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Hoy amanecí sin un centavo
en el bolsillo y con la conciencia martillándome la pérdida del dinero para las
mensualidades del colegio de mis hijos, los recibos de los servicios públicos,
la cuota de la casa; mejor dicho, dejé en el casino todo el dinero que llevaba
para pagar estas obligaciones. En el maldito juego uno sabe cuándo empieza a
jugar pero jamás sabe a qué horas ni cómo termina cada noche. Pienso que esta
compulsión que me lleva a apostar es más fuerte que la droga y el alcohol; no
sé, los adictos al alcohol y a las sustancias psicoactivas pierden el sentido
de la realidad y después tienen la disculpa de que cometieron toda clase de
disparates porque no eran dueños de sí mismos. Pero… yo, sé lo que hago cuando
pongo una ficha en la mesa de Black Jack, cuando presiono los botones que
marcan las apuestas en la ruleta, cuando bajo el brazo de la palanca en las
máquinas tragamonedas… Cuando adolescente participaba de todos los juegos con mis amigos
del barrio y los compañeros del colegio; si no se apostaba algo abandonaba el
pasatiempo que estaban empezando, para mí no tenía ninguna gracia perder horas
practicando un deporte o un juego de sala por sólo el placer de divertirse;
¡qué va! Cuando no había dinero que
motivara la actividad pues buscaba un sitio donde encontraba personas
dispuestas a arriesgar, desde siempre fui así y con el paso de los años las
apuestas se iban haciendo mayores y con mayores riesgos. Uno nunca comienza
apostándolo todo a una sola jugada, es con el correr del tiempo y la
“experiencia” que uno se hace jugador adicto. Visité todas las salas con todos los juegos permitidos. En alguna
época jugué billar pero me parecía tonto y un ejercicio de vagos tacar durante
horas y horas para ganar una apuesta, con el riesgo que al terminar el chico o
la partida, si lo prefieren, el rival pide la revancha y vuelva a tacar.
Después tuve mi temporada de binguero, para que me entiendan, todos conocen ese
juego llamado Bingo, pues los jugadores de Bingo reciben el mote de bingueros. Ahí comencé a sentir como ese desasosiego cada
mañana por irme a jugar Bingo; sabía que abrían a las dos de la tarde el local,
pero yo llegaba una hora antes para
entrar de primero y escoger los cartones con los números que había calculado
que saldrían ganadores y me daba rabia al encontrar rondando la entrada a otros
tres o cuatro bingueros. Después venía la tortura lenta del juego; una voz femenina, muy
suave, iba cantando los números por el micrófono: I-18, O-72, B-5, y asi sucesivamente hasta que un afortunado gritaba ¡BINGO!,
mostraba el cartón, comprobaban en las planillas, le pagaban y empezaba otro
juego. Muchos creen que en este juego hay que llenar el cartón, que va, hay
juegos de juegos: llenar una sola columna (B-I-N-G-O), formar la H, la L, la U,
la O: cuando hay que llenar el cartón completo se llama Bingo pleno y dura como
una hora, que aburrimiento, para que sólo gane uno de los concursantes, esa
lentitud me sacó corriendo de este juego. Ensayé con juegos de naipes y pronto descubrí que los suertudos que
ganaban siempre no lo eran tanto; lo que pasa es que tienen una habilidad
increíble para manipular las barajas y trabajan en llave con otro jugador. Un
día que estábamos jugando 21, el tallador se dejó pescar en la trampa de un
desconocido y este, sin preaviso, sacó
un revólver y le pegó un tiro; creo que le hizo el gran favor de su
vida, cuando se recuperó de la herida jamás volvió a jugar. El truco es tan
sencillo que da pena que a uno lo tumben con este recurso: el talador baraja y
se las ingenia para dejar un as (comodín) debajo, reparte rápidamente para que
apuesten y mira su carta, si no le ha salido otro as o una perra (jota, caballo
o rey), deja el as quieto; si le ha salido, da la segunda ronda con rapidez y
se da el as que está debajo para completar la relancina o el chipolo y levantar
todas las apuestas de la mesa. Jugué todos los juegos con la baraja: 21, 31, Tute, Jodete (un juego que importó de España un amigo), Lulo, Toruro, King, Queen, Fierro,
Póquer, Póquer torurado, y cuando uno no tiene con
