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Con la fragilidad de sus ochenta y tantos años,
la señora Cecilia se alzaba junto a un muro color butano, en aquella barriada
suburbial de Barcelona. Vestía una bata azul que parecía recién encontrada en
algún yacimiento arqueológico, más que adquirida por cuatro perras en el
mercadillo de los viernes, tres calles más abajo. Todo en ella suscitaba una
penosa impresión de desaliño, con sus cabellos mal peinados, su cara mal lavada
y unos botones entreabiertos que dejaban intuir su ropa interior inexistente,
como si, a sus años, ya nada le importara. Y, en un sentido más que metafórico,
así era. “Para lo que me queda en el convento, me cago dentro”, le gustaba
repetir. Antes de llegar a su casa, María, su cuidadora,
entró en un bar a tomarse un ristretto y un bocadillo
de chorizo. Necesitaba estar bien alimentada porque le esperaba, estaba segura
de ello, un día muy duro. Nada más llegar encontraría un panorama próximo al
Apocalipsis, donde lo peor, más que el caos, sería el asqueroso olor a orina,
porque doña Cecilia, cada vez más enajenada por el Alzheimer, ya ni si
preocupaba de su higiene personal. Si por lo menos le pagaran bien… pero, por
unos miserables 600 euros, no le quedaba otra que tragar mierda por un tubo
nueve horas al día, cinco días a la semana. Todas sus expectativas se cumplieron con
creces. La vieja loca…estaba tendida en el suelo, con los ojos abiertos,
mirando al techo. Dijo que se había caído, pero no era verdad. Hacía siempre lo
mismo y por la misma razón, llamar la atención de una familia, cuatro hijos y
once nietos, que se desentendía de ella casi por deporte. - Mucho
será que llamen-, respondió, con seca amargura, a una María que desconocía aún
los vericuetos familiares y cometió la imprudencia de comentarle que, por ser el día de su cumpleaños, los suyos irían a verla. La
cuidadora la miraba, con sus grandes ojos verdes bien abiertos, mordiéndose la
lengua para que no se le escapara una barbaridad o, según cómo se mire, una
verdad como un templo. Ese día llegó el benjamín de la anciana, un treintañero,
casi cuarentón, de barba descuidada, tatuaje en el brazo y una gigantesca hoja
de marihuana, a modo de consigna programática, sobre su raída camiseta. Se
llamaba…. Su madre lo había olvidado, pero no le importaba. Le miró con
adoración religiosa sin que le importara su entrada con aire ausente, la forma
desganada en que le besó la mejilla, ni la rapacidad con la que se abalanzó
sobre el indefenso teléfono. La hora y media siguiente presenció la atrevida
novedad científica de la fusión entre el hombre y la máquina, en un torrente
sin pausas de llamadas a móviles. - La vida
está muy cara, vieja-, le dijo encogiéndose de hombros, antes de desaparecer. - Está algo
delgado. Voy a hacerle un potaje, que tantas porquerías que se comen por ahí no
pueden ser buenas-, comentó la anciana con un tono dulce que no engañó a María,
habituada a calar a cualquiera desde el primer instante. Sus palabras serían
suaves, pero bastaba mirar a sus ojos llameantes para contemplar el espectro de
la rabia contenida. La tarde
transcurrió según el guión esperado. Antes de que María tuviera tiempo de
acabar El crepúsculo de los dioses –su novio, Arturo, tenía razón: las
películas clásicas valían la pena-, doña Cecilia la interrumpió, imperativo el
ademán, porque quería ver Sálvame. -
Fue caer
al infierno desde el cielo-, le contaría a su chico. - Y sin
paracaídas-, añadió Arturo, que no pudo evitar rememorar el título de una
novela de Koestler, El cero y el infinito. Como el programa se le hizo un tanto
repetitivo, la mujer se levantó del sofá y, con un gesto nervioso en las manos,
exigió salir a la calle con la misma ansiedad del que necesita respirar. Nada
extraño, bien mirado, si consideramos el sótano insalubre donde vivía, desde
donde sólo gozaba de una variedad de paisaje, el de los pies de los peatones.
