|
|
|
¿Era un
juez con su veredicto inapelable? ¿Un rayo enviado por Zeus? El ruido,
desagradable, inoportuno, provenía del móvil. El grito con el que una señorita
caprichosa, Realidad, pretendía hacer valer sus derechos. - ¡Eh,
estoy aquí! - Sí, ya
sé que estás ahí… respondí lleno de bilis, deseando que la intrusa se borrara
en cuanto apagara la alarma del odioso artefacto, esa especie de cadena que te
amarra corto y hasta te hace olvidar tus remotas libertades, especialmente insufrible
si sólo has dormido cinco horas y media, ni siquiera de un tirón. Me hubiera
quedado muy a gusto abrazando a mi novia, escuchando lo guapo y lo grandote que
soy, pero, sin tiempo para la autocompasión, busqué a tientas mis bambas negras
de suelas deshilachadas… Digo que no compro otras porque el presupuesto no me
llega, aunque en realidad es por no romper nuestra vieja amistad. Reparé
entonces en que la noche anterior no las había dejado al pie de la cama sino en
el comedor, junto a dos calcetines negros a modo de pequeñas islas en un mar de
racholas de color crema, con motitas oscuras que
denotaban un virtuosismo discutible para el arte de la fregona. De acuerdo en
que las distancias de un piso de cuarenta metros no son precisamente las del
desierto de Nazca, pero ir hasta allí se me antojaba una prueba demasiado dura,
aunque no tanto como madrugar para ir al trabajo. Así que, sin ningún propósito
de emular los trabajos de Hércules, llamé, con aire exhausto, a mi mayordomo
particular. -
¡Rodolfo!- Ya sé que
lo adecuado, en estos casos, hubiera sido tocar una campanilla, pero es que su
sonido estridente se me incrusta en los tímpanos y luego no hay forma
de sacármelo, lo mismo que esas canciones absurdas de la radio que acabas
tarareando todo el día sin saber porqué. Rodolfo, con su finísimo oído,
acudiría enseguida desde el balcón, donde le gustaba pasar la noche en su saco
de dormir. Aseguraba que el frío y la dureza del suelo fortalecen el espíritu…
¿Era sincero? María, mi media naranja, creía que lo decía para reírse de mi, no
conmigo. Pasaron diez, veinte segundos. Con
un mohín de hastío, le pregunté a mi novia, en esos momentos ya en la ducha,
con el gel hiperfragante de una conocida marca
francesa corriendo por su acogedora epidermis, cómo es que nuestro muchacho no
hacía acto presencia. Desde el otro lado de la cortinilla de la bañera, su voz
me reconvino con cariño… - Hay que ver… Un día
de estos vas a tener que despedirle. - Sí, pero es que me
sabe tan mal…. Como Paul McCartney, yo también poseía la
inclinación sentimental a no cambiar nada. Lo cierto era que, después de tantos
años, ya me había acostumbrado a Rodolfo, a sus ausencias, a ese modo garboso
de no hacer nada sin que uno pudiera tomárselo a mal, tal vez por un savoir
faire aprendido desde la cuna que yo, con toda la sabiduría de mis libros, sólo
sería capaz de imitar malamente. Muy malamente. Como a la fuerza ahorcan, y no
era cuestión de perder la mañana en disquisiciones filosóficas, fui yo mismo a
por las bambas y comprobé la invariable realidad que me aguardaba sobre el
mantel barato de mi vieja mesa, mientras me asaltaba el deseo inconfesable de
pegarme un tiro: el plato con restos de la ensalada de la noche anterior seguía
allí, como el dinosaurio de Monterroso. En cambio, del zumo de naranja recién
exprimido y del ejemplar de El País, ni rastro. “Has
nacido pobre”, esa fue mi conclusión. - María,
hoy empezaré de una vez a escribir mi superventas. Escuché
su risa trasparente entre el murmullo del agua. Fuera, en el balcón, el vacío
más absoluto. Ni rastro de nuestro fiel criado. Por no haber, ni siquiera tres
macetas tristes con qué tomar posesión de aquel espacio yerto, por más que mi costilla
me insistiera que ya estaba bien de ser tan rancio, que por lo menos pusiera cuatro
geranios. A ella le encanta cualquier nota de color. Yo, con el blanco hospital
tengo bastante. Desde que volvimos, hace ya siete meses, en el trabajo se
congratulan porque por fin acudo con el pelo razonablemente peinado, el cristal
de las gafas razonablemente limpio, la frente sin una capa protectora de grasa.
