El Jardín Prohibido: De Conil a Bolonia por Zahara de los Atunes
Pierre G.



Ese día el plan era hacerse una idea del paisaje de las playas hacia el sur de Conil hasta Tarifa.

Otra cosa es conocerlas, para eso hace falta tiempo, y ellos no lo tenían, no todo el que les hubiera gustado, tal vez por eso de una forma natural y sin ansias ni expectativas, simplemente habían aprendido a disfrutarlo, el que compartían, como si no existiera, dejándolo pasar sin importarles unas veces, otras, exprimiéndolo lo que podían.

 

Después de quererse un rato en la cama tomaron el desayuno que cada día les dejaban en la puerta de la habitación. Después de desayunar qué mejor que quererse otro ratito, juntos, húmedos por el sudor, la propia humedad del ambiente, sus propias humedades, también por las lágrimas que, de tanto quererse, se les saltaban a veces. No conseguían separarse. Ni siquiera lo intentaban, era su estado natural, estar abrazados.

 

Así, abrazados, se acercaron a la pequeña piscina, se dieron un baño largo, separados, para después volver abrazados a la habitación. Ahora ya tocaba moverse para aprovechar el tiempo que pasarían fuera del Paraíso Perdido.

 

Por el camino veían muchos carteles con nombres de lugares que les resultaban tentadores: El Palmar, Los caños de Meca, que lo dejarían para otra excursión, Barbate, donde hicieron una parada, bajándose del coche, caminaron por las calles, había tal vez demasiado bullicio para esas horas y enseguida decidieron continuar viaje.

 

Al pasar por Zahara vieron el ambiente más tranquilo, encontraron a su paso un sitio cómodo para aparcar y venga, vamos a conocer Zahara de los Atunes. Entre lo pintoresco del pueblo, olor a salitre y humedad y la peculiaridad de las gentes del lugar destacaban algunas tienditas de adornos, abalorios y ropa de chica, eso a ellas las vuelve locas, y entraron en una.

 

Empezaron a moverse por entre las mesas y expositores cada uno por su lado. Pero cada vez que se cruzaban, como un imán, se rozaban. En el mostrador la única dependienta repasaba sus cosas como si no hubiera nadie. Del roce iban pasando a caricias furtivas y seguían mirando cada uno por su lado, se iban haciendo los encuentros más prolongados y las caricias más detenidas, pero la tienda era pequeña y tampoco había tanto que ver, decidieron salir a la calle.

 

Sus pasos les fueron llevando hacia el barrio de los pescadores donde encontraron una tienda algo más grande, de nuevo entraron, siguieron con el mismo juego, esta vez aún más audaz. En el mostrador la dependienta charlaba con dos clientas y ellos mirando unos bañadores de chica se “acercaron” aún más. Ella cogió algo y decidió pasar al probador.

 

Al salir, continuaron con sus vaivenes e intrigas, hasta que ella al notar como la dependienta estaba ya más atenta decidió que se iban. Siguieron caminando por las calles, se acercaron hacia la zona que daba a la playa y en cada rincón donde no hubiera nadie aprovechaban para besarse y acariciarse. Ella llevaba una especie de mono muy amplio y muy suelto que facilitaba mucho las cosas. Llegaron hasta un paseo solitario, paralelo al rio, con arbolado y bastante sombra, él sentía además de atracción, mucha curiosidad, no sabía qué llevaría puesto debajo. Al meter la mano por el costado entre el amplio mono y la cintura de ella se le escurrió entre las dos nalgas y notó que no llevaba nada.

 

Ese descubrimiento excitó a ambos de tal manera que apoyándose en algún mobiliario urbano empezaron ambos con caricias muy profundas. Sintieron que alguien pasaba cerca e interrumpieron la maniobra que estaba a punto de culminar, ya que aquella prenda que ella llevaba permitía todo tipo de posibilidades.

 

Regresaron al coche y pusieron rumbo hacia Bolonia. Pero ya se habían quedado tocados. Hicieron el camino muy despacio aprovechando que ya por allí la carretera es muy solitaria, sin parar él de explorar y ella de estremecerse y gozar. Menos mal que al salir de Conil habían puesto una toalla doblada en el asiento. A veces la dejaba a punto de caramelo aprovechando para cambiar alguna marcha, a veces la acompañaba hasta el final para retirar la mano o los dedos rápidamente, momento en que ella se retorcía de placer y de aún más deseo.

 

Así, fueron llegando a Bolonia, ya para la hora de comer. Aparcaron, caminaron más de media hora hacia los chiringuitos de playa, eligieron uno y comieron con apetito. Mientras, se comían mutuamente con la mirada. Cuando terminaron se dieron cuenta que, con las prisas, no habían cogido del coche sombrilla ni apenas nada para la playa, entonces se dieron un baño, pasearon, se volvieron a bañar y cuando sintieron que estaban tomando demasiado sol, además seguían con un viento de levante moderado y hacia calor, sin más se volvieron al coche y pusieron rumbo al Paraíso Perdido, ya que se dieron cuenta que tenían mucho que hacer durante lo que quedaba de tarde.

 

Pasaron bastante calor en el viaje de vuelta, venían asolanáos, al llegar al Paraíso se metieron en la piscina largo rato y después echaron una siesta tardía. Pasaron el resto de la tarde queriéndose, recordando y recreándose en los eventos de la mañana y se quisieron y se gozaron hasta la cena.