|
|
|
Ese día el plan era hacerse una idea del
paisaje de las playas hacia el sur de Conil hasta Tarifa. Otra cosa es conocerlas, para eso hace
falta tiempo, y ellos no lo tenían, no todo el que les hubiera gustado, tal vez
por eso de una forma natural y sin ansias ni expectativas, simplemente habían
aprendido a disfrutarlo, el que compartían, como si no existiera, dejándolo
pasar sin importarles unas veces, otras, exprimiéndolo lo que podían. Después de quererse un rato en la cama
tomaron el desayuno que cada día les dejaban en la puerta de la
habitación. Después de desayunar qué
mejor que quererse otro ratito, juntos, húmedos por el sudor, la propia humedad
del ambiente, sus propias humedades, también por las lágrimas que, de tanto
quererse, se les saltaban a veces. No
conseguían separarse. Ni siquiera lo intentaban, era su estado natural, estar
abrazados. Así, abrazados, se acercaron a la pequeña
piscina, se dieron un baño largo, separados, para después volver abrazados a la
habitación. Ahora ya tocaba moverse para aprovechar el tiempo que pasarían
fuera del Paraíso Perdido. Por el camino veían muchos carteles con
nombres de lugares que les resultaban tentadores: El Palmar, Los caños de Meca,
que lo dejarían para otra excursión, Barbate, donde hicieron una parada,
bajándose del coche, caminaron por las calles, había tal vez demasiado bullicio
para esas horas y enseguida decidieron continuar viaje. Al pasar por Zahara vieron el ambiente más
tranquilo, encontraron a su paso un sitio cómodo para aparcar y venga, vamos a
conocer Zahara de los Atunes. Entre lo pintoresco del pueblo, olor a salitre y
humedad y la peculiaridad de las gentes del lugar destacaban algunas tienditas
de adornos, abalorios y ropa de chica, eso a ellas las vuelve locas, y entraron
en una. Empezaron a moverse por entre las mesas y
expositores cada uno por su lado. Pero cada vez que se cruzaban, como un imán,
se rozaban. En el mostrador la única dependienta repasaba sus cosas como si no
hubiera nadie. Del roce iban pasando a caricias furtivas y seguían mirando cada
uno por su lado, se iban haciendo los encuentros más prolongados y las caricias
más detenidas, pero la tienda era pequeña y tampoco había tanto que ver,
decidieron salir a la calle. Sus pasos les fueron llevando hacia el
barrio de los pescadores donde encontraron una tienda algo más grande, de nuevo
entraron, siguieron con el mismo juego, esta vez aún más audaz. En el mostrador
la dependienta charlaba con dos clientas y ellos mirando unos bañadores de
chica se “acercaron” aún más. Ella cogió algo y decidió pasar al probador. Al salir, continuaron con sus vaivenes e
intrigas, hasta que ella al notar como la dependienta estaba ya más atenta
decidió que se iban. Siguieron caminando
por las calles, se acercaron hacia la zona que daba a la playa y en cada rincón
donde no hubiera nadie aprovechaban para besarse y acariciarse. Ella llevaba
una especie de mono muy amplio y muy suelto que facilitaba mucho las
cosas. Llegaron hasta un paseo
solitario, paralelo al rio, con arbolado y bastante sombra, él sentía además de
atracción, mucha curiosidad, no sabía qué llevaría puesto debajo. Al meter la
mano por el costado entre el amplio mono y la cintura de ella se le escurrió
entre las dos nalgas y notó que no llevaba nada. Ese descubrimiento excitó a ambos de tal
manera que apoyándose en algún mobiliario urbano empezaron ambos con caricias
muy profundas. Sintieron que alguien
pasaba cerca e interrumpieron la maniobra que estaba a punto de culminar, ya
que aquella prenda que ella llevaba permitía todo tipo de posibilidades. Regresaron al coche y pusieron rumbo hacia
Bolonia. Pero ya se habían quedado tocados. Hicieron el camino muy despacio aprovechando
que ya por allí la carretera es muy solitaria, sin parar él de explorar y ella
de estremecerse y gozar. Menos mal que
al salir de Conil habían puesto una toalla doblada en el asiento. A veces la dejaba a punto de caramelo
aprovechando para cambiar alguna marcha, a veces la acompañaba hasta el final
para retirar la mano o los dedos rápidamente, momento en que ella se retorcía
de placer y de aún más deseo. Así, fueron llegando a Bolonia, ya para la
hora de comer. Aparcaron, caminaron más de media hora hacia los chiringuitos de
playa, eligieron uno y comieron con apetito. Mientras, se comían mutuamente con
la mirada. Cuando terminaron se dieron cuenta que, con las prisas, no habían
cogido del coche sombrilla ni apenas nada para la playa, entonces se dieron un
baño, pasearon, se volvieron a bañar y cuando sintieron que estaban tomando
demasiado sol, además seguían con un viento de levante moderado y hacia calor,
sin más se volvieron al coche y pusieron rumbo al Paraíso Perdido, ya que se
dieron cuenta que tenían mucho que hacer durante lo que quedaba de tarde. Pasaron bastante calor en el viaje de
vuelta, venían asolanáos, al llegar al Paraíso se metieron en la piscina largo
rato y después echaron una siesta tardía.
Pasaron el resto de la tarde queriéndose, recordando y recreándose en
los eventos de la mañana y se quisieron y se gozaron hasta la cena. |
|
|
|