|
|
|
“Nadie decide de quien enamorarse, esa
desgracia llega sola” Ambos creían que la suerte les cambiaría la
vida, de una vez por todas, y se aferraban al azar de un juego para cumplir sus
sueños. Coincidían en algunos casinos pero hasta ahí llegaban sus contactos. A
él no le gustaban los juegos en que apostaba ella y viceversa. Ni tan siquiera
sabían sus nombres. Se veían porque era ineludible hacerlo en esos locales
donde todos se conocen de vista y casi nadie sabe el nombre de los otros. El
lazo de unión de todos era la pasión irrefrenable por los juegos de azar
y las apuestas. Pero eso no ocurrió de repente, no señor. Ella se enfrascaba en la ruleta o en la
mesa de Black Jack; él se concentraba en las máquinas tragamonedas, en especial
las de póker. Ambos perdían la noción del tiempo cuando estaban al frente de su
adicción y, como todo jugador empedernido, ni se fijaban en la hora… menos en
las personas que los rodeaban. Perdían con frecuencia, como sucede siempre con
los ludópatas y, cuando se daba el caso de una ganancia ocasional, se volvían
locos con esa racha de la fortuna y aumentaban el monto de las apuestas, hasta
dejar de nuevo las ganancias en el casino. Uno de esos días de buena racha, de
ganancias fabulosas, resultó que ambos habían atinado los premios máximos en
sus respectivos juegos y, como la policía llegó a comprobar que el casino
cerraba sus puertas porque había llegado la hora legal del cierre, todos los
jugadores se vieron en la calle a las dos de la madrugada. Los dos ganadores,
ella y él, repartieron pelo y, sin premeditación, se miraron y pararon un taxi;
cada uno llevaba unos buenos fajos de billetes y no sabían qué hacer.
Como el taxista los distinguía de vista y sabía de su adicción, les
preguntó si deseaban seguir jugando. Asintieron y los llevó a una casa en las
afueras de la pequeña ciudad; una hermosa mansión iluminada de manera
fantástica, como las que se ven en las películas de Hollywood. La curiosidad le
pudo al miedo y cuando el taxista se identificó en la entrada, decidieron
seguir adelante con un intercambio de miradas. Al traspasar la puerta se
encontraron en la sala de juegos más extraordinaria que podían soñar sus mentes
enfebrecidas de jugadores adictos. Todas las máquinas resplandecían como en un
sueño de las Mil y una noches y los paños verdes de las mesas
de póquer y Black Jack parecían prados de jardines donde florecían
las cartas. Para ambos fueron cuatro horas mágicas, cuando el sol
asomó, sus ganancias se habían multiplicado por mil. Los jugadores del palacio encantado, igual
que depredadores nocturnos, se fueron esfumando por puertas disimuladas tras
los cortinajes; por las ventanas se podían observar los Mercedes Benz, BMWs, Audis,
Ferraris… sólo autos de lujo de los jugadores
incógnitos de su noche afortunada, millonarios con fortunas de dudosa
procedencia; y pensar que ellos habían llegado en un mísero Taxi. Jamás se
explicarían que habían sido utilizados para lavar una enorme cantidad de
dinero, producto de actividades ilícitas, pero salieron aun más dichosos cuando
les entregaron los pasajes para un crucero por el Caribe, para dos personas,
que zarparía desde Cartagena de Indias. Bueno, había llegado el momento de las
presentaciones. El premio del viaje en el crucero establecía que deberían ser
ellos dos los viajeros; el premio era intransferible y no se podía canjear por
dinero en efectivo. Yo soy tal, mucho gusto y yo tal, también mucho gusto y
tomemos algo, pero guardemos el dinero y palabra va, sonrisa viene, citas para
jugar, juegos compartidos, pérdidas menores y se fueron gustando hasta
convertirse en una pareja modelo infaltable en los casinos de la pequeña
ciudad, en especial el TRIPLE SIETE, LA ORQUIDEA Y EL OASIS, sin arriesgar
demasiado. Como del gusto se pasa al amor, en algunas ocasiones, Cupido hizo de
las suyas y este par se enamoraron. La mayoría de los contertulios de las salas
de juego nunca conocieron sus verdaderos nombres, jamás se llamaban
por sus apelativos normales; él era King de diamantes y ella Queen de corazones y de esta forma comenzaron
a decirles todos los jugadores. Como no hay mal que dure cien años ni plazo
que no se cumpla, llegó la fecha del crucero y la enamorada pareja embarcó en
el trasatlántico TRIPLE SIETE, que consideraron de buen agüero. Lo que no
sabían porque nadie se lo dijo, es que el susodicho barco era un casino
flotante; el paraíso de los jugadores, el sumun del refinamiento en los juegos
de azar. Esto, que podría haber intimidado a otros, les pareció a King y Queen un sitio encantado de las noches de Arabia y
comenzaron a jugar la riqueza que tan fácilmente les había llegado a sus vidas.
Las intenciones de los millonarios no había sido cederles el dinero así como
así, sino recuperarlo después. En un par de horas los jugadores profesionales
los esquilmaron y con el transcurrir de las horas, los dueños del paseo, con
muchas copas en la cabeza, decidieron jugarles una broma… y los tiraron por la
borda, al océano Atlántico. En realidad los dejaron abandonados en una
balsa con comida y bebida suficientes para una semana. Los jugadores del barco,
nada más abandonarlos comenzaron a apostar sobre su suerte altas sumas de
dinero. Que los rescatan. Que mueren insolados. Que se suicidan. Que
muere primero el hombre. Que él la mata y luego se suicida… Barajaron todas las
posibilidades y abrieron apuestas; para cada una se apuntaban jugadores por
altas sumas de dinero y el ganador sería quien acertara. Si varios atinaban el
desenlace, se inventarían nuevas variantes. La mayoría apostaba a que cuando se
agotaran el agua y los víveres, él, llevado del amor que le profesaba le daría
muerte y luego se suicidaría. Dejaron pasar los ocho días… y tres más,
calculando que el agua y la comida estaban acabados. Desanduvieron las millas
náuticas recorridas y avistaron el color anaranjado de la balsa inflable en la
inmensidad azul. No se veía a nadie en la ella, debían estar muertos. Vararon
el barco a unos cien metros y enviaron un bote salvavidas a inspeccionar para
definir los ganadores. Con un gancho acercaron la balsa al bote y cuando el
primer marinero asomó la cabeza, Queen pegó un salto
de alegría y le gritó a un King moribundo que yacía en el fondo de la balsa
salvavidas: ¡Vinieron por nosotros, te gané la apuesta! |
|
|
|