Filtrado a través de la exigüidad de la ventana, con su cicatero encuadre. Y
eso cuando alguien se molestaba en pasar por aquella calle solitaria, morada de
más de un roedor tremebundo al que ella, con humor, le ponía su dosis de
ternura: - Me parece que he visto un lindo
ratoncito. A María no le parecía mal que quisiera tomar el
aire, pero… ¿por qué se empeñaba en salir siempre en plena canícula? Siempre
terminaba exhausta y, claro, era a la pobrecita María a quien le tocaba cargar
con tan pesado fardo, enganchado como una lapa a su brazo. En su dilatada
experiencia como cuidadora de ancianos, nunca, jamás, se había encontrado una
andariega semejante. En cuanto llegaba el momento crítico, se levantaba, miraba
aquí y allá con desconfianza felina, cogía su bolso y, treinta segundos antes o
después, pronunciaba las palabras fatídicas: - Vámonos. En la calle era la reina del mambo. Quien más,
quien menos, la saludaba con cariño o le agradecía pretéritos favores. Su
cuidadora la miraba con admiración, intuyendo que, antes de su ruina física,
aquella mujer había sido alguien muy importante en el barrio. Cada vez que
entraba en un bar, a pedir una coca-cola o un café, el camarero invariablemente
le fiaba, si es que no le permitía irse de pagar. Lo mismo sucedía en los
quioscos, al pedir el Lecturas o el Diez Minutos. Por
alguna razón desconocida, todo el mundo la reverenciaba como si fuera la señora
de un viejo castillo feudal o, quien sabe, una versión femenina de don Vito Corleone. Después de tres horas arriba y abajo, como un
correcaminos, se empeñó, lo mismo que casi todas las tardes, en ir a casa de su
hijo Carlos, el mayor. - Te han dicho que no vayas-, intentó disuadirla
María, consciente de que ninguna palabra iba a convencerla. Total, que sin encomendarse a Dios ni al
diablo, la buena mujer se presentó el domicilio de su retoño. Él no estaba,
pero sí su esposa, la rubia mustia de largos cabellos lacios, enferma desde
hacía casi un lustro, por lo que guardaba cama la mayor parte del día. Su
estado de postración era penoso, pero al menos la salvaba de tenérselas que ver
con una hija adolescente medio histérica, de las quedan tres gritos cada dos
palabras. Pese al Alzheimer, a su abuela no se le había borrado del disco duro
su último recibimiento, una exhibición de amenazantes movimientos convulsos
propios de una epiléptica. ¡- ¿Y tú que haces aquí, cabrona? ¿Por qué
vienes?…Tu aquí no pintas nada, cabrona. Te voy a matar. Los psiquiatras, con su ciencia, podrán
diagnosticar lo que quieran. A este escribidor le parece más sensata la
sabiduría del gracejo andaluz, sobre todo puesta en boca de la tía Anselma, la hermana de don Pepe, el difunto marido de doña
Ceci: - Esta chica lo que tiene es "mala follá". Una vez más, María intentó convencerla de que
no debía ir a casa de su hijo. Con las mejores palabras, para no decirle de
frente que allí no despertaba lo que se dice simpatía. Ella, furiosa, casi a
punto del llanto, la miró con fijeza: - Esa casa es mía. Yo la pagué. Un pequeño detonante puede originar una gran
tempestad. De regreso a la pocilga que figuraba en el registro como su
domicilio, la anciana se quedó un largo rato mirando la fotografía de don Pepe.
La imagen de aquel malagüeño simpático, al que
desconocer el significado de joie de vivre no le impedía practicarla, pareció tener un efecto
balsámico al principio. El rictus de amargura dejó paso a una expresión tierna.