quien apostar recurre a jugar Solitario. El siguiente paso fueron los dados
donde también capté innumerables trampas para esquilar incautos, luego me metí
de cabeza en las riñas de gallos y allí descubrí un mundo tenebroso y cruel. No
es que los galleros sean malas personas, es que cuando la sangre de los
animales empieza a humedecer la arena del ruedo, ese olor se mete por la nariz
hasta el cerebro y como este ya está con alcohol, la mínima diferencia en una
apuesta ocasiona riñas perores que la de los dos plumíferos. De los gallos si
salí escarmentado: una noche como a las once, durante una de las peleas, salí
con mi amigo Ricardo del recinto al bar, allí escuchamos madrazos
y gritos, luego dos disparos y, en seguida, el tropel de gente que buscaba la
puerta. Nosotros corrimos y al otro día nos asomamos a la gallera; había tres
Coches policiales y supimos que dos galleros habían dejado sus almas en el
ruedo. Como el que es jugador es jugador, empecé a buscar nuevos motivos
para “invertir la plata”. Olvidaba decir que después del susto de los gallos
dejé el juego por siete años, me casé y vi nacer y crecer dos hermosos hijos,
cuando el demonio quiere perder a una persona no escatima esfuerzos. Un día
pasaba por el frente de un local que decía CASINO ORQUIDEA, máquinas
Paga-monedas, dije: como así, ¿luego no son traga-monedas?, lo cierto es que
entré y me quedé, ya llevo como cinco años asistiendo “sagradamente” a este
casino (el tiempo se vuelve algo borroso cuando la mente está concentrada
siempre en las apuestas). Aquí no había que apostar contra otra persona, nadie
le robaba a uno las apuestas o le trocaba los dados o las cartas. Era yo
enfrente de una máquina fría y bruta (eso pensaba). La primer moneda que introduje por la ranura de las apuestas fue mi
perdición, ya no volví a parar, todos los días voy a jugar y si no tengo dinero
para meterle a los ingenios de la tecnología, pues me paro a mirar hora tras
hora a los otros jugadores y a comentar con otros varados como yo las incidencias
de los diferentes juegos. Recién entré en el mundo de las maquinitas, solo
existían esas de tres carriles, con un brazo en el costado para echarlas a
andar y rogando a Dios para que se formen los TRES 777, BAR-BAR-BAR, las
cerezas, los Bar dobles o triples y demás combinaciones; poco después
aparecieron las de cuatro carriles con las mismas figuras pero agregaron JOKERS
y ahora para optar a un buen premio debían formarse cuatro figuras iguales,
otras opciones daban premios ridículos, llegaron los FARAONES y los VAQUEROS,
en fin, para los jugadores de maquinitas el paraíso. El demonio me puso la trampa perfecta, después de varios años sin
jugar, me sentía curado de la adicción, el problema fue cuando el maldito
Satanás, a las primeras de cambio, hizo que la hermosa máquina centelleante de
luces multicolores me diera el premio mayor. ¡EUREKA! Grite, como Arquímedes,
ya descubrí la forma de ganarle a estas benditas, y así empecé a ir a diario y
a decir mentiras en todas partes para ocultar las verdaderas razones de la
pérdida de dinero de la cartera de mi mujer, de objetos de valor que
extrañamente se perdían en la casa, de os atracos que me inventaba para
justificar el dinero que llevaba al banco y que había dejado en uno de los
casinos de mi ciudad. Desde hace tres años llegaron nuevas máquinas que
funcionan es con billetes y son más adictivas que las de carriles. En estas hay
que alinear cinco figuras iguales pero dan mas opciones de ganar y de apostar. Dicen los que no saben que el dueño del casino siempre gana; por
supuesto que sí, pero no es porque los aparatos no arrojen los premios
ofrecidos, lo que ocurre es que los aquejados por el virus del juego cuando
ganamos nos quedamos con la disculpa de que “estamos en racha de suerte”, hasta
que los aparatos vuelven a quitarnos el dinero. A los diferentes casinos va un
tipo que llaman “El Profe”, es un man callado que
casi no se mete con nadie, es cordial y saluda pero no es amigo de ningún
jugador. Se sienta ante una maquinita, juega dos o tres billetes y si no gana
nada pasa a otra y asi hasta tres veces, cuando se da
