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Aquella tarde decidieron bajar al pueblo
para dar un paseo y cenar. Habían pasado la mañana en los jardines y la piscina
ya que por esa zona cuando sopla el viento de Levante es más llevadero a la
sombra y a remojo. Habían preparado su propia comida en un lugar adecuado para
ello y después de comer y bañarse echaron siesta, con postre. Ella como siempre se arregló, sabe sacarse
partido y le gusta. Decidió estrenar la falda larga hasta casi los tobillos y
apertura lateral desde la parte alta del muslo. Salieron a media tarde, en coche, del
Paraíso Perdido donde estaban alojados desde hacía 3 días y aparcaron a las
afueras del pueblo en la zona alta junto al Parque de la Atalaya, que se asoma
a la playa de la Fontanilla. Se internaron por el parque, ni grande ni pequeño,
solitario, que en algunos tramos para salvar desniveles contaba con unas largas
y moderadamente inclinadas pasarelas construidas en madera. Se levantó una suave y cálida brisa que les
iba acompañando en el recorrido de las pasarelas que haciendo zigzag a veces
les ponía de cara o de espaldas a la brisa, era divertido, de vez en cuando la
falda, con los envites de la brisa, cobraba vida propia y se volvía muy
juguetona. Al principio ella intentaba
hacer como si no pasara nada tratando de ponerla en su sitio. En seguida se dio cuenta de que tanto la
falda como la brisa eran como eran. No se podía hacer nada al respecto y dejó
de preocuparse. Centrándose en caminar junto a él abrazándole con su brazo
derecho y sujetándose el pelo, cuando él se paraba a besarla, con la mano
izquierda. Él la abrazaba con su brazo izquierdo y
cuando arreciaba la brisa, facilitándole el camino, acariciaba la parte alta y
la cara interna del muslo con la mano derecha. Cuando bajaba la brisa seguían
caminando. Tardaron un buen rato en llegar hasta el paseo que les conduciría a
la zona del pueblo a donde se dirigían. Pasearon por las calles céntricas de Conil,
entreteniéndose en los puestecitos callejeros, mirando diferentes opciones para
la cena y disfrutando de la alegría y la gracia de las gentes de Cádiz. Se decidieron por una terraza en una calle
a esas horas bastante concurrida y pidieron algún pescado y algo más y algo fresco de la tierra para
beber. Ella ya había aprendido a despreocuparse de
si la falda tenía vida propia o si de que el resto de turistas pasaban mirando
lo que hubiera que mirar o de que los camareros estuvieran pendientes de su mesa
algo más que del resto... Después de pagar la cuenta caminaron un
rato entre las tiendas que ya iban cerrando y la propia pendiente de las calles
les fue llevando hasta el paseo principal junto a la playa. Al llegar a espacio abierto de nuevo se
expresó la brisa y sintieron ganas de besarse y abrazarse. Mientras lo hacían
en medio del paseo volvieron la vista hacia la playa, dándose cuenta que había
esa noche una magnífica luna llena posicionada sobre el mar, decidieron ir a
contemplarla desde la orilla, si encontraban un lugar donde sentarse. En el intento, atravesando la primera parte
de arena con vegetación desde el paseo, había una pasarela de madera, de nuevo. Gente que iba o volvía de la playa. De
pronto dejó de pasar gente y el olor, la humedad, la noche, la luna, la brisa,
la falda..., la pasarela les invito a pararse allí, apoyados en la sólida
barandilla, él por fin la consiguió acariciar donde por la tarde no había
llegado. Ella se rindió a sus caricias, se volvió
loca de excitación, él se ocupó de que fuera productiva esa locura,
permaneciendo de centinela cubriéndola con su propio cuerpo ya que entre tanto
pasaban grupitos que les hacían interrumpir las maniobras. Aun así, a ella le
daba tiempo entre grupito y grupito a gozar, mientras con una mano se sujetaba
a la barandilla, simulando mirar hacia la lejanía y con la otra a la parte de
él que tanto deseaba, por dentro del pantalón. Dejaron de pasar y ellos aprovecharon para
situarse en una posición más cómoda para ella y continuaron con el juego. Enseguida se tuvo que quitar las braguitas
totalmente empapadas del último orgasmo con esa eyaculación que a veces les
viene a algunas chicas. Ese movimiento hizo que él se excitara aún más y
poniendo una rodilla en el suelo y un pie de ella en la parte baja de la
barandilla la terminó de satisfacer, esta vez con los labios y la lengua. Ambos
con los ojos cerrados no vieron si pasaban, pero sí escucharon como que alguien
susurraba pasando de puntillas: que suerte tienen, sí que saben vivir la noche. Al oír esos susurros se excitaron aún más,
ella le pidió estar aún más juntos, allí mismo, ahora, era una buena idea, los
dos lo deseaban. Lamentablemente vieron que se aproximaban por un lado y por
otro y ya eran palabras mayores.
Decidieron parar, recomponerse lo mejor que pudieron, ella con un gesto
certero colocó la apertura de la falda en el costado derecho y volvieron sobre
sus pasos abrazados camino del coche y del Paraíso Perdido. La noche era joven. |
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