Mangos para saciar el hambre
Carmen Dora Espinosa Correa


¡Vivir toda una semana comiendo solo mangos, es ya la tapa! Estas palabras sobresalieron por encima de tus otros muchos pensamientos, mientras ibas con tu hijo de escasos veinte días de nacido colgado a la teta. Difícil maniobra, el pecho ocupado y la espalda también, llevabas sobre ella la carga de mangos que te alimentarían durante algunos días, no había nada más. El gobierno se había olvidado sin ninguna pena de aquel lejano pueblo. Llevaba muchos días sin enviar los alimentos correspondientes a este mes. Permitiste que tus ojos derramaran unas cuantas lágrimas, solo unas poquitas para descargar tantico el alma. No podías llorar mucho porque aquella leche podría enfermar a tu crío, esta fue una de las recomendaciones que te hizo la partera.

_Niña nunca se te ocurra llorar cuando lo amamantes, porque por la leche le trasmites los dolores del alma y del cuerpo. Puede resultar enfermo de lo mismo que la mama.

Añorabas a aquella sabia mujer quien al momento del nacimiento de tu hijo te trató con cariño y respeto. Te retorcías de dolores de parto en la plaza central cuando hacías la fila para recibir panes duros y leche en polvo. Era todo lo que había llegado y también fue lo último. Ella te vio justo en el momento en que se te rompieron las membranas. Resististe al máximo para lograr tener algo de comida. Se hacía necesario para pasar la dieta del parto pues en estas circunstancias no habría caldo de pollo.

Ella te cogió por la cintura y te llevó tu cuarto el cual daba a la calle, donde tenías dos muditas de ropa que te llegó en la anterior mesada, junto con dos paquetes de pañales y un biberón. No podrías asistir al centro médico para que tu hijo naciera allí porque no había quien atendiera el parto. La última enfermera que quedaba se fue a causa de la tristeza que le daba el hecho de que fueran las personas a pedir su ayuda y ella no tuviera ni una sola pastilla para calmar sus dolencias.

Pudiste ver el rostro de Celeste con calma cuando ya todo había pasado y tu bebé ya no te causaba dolores en la panza. Era un negra hermosa, con una mirada dulce y profunda capaz de quitar miedos, angustias y tristezas, sonreía todo el tiempo aunque a su dentadura se faltaran algunas piezas. Ella estaba demasiado delgada, lo cual no era de extrañar por esos días cuando la comida escaseaba todo el tiempo. Recibió a tu bebé con tanto amor que logró disipar las angustias que tenías para cuando llegara la hora del nacimiento.

Esa fue la primera y última vez que la viste. Después preguntaste por ella pero nadie te dio razón. Hoy la añorabas porque sin dudarlo con tan solo verla se te quitarían las ganas de llorar, es que transmitía una gran paz con sus palabras.

La carga en tu espalda pesaba más que tu bebé y caminar con tanto peso hacía que la debilidad en tu cuerpo se acentuara. El camellón por donde ibas tenía un pastal muy alto lo que aumentaba tus ganas de tirarlo todo y salir corriendo. ¡No podías hacerlo, no debías hacerlo! Amabas a tu hijo por encima de lo que fuera y sin los mangos morirías de hambre.

Si estuviera tu esposo todo sería tan diferente. El llevaría la comida y tú el bebé chupando teta. No tendrías ese dolor que casi no te deja respirar. Seguramente llevaría su brazo sobre tus hombros y reirían hasta por las cosas más pequeñas. Lo querías con todo tu ser y sabías que él a ti también porque podías ver su alma cuando él te miraba y tomaba tus manos con la suavidad del viento.

Lo imaginaste en aquel barco, vestido de blanco como los buenos marineros, aún faltaban tres meses para que él regresara, tenías que resistir para volver a reunirse y salir todos de este país. Iba a ganar en dólares. Habían hecho cuentas y esto les alcanzaría para iniciar una nueva y buena vida en otra nación.

Por fin saliste a la carretera, aquí caminar te era más fácil. Tus cavilaciones te llevaban de la alegría a la tristeza y aún con todo eso podías admirar pájaros y flores como cuando eras niña.

