mano de gran y único amor. No desespera, cambia de imagen, varía su estrategia,
lee para no desesperar y no sabe algo que yo si sé… su espera está próxima a
terminar. |
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