cuenta que no es su día se va y punto. Varias veces lo hemos visto ganar, sacar
el premio mayor y lo hemos seguido convencidos de que va para otro casino a
seguir jugando, que va, compra un pollo y para el primer colectivo que lo lleva
a su casa. Todos pensamos que es muy mal jugador pero en mi soledad pienso que
no, que este si sabe jugar porque si pierde un poco, dice no es mi día y se va;
si gana, cobra, a veces da pelo (propinas) y se va con el bolsillo lleno. Los que tenemos problemas con el maldito, mil veces maldito juego,
no podemos parar como ese malparido que le dicen “El Profe”; uno gana y le da
como tembladera porque piensa que ese día Diosito Santísimo lo tiene destinado
a lograr que el casino quiebre y, de ese día en adelante quebrar todos los
casinos del puto mundo y se concentra uno en todas y cada una de las máquinas
pensando en ir a Las Vegas y a Montecarlo a jugar y enseñarle a esos pendejos
como es que juegan los colombianos pero los sueños de grandeza y de triunfo se
van diluyendo a medida que el dinero que se ganó a comienzo de la noche está
llegando a su fin. En este punto empieza una a pensar que disculpa le saca a la
mujer, al del arriendo, al rector del colegio para explicar la desaparición del
dinero. Uno jamás piensa tirarse toda la plata, sólo invertir unos pesos para
multiplicar el capital, pero eso nunca sucede; ya lo dije y lo repito, el
adicto, cuando gana, se empecina en multiplicar el premio hasta que llega la
hora de cerrar el casino y uno queda en la calle como un perro sin dueño. A veces un ganador de la calaña de uno queda con dinero, no porque
no desee jugar más, ¡Qué va!, lo que ocurre es que cierran el casino y a esa
misma hora todos los casinos y tiene que irse para su casita y esperar hasta
mañana para volver a jugar. Este colega en la desgracia, de pronto, se conduele
de la suerte de los perdedores porque también ha sido perdedor y da pelo para
que otro dia uno se conduela y le dé a él. En serio,
la tristeza, la angustia, el dolor por la pérdida hace que uno le jure a Dios,
a María Santísima, a todos los santos que nunca va a pisar un casino, eso dura
poco tiempo… hasta que se echa un billete o se apuesta una ficha en la mesa de
Black Jack o la ruleta. He llorado infinidad de veces sentado a la orilla de la
carretera esperando un carro grande para
arrojármele y acabar de una vez por todas. La angustia es grande pero la
ansiedad de jugar es superior a la razón. Eso no lo entienden las personas
normales, por eso uno se rodea de adictos para justificar su desgracia. Ya convencí a mi madre para que venda la casita que nos dejó mi
padre al morir y me preste el dinero para invertirlo en una empresa familiar.
Eso les digo a ella, a mi mujer y a mis dos hermanos mayores; yo quiero de una
vez ir a l casino de mis desgracias y sentarme máquina por máquina a apostar
hasta sacarles a todas el premio mayor y entonces sí, lo juro por mi Dios del
cielo, por su Santísima Madre, por san José, el Niño Jesús, mi madre, mi mujer
y mis hijos, que jamás vuelvo a pisar la puerta de un casino. Bueno, a veces
uno exagera en los juramentos, pues ir de vez en cuando y jugar con medida.
Varias veces lo he intentado pero era porque no tenía fuerza de voluntad.
Ahora, con el dinero que gane apostando lo que den por la casita de mi madre,
le compro una mansión para ella solita, otra para mi mujer y los niños, a cada
uno de mis hermanos les doy casa y carro para que no jodan y también le doy la
vuelta al mundo. Bueno, eso tiene que esperar a que mi madrecita haga el negocio.
Por ahora tengo que pensar como putas le digo a mi mujer que el dinero que sacó
prestado, para ponernos al día con todas las deudas, se lo tragaron unas
máquinas hijueputas, y que le va a tocar cumplir su promesa de mandarme a la
mierda con mis chiros porque el juego es más fuerte que yo, que la gracia de
Dios y que todos los juramentos que pueda hacerles. Mientras amanece estoy
tratando de sacar valor para suicidarme,
pero me detiene la idea de que la plata de mi mamá si puede permitirme
cumplir todos mis sueños. |
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