De repente pasaba por allí un personaje en motocicleta, destartalada igual que las esperanzas de los habitantes de aquel pueblo, paró su moto y te invitó a subirte. No desaprovechaste esa oportunidad ya que estabas demasiado cansada por las maletas.

Por el camino él te contó que era amigo de tu esposo y que estaban planeando con otras personas y también junto con la policía del pueblo, quienes sufrían al igual que todos por el abandono del gobierno, asaltar los camiones que llevaban comida para la capital.

Pasabas los días con pan duro, leche en polvo y mangos. Estos ya no te apetecían de ninguna manera, los comías para poder tener algo de leche para alimentar a tu bebé. Variabas la manera de consumirlos. Verdes, maduros, macerados y hasta asados. Alguna vez mezclaste trozos con leche en polvo, mejoró el sabor y hasta se hizo una receta novedosa en el pueblo.

Una mañana cuando aún el sol no salía, escuchaste unos golpes muy fuertes en la puerta de tu cuarto. ¡Seguramente era tu esposo que ya habría llegado! Te apresuraste a abrir, pero no, era su amigo. Muy contento, te entregó un paquete con pañales, leche en polvo, arroz y azúcar y hasta algunas sardinas enlatadas. Te contó que por fin habían logrado concretar el plan que tenían. Y que los productos que lograban obtener los iban a repartir entre los habitantes del pueblo. Esto aliviaría en algo las penas que tenían, sobre todo las del estómago. Durante algún tiempo los rostros fueron iluminados por sonrisas. Aunque no hizo falta quien dijera que la marca de los enlatados no era la mejor que si no sería posible que la cambiaran por otra o que eran mejor en aceite de oliva que en salsa de tomate.

A ti la marca de los pañales o la presentación de las sardinas no te importaban solo luchabas por sobrevivir para mantenerte con vida, al igual que a tu hijo y esperar a tu esposo. Infortunadamente no podías irte de aquel lugar, no tenías dinero para hacerlo, allí no había como ganarlo. Los que alguna vez tuvieron una mejor vida o algún negocio fueron saliendo poco a poco a medida que la situación se ponía más complicada. Tampoco te atrevías a irte pues aparte de sobrevivir junto con tu hijo también era prioridad esperar a tu esposo. No había manera de comunicarte con él. El teléfono celular para nada te servía ya que la energía eléctrica la habían cortado en todo el pueblo.

Una tarde mientras tenías a tu bebé en el regazo y lo abrumabas de amor por tantos besos que le dabas, escuchaste en la calle un gran tropel. Por un momento pensaste en quedarte quieta en tu cuarto, pero un presentimiento te lanzó a la calle.

Apenas pusiste un pie afuera, notaste algo diferente en el ambiente, viste hombres de la fuerza armada nacional, había muchos por todos lados y a algunos policías los tenían rodeados y les habían quitado su armamento. Tus vecinos reunidos en una esquina de la calle lloraban.

_ ¡Se nos acabó la gloria! dijo uno de ellos gimoteando.

En ese momento venía un camión de los que trasportaban la comida, muy despacio y pitando muy fuerte, algunos miembros de la fuerza armada estaban sobre el camión mostrando sus armas. No podías creer lo que veías. ¡Era el amigo de tu esposo! Aquel que tantos días se ocupó de ti y que le hizo el rato más alegre a muchos de tus vecinos. Iba amarrado sobre la cabina del camión, ensangrentado, gritando de dolor. Su mano derecha apenas pendía quizá de un nervio, estaba a punto de caérsele. Pensaste que si eso pasaba, la mano terminaría como alimento de algún perro, estaría bien, pues estos también aguantaban hambre.

Después de esto, el terror, la desesperanza y el silencio se apoderó de aquel pueblo ubicado en la costa de algún país. Nadie se atrevía a pronunciar palabra alguna, ni siquiera permitían que sus ojos se toparan entre sí, entonces uno a uno, familia a familia, fueron dejando ese lugar.

Tú fuiste la última. Después de ocho días durante los que seguiste esperando a tu esposo. ¡No llegó! ¡Mejor irte! tu hijo tenía hambre y tú también. La sonrisa bella que siempre tuviste afloró en tu rostro. En otro pueblo habría energía para cargar tu celular.

FIN