Rodolfo ya no ejercía la misma influencia de los tiempos oscuros, pero esa
noche, quizá despechado por mi desatención, se entregaba otra vez a sus
bacanales. - Rodolfo…
¡Otra vez de juerga! Hice un gesto de negación
condescendiente, casi perdonavidas. ¿Qué iba a hacer con la incorregible
criatura? Lo encontré cuando tan sólo era un rapaz, de apenas ocho años, con
unos grandes ojos almendrados, idóneos para inspirar lástima en los transeúntes
incautos, lo mismo que su rostro angelical, donde el jabón hacía mucho tiempo
que no se atrevía a entrar, un poco como la policía a las puertas del Bronx.
Por eso, las prostitutas que le cuidaban, igual que se atiende a una mascota
simpática, le llamaban “Cara Sucia”. - “Cara
Sucia”, ve a por tabaco-, le decía Lucy, una meretriz desdentada que se
preciaba de haberse corrido varias juergas con Ava Gardner. - “Cara
Sucia”, recógeme las bragas del tinte-, le ordenaba Rita, la pelirroja
explosiva que alardeaba de haber hundido, ella solita, a toda Pese a su
corta edad, el chico era ya un elemento del paisaje urbano tan característico
como el teatro del Liceo o la estatua de Colón. A veces, hasta los turistas
extranjeros se fotografiaban con él. Apoquinando unos buenos euritos, faltaría
más. Estaba claro que iba por el mal camino, el de los delincuentes de poca
monta. Suerte que lo adopté, le dí un nombre cristiano, Rodolfo, y le enseñé a
comer, no a la ahora que le diera la gana, sino por la mañana, al mediodía y a
la noche. Como Dios y yo mandamos. Y todavía hice algo aún mejor: ya que el
pobrecillo no podía disimular sus
tentaciones cleptocráticas, le pagué la
carrera de abogacía para que, puesto a robar, lo hiciera a lo grande. Con
visión de futuro. Porque si de confeccionar un ranking con lo que me irrita, la
mediocridad tiene todos los números para llevarse el primer puesto. Mi
pequeño Lord Greystoke, por desgracia, no vería más instalaciones universitarias
que el bar. Cuando le contaba a mi novia sus trastadas o, como dirían en Perú,
sus mataperradas, mi chica me preguntaba con los ojos qué había hecho ella para
salir con alguien tan trasto, al que había comprado, inexplicablemente, por
segunda vez. - Ya has vuelto a leer
Oliver Twist, ¡Y sin tomarte la medicación! No
entendía bien a qué se refería mi rubia explosiva, porque yo siempre he tenido
la salud de un roble sin más pastillas que unas de color azul para mis muy
ocasionales resfríos, pero sí acertaba a discernir que con Rodolfo necesitaba
armarme de paciencia y cristiana resignación, no había otro remedio. María,
siempre anclándome en la tierra, me recordó que nos debíamos dar prisa si
queríamos coger el tren, así que dejé mis pensamientos para mejor ocasión.
Sobre todo cuando un abrazo acogedor me quitó de la mente cualquier inicio de
borrasca. A mitad de la mañana, en el trabajo,
sentí que el hambre me alanceaba. Podía comprar una manzana en la máquina de vending –dios sabe los días que llevaría allí, por no
hablar de que me gustan rojas, no verdes- o pedirle a mi mayordomo un buen
bocata de jamón de bellota, bien grasoncito. Desenfundé
el móvil enseguida, empujado, obvio, por un ataque de gula. Un pitido, otro. Al
final, las palabras fatídicas. - El móvil al que llama está ocupado
o fuera de cobertura. Seguro que está devorando la
mortadela que le dejé para que pasara el día, envuelta en papel albal, junto a la escoba y el recogedor. Si trata de comer,
el pobre, uno de esos muchachos desnortados en la crítica edad de veinticinco
años, pierde el oremus. ¡Animalico! De tanto probar
esas porquerías de los supermercados, el infeliz ni sabría apreciar un jamón de
Jabugo regado con Vega Sicilia. Así está la educación como está, que ni educan
el paladar, ni rien de rien.