Nadie más que ella sabía a que negociado de la memoria había ido a reclamar
para que los recuerdos le infundieran esa paz que tanto necesitaba. - Sus ojos parece que vayan a estallar, de la
rabia-, le contaba María a su novio con un gesto de inquietud y cansancio,
desequilibrada por un trabajo en el que se enfrentaba todos los días con los
recovecos menos simpáticos de la condición humana. Tras un silencio íntimo, muy cercano al de la
oración, la anciana musitó unas palabras penas audibles: - No te achiques. María desconocía que eso mismo era lo que don
Pepe le repetía a su señora en los momentos de crisis. Cada vez la vida
presentaba uno de sus desafíos, que un problema de aspecto insoluble amenazaba
con incendiar los pequeños ecosistemas cotidianos, aquel andaluz indómito no
veía más receta que audacia, audacia y más audacia. Mientras no le faltara la
conciencia de su propio valor, ningún terremoto sería lo bastante fuerte par
hundirla. La tranquilidad de doña Cecilia duró hasta
aquella misma noche. Fingió, como siempre, no ver la barba de dos semanas de su
Juanito, aunque ella, desde siempre, le insistía en se cuidara y no apareciera
con esa pinta de garrulo por ningún sitio, sobre todo en el trabajo. También
pasó por alto los lamparones de su polo naranja enemistado, saltaba a la vista,
con la plancha. ¿Por qué su niñito rubiales, aquella cosita adorable que en
otro tiempo le regalaba flores de papel, se había convertido en aquel tipo
resabiado? Había ofendido a los dioses, sin duda. Y mucho. Cuando quiso hacer
la vista gorda de nuevo, el fulano desconocido sacó de su cartera raída unos
tickets y comenzó a esgrimirlos como un fiscal las pruebas incriminatorias. - Demasiados carajillos, madre. ¿Es que se
piensa que soy rico? El horno no está para estos bollos, con esta crisis. A doña Cecilia le hervía la sangre. Había dado
a luz, estaba claro, a una bandada de cuervos. ¿En qué se gastaban sus dos
pensiones, la de viudedad y el autónomo que había cotizado durante tantos años?
A una pobre vieja que se había deslomado día sí, día también, para pagarles
colegios, ropas, bocadillos de nocilla y, más tarde,
remendar como podía los agujeros en su bolsa de tanta marihuana y tanta mierda,
ahora le quitaban el único deleite que le aportaba un poco de alegría en medio
de tanta sordidez. Recordó entonces a su añorado Pepe y escuchó su voz retumbar
en su cabeza: "No te achiques, Cecilia". Había llegado el momento de coger el toro por
los cuernos. Mientras aquel aprendiz de matricida se escuchaba a sí mismo, ella,
a pasos torpes pero resueltos, se encaminó hacia su habitación. Aún conservaba
la escopeta de caza de su marido, al que había acompañado tantas veces por las
serranías de toda España, fuera invierno o verano, a la caza y captura de la
liebre, el conejo, la paloma o la codorniz. Juanito, claro está, se quedó lívido. Ya decían los antiguos que la suerte es mudable
como la fortuna. En un segundo pasas de ser el rey del mundo, con mil euros
calentándote los bolsillos, listos para irte de juerga con la puta más cara y
más potente, a ser un pobre tiñalpa despojado por su
propia madre. En fin. Es lo que tiene el trapicheo. ¡Tan fácil como viene, tan
fácil se va! Detrás de la caja, un muchacho recién salido de
la Universidad hacía lo posible por guardar la compostura, sin que la altísima
refrigeración contuviera las gotas de sudor precipitadas desde el acantilado de
su frente. El nunca lo supo, pero las palabras que salían tiritando de su
garganta devolvieron a doña Cecilia el sentido de la realidad. No recordaba
como había llegado hasta allí, empuñando con su pulso tembloroso la escopeta.
