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Aquel 13 de
junio de 1790, los padres del que sería presidente Venezuela no sospechaban que
nacía el único de sus siete hijos destinado a sobrevivir. José Antoni Páez nació
en una sencilla casa a orillas del Curpa, un riachuelo próximo al pueblo de
Acarigua, estratégicamente ubicado en la entrada de los llanos occidentales. Procedía,
como el general Miranda, de una familia de origen canario, en una época en que
los isleños buscaban en las indias su tierra de promisión. Su padre, un tal
Juan Victorio, era un oscuro funcionario del gobierno colonial, empleado en el
estanco de tabaco. Siempre fue pobre, en recursos económicos y, lo que es peor,
en espíritu. Fuera de su rutina se sentía perdido, por lo que ni siquiera se molestaba
en atender a su numerosa prole. Seguramente su actitud habría sido muy otra de
saber que había engendrado a un padre de la patria, porque este hombrecillo no
atendía a más estímulo que el propio interés, todo lo contrario que su
santísima esposa, María Herrera, que llevaba la casa, cuidaba los hijos y
escondía los caballos para que al bala perdida de su marido no le diera por
cabalgar cuando llegaba achispado de la taberna. Con gratitud filial, José
Antonio resumiría, muchos años después, sus infinitas cualidades en una sola
palabra, excelencia. La buena mujer, siempre con el ánimo dispuesto, se sentía
dichosa e incluso privilegiada. No se le escapaba que la mayor parte de sus
compatriotas lo pasaba mucho peor, sobre todo si su piel era oscura. ¿Cómo la
suya, tal vez? No podemos decirlo con
seguridad, pero no hay duda de que Páez, entre los jinetes de los llanos,
pasaba sin discusión por blanquiñoso. El
centauro empezó a ir a la escuela a los ocho años, aunque no permaneció
demasiado tiempo en la misma. En una población tan modesta, la prioridad no era
la educación sino reunir los recursos indispensables para garantizar un mínimo
de dignidad en la vida. De todas formas, aún con alumnos comprometidos con sus
estudios, la maestra Gregoria Díaz no podía proporcionar sino unos muy mínimos
rudimentos del saber. Bajo su tutela aprendería Páez lo que entonces parecía
más importante, los fundamentos de la doctrina cristiana. Por desgracia, la
pedagogía de las clases de religión no era la más apropiada para transmitir a
los niños una fe viva, lejos del formalismo de los creyentes de domingo: las
criaturas, a fuerza de palos, se aprendían las lecciones de memoria sin llegar
a entenderlas salvo en rara ocasión. Entenderlas, ni por asomo vivirlas. El pequeño abandonó las clases para
ir a trabajar a la bodega de su cuñado, Bernardo Fernández. Algún tiempo
después marchó a San Felipe, a ocuparse en los asuntos de su pariente Domingo
Páez, negocios “bastante considerables” según el mismo confesaría La juventud, no descubrimos nada
inédito, es temeraria. A los diecisiete años, una tonta imprudencia estuvo a
punto de costarle la vida. Su madre le había encargado una comisión importante,
llevar un expediente a cierto abogado en Patio Grande. Su pecho se hinchó con la
confianza, orgulloso de la gran responsabilidad que se disponía a acometer con
su espada herrumbosa y sus dos pistolas de bronce. No le fue preciso utilizarlas
durante la ida, pero, en el viaje de regreso, la vanidad le hizo olvidarse de
los peligros que acechan al peregrino. En el establecimiento donde renovó su
vestuario, exhibió con ostentación su bolsa repleta en el momento de pagar. Un
brillo se codicia se encendió en todos los presentes, a los que no les fue
difícil concluir que se trataba de un hombre de consideración. Cuando continuó
su travesía, los discípulos de Caco ya le esperaban. “No se van a ir de rositas
sin unos cuantos rasguños”, se dijo así mismo, al ver al cabecilla acercarse
con un machete en una mano y un garrote en la otra. Si tenía que vender su
vida, la vendería cara. Suerte que el exceso de confianza ofuscó también a
los salteadores. No los culpamos por ello: ¿quién iba a imaginar que aquel
jovenzuelo presumido sería capaz de utilizar sus armas para algo más que
adornar su figura? Páez deseaba amedrentar, no matar, pero el balazo se
incrustó fatalmente en el pecho de aquel tipo barbudo y malencarado. Desesperado,
nuestro muchacho acometió a los otros bandidos espada en mano, pero aquellos
matarifes, huérfanos de su cabeza, sintieron desmayar su hombría y, tal vez
porque rectificar es de sabios, resolvieron huir. Antes preferían enfrentarse a
la vergüenza que a un tajo en el pecho….