Suerte que, desde que le recogí del arroyo, no le falta un mendrugo, una piedra
más bien, nada de esas mariconadas del pan de Viena, con el que se refocilan
los niños de mamá. Si no fuera por mí, el infeliz, además de continuar con una
dieta nada saludable, aún seguiría enviciado con sus hábitos nocivos: vagar por
las calles, emborracharse con los mendigos y levantarse cuando los demás se van
a acostar, sin más aliciente que sexo, sexo y más sexo con las parroquianas del
Ulalá, el último tugurio de moda, una cueva de luces
fosforescentes donde los jadeos de las parejitas recién hechas se mezcla con el
estruendo del heavy metal. Sólo estuve una vez allí y salí por piernas, huyendo
del ruido, del humo de los porros y de un marino bigotudo y fortachón que me
dijo “lindos ojos tienes, pececillo de agua dulce”. Total, ya aparecería cuando le diera
la gana. A media tarde, para escapar del tedio y de lo sofocante del aire
acondicionado –servidumbres de trabajar en una gran empresa-, me entregue a
hacer pajaritas de papel que después arrojaba al vacío. Me gustaba mirarlas
ensimismado, mientras descendían lentamente las dieciocho plantas. Entre tanto,
mi correo electrónico se llenaba de esos molestos mensajes rojos de alguien
que, en algún lugar, espera alguna respuesta tuya para algo que, a poco que
pensara, podría hacer él solito, o solita. Pero no… Tienen que venir a
agobiarte. ¡Tienen que venir a agobiarme! (Pronúnciese esa última frase con voz
profunda y torturada, a la vez que teatral, un poco a lo Al Pacino). En cierta ocasión, cierto viejecito
agresivo vino a pedirme cuentas porque, según él, una de mis pajaritas había
aterrizado en su ojo. Feliz casualidad, harto como estaba de su
condescendencia, de sus aires de gran burgués de Sarrià,
encantado de haberse conocido y de conocer a tanta gente en el Liceo, donde
acudía la sociedad comme il
faut, lejos de la plebeyez del Palau de Fue en se
momento cuando entró mi jefe y me explicó no sé qué de una nueva campaña, la
publicidad, los ingresos y otros términos prosaicos que me inspiran siempre el
mismo comentario: “¡Estoy entusiasmado!”. Naturalmente, me guardo mucho de
decirlo en voz alta, no porque creo que el silencio sea oro, que, en tal caso, ya
habría obtenido mis buenos dividendos visto el precio
de la onza, sino por prudencia elemental, por otro nombre cobardía. No reñida
con la astucia, ya que, mientras tu superior te habla, el truco está en poner
cara muy seria y hacer ver que te interesa todo lo que dice. Mientras el tipo
se enrolla, tu asientes con un “sí, sí” repetido de cuando en cuando, por
aquello de generar empatía, con lo que el buen hombre se irá a su mesa
tranquilo, creyendo que le has entendido a la perfección y cumplirás arajatabla sus mandatos. A las
siete y media, como de costumbre, cogí el tren para Torredembarra
en la estación de Sants, sentándome entre una
pelirroja que veía una película en su portátil y una rubia madurita que pasaba
perezosamente las hojas de su revista del corazón. Las perdí pronto de vista
porque me sumergí en una novela de Mario Vargas Llosa, una novela que, como
todas suyas, me apartó del tiempo y del espacio. En el vagón, lo más seguro, la
gente comentaría cariacontecida el último despido de su empresa, mientras los
más animosos se acalorarían acerca de si Messi
superaba a Cristiano Ronaldo. Todo ese murmullo, sin embargo, a mi me traía sin
cuidado, porque de la mano del Nobel había vuelto al Jurión
de - ¡Ya
está bien, Mario! A la próxima, me paga usted el billete. Varguitas
me devolvió su sonrisa conquistadora de galán de cine. ¿Qué
podía hacer? Saqué el móvil de mi parca azul marino recién estrenada (mi madre,
por fin, había conseguido que renovara mi fondo de armario) y llamé a Rodolfo,
para que viniera a rescatarme con el seiscientos. Ajeno al nerviosismo de
quién, en ese momento, ya se veía durmiendo al raso, el aparato me arrojó a la
cara un estribillo que ya empezaba a hartarme. - Teléfono apagado o
fuera de cobertura. Sentí
deseos de estrellar aquel trasto inútil, incapaz de enviarme ningún mensaje
positivo, contra el metal apagado de los rieles. Decididamente, no tenía suerte
con la tecnología, ni con los celulares, como los llaman en el Perú, ni con el
correo electrónico. La prueba era que había escrito una y otra vez al autor de Conversación en Como no
había otro tren, decidí aventurarme por la carretera. Solitaria en mis
recuerdos de niño, con una fila continúa de automóviles que hacían desagradable
el paseo por el arcén, entre las hileras de chopos. Le había enviado un e-mail
a María para que supiera que esa noche iba a llegar más tarde, por lo que
tardaríamos un poco más en vernos por el facebook, un
rito que, para dos enamorados como nosotros, constituía el mejor momento del
día. Con un poco de suerte, Rodolfo ya
habría llegado y me estaría preparando un baño caliente, con pétalos de rosa
para que las plantas de mis pies no entraran en contacto con el duro y frío
suelo. Sí, eso era justo lo que iba a suceder,
punto por punto. Digan lo que digan los pájaros de mal agüero… ¿Acaso no es la
esperanza lo último que se pierde? |
|
|
|