No recordaba que, al marcharse su hijo, ella se había dirigido con fiereza a su
cuidadora, dándole a entender sin subterfurgios que
se decidiera pronto, que la cosa no estaba para tonterías. - Aunque
parezca que no me entero de nada, no es verdad. Sé que mis hijos te pagan una
porquería. Si quieres venir conmigo, aquí tienes mil quinientos euros. Y le
entregó tres billetes lilas con un gesto imperioso. María
hubiera dado cualquier cosa por regresar a su buhardilla, ponerse el pijama de
cervatillos y dormir veinticuatro horas seguidas, pero el sentido del deber le
exigía acompañar a aquella vieja loca en su deambular nocturno. Se dijo así
misma que la pobre mujer era un peligro para sí misma, que alguien debía
protegerla. Pero las motivaciones del corazón humano nunca son puras: mientras
atravesaban la ciudad somnolienta, perdidas entre los últimos borrachos y los
primeros basureros, la cuidadora pensó que no le gustaría acabar como la
mendiga que se sentaba junto al kiosco de Paula, un triste espectro de lo que fue clase media en un tiempo todavía
muy próximo. ¿Le sucedería lo mismo? ¿Debía esperar resignada el Apocalipsis?
Nunca le faltaría un trozo de pan, pero que la mantuviera su madre, a sus años,
no era una opción. Mientras se hacía estas reflexiones, el relente de la
madrugada incordiaba sus huesos y los gatos, esos felinos que tanto asco le
inspiraban, aparecían y desaparecían entre los bajos de los coches. La ciudad
se había convertido en una cárcel donde se agitaban millones de frustraciones
como la suya, hambrienta de un incentivo más allá de la subsistencia. Algún
día, seguro, cambiaría los bocadillos de tortilla por el caviar. El auténtico,
no el sucedáneo para la gente con pretensiones. Doña
Cecilia, mientras apuntaba al cajero, ya no se acordaba de que cómo había
intentado convencer a María para acometer, a cuatro ovarios, la fantasía más
osada: atracar un banco. Se acabó mirar el precio de las cosas, se acabó el
sótano con olor a orines, se acabó el malvivir. La cuidadora, entre la
incredulidad y la admiración, escuchaba con sus grandes ojos verdes bien
abiertos la voz entrecortada de su jefa, ambas con la respiración acelerada,
con el sueño común de tumbarse en una tumbona de Punta Cana mientras un negro imponente
les servía chupitos de todos los sabores.
- Es sólo
una enferma –explicó María con su voz más dulce, como si aquello fuera una
simple travesura. Aunque, todo hay que decirlo, no ayudó a tranquilizar a la
clientela el aviso de que nadie saldría herido si todos se comportaban sin
aspavientos ni melodramas. Existe una
ley de hierro, sin excepción posible, que establece que las novatadas se pagan
siempre. Quizá, si hubieran pensado en ella, doña Cecilia y María habrían
dispuesto que un coche las esperara a la entrada del banco. Aunque… ¿quién iba
a ser lo bastante loco para conducirlo? Así las cosas, mucho fue que, al salir,
con una estridente bolsa llena de billetes, consiguieran ir hasta tres calles
más abajo, en dirección a la Plaza de Cataluña, entre las miradas divertidas de
los transeúntes que habían salido a disfrutar del sol. María, añorando más que
nunca su buhardilla y sus cervatillos, miraba aquí y allá dando toda clase de
excusas. -
No pasa
nada, no pasa nada. Es su enfermedad. Aún se aferraba a un clavo ardiendo. No estaba
bien robar, y menos a una viejita indefensa, pero… Lo cierto es que no quería
pasar el resto de su vida en aquel agujero. Ya estaba harta de estrellarse, una
vez sí y otra también, contra el muro de la vida. De que sólo le ocurrieran
desgracias. De que unas vulgares pilingis se hicieran
de oro por decir cuatro ordinarieces en televisión, mientras la pobre María
trabajaba como una burra por un sueldo de mierda. Hasta tenía que pagar una