“Fortuna grande fue para mí, que allí tal vez hubiera pagado con la vida la
temeridad de sostener un ataque tan desigual”, escribirá el afortunado vencedor
muchos años después. Preocupado porque había matado a un
hombre y temía que los esbirros del
corregidor le abordaran inamistosos para pedirle cuentas, resolvió ocultarse
sin avisar a nadie de su paradero. Este era el procedimiento que acostumbraban
a seguir por todos los proscritos cuando sentían la sombra amenazadora de la
soga sobre cuello, pero planteaba el problema práctico de cómo ganarse el
sustento. José Antonio, por tres pesos mensuales, trabajó de peón en una
hacienda de La Calzada, propiedad de un tal Manuel Pulido, especializada en
ganado vacuno y caballar. Pero, a diferencia de lo hubiera imaginado la gente
fina de las capitales, allí, en aquellos parajes solitarios que parecían no
tener fin, los animales no se hacinaban en los establos sino que pacían en
libertad. “Muchas y grandes fatigas se necesitaban para obligarlos a auxiliar
al hombre en la obra de la civilización”, anotaría nuestro héroe al rememorar
aquellos tiempos difíciles y peligrosos, en los que se convirtió en un llanero
más. Su
hogar se limitaba a una humilde cabaña rodeada de hierba que nadie se ocupaba
de cortar, hasta el punto de que sólo huellas de sus pisadas o el rastro de
ganado indicaban, con una línea caprichosa y polvorienta, el acceso a su
cubículo. Sólo al llegar la noche, tras encerrar a las bestias en el hato y
saciar su hambre atrasada, se permitía la única y espartana comida del día: un
trozo de carne sin sal para condimentarlo siquiera. La tapara, una especie de
calabaza, guardaba el agua fresca que le limpiaba la garganta y le proporciona
un placer los sibaritas envidiarían, pero también la aguda conciencia de lo mal
repartidas que estaban las riquezas del mundo. “El pobre con agua justa, y el
rico con lo que gusta”, así rezaba el cantar que entonaba con su voz firme,
recia, profunda como sus soledades, acompañado de una humilde guitarra. Tras el
módico festín, llegaba el momento de entregarse al sueño, sólo unas pocas
horas, antes de reanudar la rutina. Día tras día, la misma lucha homérica contra
los elementos y las fieras. Con una sola ambición, llegar a ser capataz, no un
simple peón. ¿Para vengarse de viejos agravios en cuánto se volviera la
tortilla? Tal vez, pero tenía claro que la supervivencia era condición
necesaria del ajuste de cuentas, por lo que se esforzaba en resistir, tanto a
la hora de salvaguardar su óptima condición física como de mantener el ánimo
enhiesto, porque, por muy esforzado que uno fuera, nada más fácil que hundirse
bajo la presión del cansancio, de la extenuación más bien, y de la autocracia
de los jefes, esos pequeños dioses, esos dioses pequeños. Fue gracias a esa vida de filósofo estoico, de
anacoreta a caballo, que Páez adquirió la robustez atlética que tan útil le
sería en años venideros, cuando su cuerpo de hierro le salvó la vida en más de
una ocasión apurada en la que aguantar o no aguantar equivalía a ser o no ser.