sustituta si quería marcharse una semana de vacaciones, a desintoxicarse de la
continua tensión. El soñar despierta se terminó cuando la policía
las llevó a la Comisaría más próxima. Con una cortesía más que ejemplar, algo
de especial mérito ya que doña Cecilia amenazó con meter sus largas uñas, tanto
tiempo descuidadas, en los ojos de los agentes. Con todo, pese a histeria, la
pobre anciana inspiraba más compasión que otra cosa. No paraba de repetir, con
fe ciega, que su Carlos iba sacarla de allí: ¡Qué se creían! María, mientras
tanto, se había hundido en una espiral de terror. No quería pensar lo que dirá su madre, la mamma, con unos 88 años tan enérgicos que el mariscal
Patton, a su lado, parecería una criaturita inocente, cuando se enterara de que
una hija suya se encontraba entre rejas. Mientras tanto, las prostitutas,
embutidas en cuero barato, la miraban con curiosidad. Ajena a todo, una
adolescente de rostro alargado y enorme flequillo, semejante a un velo, se
agitaba temblorosa aún bajo los efectos del mono, entregada un soliloquio
apenas audible. - Yo seré una pringada, pero mis padres no…. Fueron tres horas interminables para la
cuidadora, con toda clase de pensamientos martilleándole el cerebro. Hasta que
se coló, por entre los cristales rotos de la ventana, una algarabía de voces,
un tropel alegre, fresco, con sabor a ilusiones y virginidad. Uns pancarta encabezaba aquella multitud de estudiantes,
parados, jubilados, militantes de partidos, desencantados de los partidos,
jóvenes, viejos, hombres y mujeres. "Esta no es nuestra democracia",
podía leerse, entre el símbolo de los anarquistas y la bandera cubana, dos
extremos de aquella salsa de ingredientes tan variados como insólito. Un tipo
recio con camisa de leñador y, lógicamente, anchas espaldas, exclamó con su voz
rotunda: - ¡Doña Cecilia me prestó dinero cuando tuve
que cerrar mi negocio!- A su lado, una madurita de tetas grandes
contaba que, de no ser por la anciana, jamás habría encontrado a su hijito
perdido. Y una pareja latinoamericana, delatada por sus facciones indigenas, se emocionaba al recordar que, sin aquella buena
mujer, habrían terminado deshauciados aquella
temporada en que se quedaron sin trabajo y su casero les apremiaba. De hecho,
todo el mundo tenía una historia más o menos edificante que compartir. ¿Cómo iban
a permitir que la benefactora de tantísima gente permaneciera en la cárcel ni
siquiera un segundo más? El movimiento de los indignados no iba a permanecer
imposible ante un desafuero tan palmario. Mientras tanto, un chico con bigote y
aspecto bohemio, que lucía orgulloso la efigie del Che en su camiseta, insistía
en que había que politizar la rebelión. En realidad, a casi nadie le importaba
la ideología. Para ellos sólo contaba la obligación sagrada de la gratitud. Si doña Cecilia hubiera sido un torero, la
habrían sacado a hombros. Por primera vez en muchos años se sentía el centro de
atención, estimada, cuidada, reconocida. Sin acordarse para nada del dinero,
sin acordarse tampoco de los insoportables de sus hijos, conversaba con unos y
con otros convertida en la mascota de todos. ¡Qué adorable viejita! Al día
siguiente, un periódico titulaba que Bonnie and Clyde cabalgaban de nuevo, con
fotograma de Warren Beatty y Faye Dunaway por
toda ilustración, ya que, según el redactor jefe, las protagonistas auténticas
no reunían los canones de belleza exigibles para
aparecer en tan importante rotativo. María, al leer aquellas peripecias llenas
de glamour en la biblioteca del Centro Cívico, casi pensó que hablaban de otra
persona. Su novio, Arturo, tenía razón. Como siempre. No tiene sentido dejar
que los hechos puros y duros no estropeen una buena historia. Al fin y al cabo…
¿quién quiere alimentarse de realidad? |
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