Mientras tanto, los golpes diarios también ayudaban a forjar su alma, que se
acostumbró a sobrellevar con temple todas las adversidades. Una educación
esmerada no hubiera sido más benéfica para convertirle en un auténtico hombre,
se diría a sí mismo en su tiempo otoñal, iracundo con tantos jovenzuelos
presuntuosos que criticaban a los próceres de la independencia sin tener ni
idea de lo que había sido luchar contra los españoles. Su
capataz se llamaba Manuel, pero todos le decían Manuelote. Era un negro de
estatura descomunal y agrio semblante, esclavo del propietario del hato, para
el que hacía de mayordomo. Nunca consiguió caerle en gracia porque ciertos
chismes de otros peones le habían convencido de que no estaba allí por ganarse
el pan, sino para espiar su desenvolvimiento en el cargo. Cegado por este
recelo, trató a Páez con la mas implacable dureza, como si no hubiera otro cada
vez que se presentaba una tarea ardua. Si había que domar a un potro salvaje,
allí estaba José Antonio. Si había que pastorear bajo un sol abrasador, allí
estaba José Antonio. Siempre con el “sí señor” en los labios y el veneno en el
corazón, harto de ser chico de los imposibles. Si había que meterse con el
caballo en el río para guiar a los bestias de una orilla a otra, de nada le
servía alegar que no sabía nadar. Manuelote, con impaciencia colérica, zanjaba
la cuestión: “yo no le pregunto a usted
si sabe nadar o no; le mando que se tire al río y guíe el ganado”. Joven
y en la plenitud de sus apetitos, decidió que era el momento de tomar el camino
del Altar. El 1 de julio de 1809 desposó a Dominga Ortiz, una mujer dócil, en todo
opuesta a su temperamento explosivo, que unía a la virtud de la obediencia la
sustanciosa dote de dos mil reses, con las por fin pudo establecerse por su
cuenta en una pequeña hacienda. Ahora, por fin, sería el quién diera las
órdenes a sus propios peones. Su recién conquistada libertad le hizo tolerante,
al menos en los primeros tiempos del matrimonio, con la exacerbada religiosidad
de su costilla, siempre entre rezos, con un rosario en la mano o un Ave María
que recitaba mentalmente mientras fregaba los platos o atendía a sus
chiquillos. Diez llegó a parir, de los que sólo dos, Manuel Antonio y María del
Rosario, superaron la infancia. Devota, hacendosa y administradora estricta, era
una santa, sin duda, pero su marido se impacientaba con sus remilgos en el
lecho y su falta de conversación para todo lo que no fueran vírgenes, santos y
demás corte celestial. Y si por casualidad sacaba otro tema, siempre tenía que
ser sobre algún asunto de negocios, acerca de una propiedad que florecía poco a
poco. Así, pasaron los años hasta que un muro infranqueable, hecho más de
aburrimiento que de indiferencia, se levantó entre los esposos. Aquella mujer con olor a sacristía y
sabor de agua bendita no sería rival para la belleza llanera, pelo negrísimo y
ojos penetrantes, de Bárbara Nieves. La
vida continuaba con la emoción en pequeñas dosis, hasta que la supervivencia exigió cruzar la línea
borrosa que separaba lo legal de lo clandestino. Con la metrópoli española
sumida en el abismo de la invasión bonapartista, Venezuela se desperezaba para
tomar, por primera vez en tres siglos, sus propias decisiones, aunque forzoso
es admitir que aquel tiempo de miseria y desesperación no parecía el más
propicio para empezar a caminar. Los esclavos, seducidos por promesas de
libertad, dejaban el arado para unirse a bandas de salteadores enemigos de todo
y de todos. Siempre a salto de mata, Páez logró que uno de estos grupos lo
reconociera por jefe. Se situó así al frente de 350 jinetes, llaneros en su
mayoría, dispuestos a seguirle incluso si mandaba atacar el infierno. |
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