El Jardín Prohibido: Pasarela hacia la playa, luna llena en Conil de la Frontera
Pierre G.



Aquella tarde decidieron bajar al pueblo para dar un paseo y cenar. Habían pasado la mañana en los jardines y la piscina ya que por esa zona cuando sopla el viento de Levante es más llevadero a la sombra y a remojo. Habían preparado su propia comida en un lugar adecuado para ello y después de comer y bañarse echaron siesta, con postre. Ella como siempre se arregló, sabe sacarse partido y le gusta. Decidió estrenar la falda larga hasta casi los tobillos y apertura lateral desde la parte alta del muslo.

 

Salieron a media tarde, en coche, del Paraíso Perdido donde estaban alojados desde hacía 3 días y aparcaron a las afueras del pueblo en la zona alta junto al Parque de la Atalaya, que se asoma a la playa de la Fontanilla. Se internaron por el parque, ni grande ni pequeño, solitario, que en algunos tramos para salvar desniveles contaba con unas largas y moderadamente inclinadas pasarelas construidas en madera.

 

Se levantó una suave y cálida brisa que les iba acompañando en el recorrido de las pasarelas que haciendo zigzag a veces les ponía de cara o de espaldas a la brisa, era divertido, de vez en cuando la falda, con los envites de la brisa, cobraba vida propia y se volvía muy juguetona. Al principio ella intentaba hacer como si no pasara nada tratando de ponerla en su sitio.

En seguida se dio cuenta de que tanto la falda como la brisa eran como eran. No se podía hacer nada al respecto y dejó de preocuparse. Centrándose en caminar junto a él abrazándole con su brazo derecho y sujetándose el pelo, cuando él se paraba a besarla, con la mano izquierda.

 

Él la abrazaba con su brazo izquierdo y cuando arreciaba la brisa, facilitándole el camino, acariciaba la parte alta y la cara interna del muslo con la mano derecha. Cuando bajaba la brisa seguían caminando. Tardaron un buen rato en llegar hasta el paseo que les conduciría a la zona del pueblo a donde se dirigían.

 

Pasearon por las calles céntricas de Conil, entreteniéndose en los puestecitos callejeros, mirando diferentes opciones para la cena y disfrutando de la alegría y la gracia de las gentes de Cádiz.

 

Se decidieron por una terraza en una calle a esas horas bastante concurrida y pidieron algún pescado y algo más y algo fresco de la tierra para beber.

 

Ella ya había aprendido a despreocuparse de si la falda tenía vida propia o si de que el resto de turistas pasaban mirando lo que hubiera que mirar o de que los camareros estuvieran pendientes de su mesa algo más que del resto...

 

Después de pagar la cuenta caminaron un rato entre las tiendas que ya iban cerrando y la propia pendiente de las calles les fue llevando hasta el paseo principal junto a la playa.

 

Al llegar a espacio abierto de nuevo se expresó la brisa y sintieron ganas de besarse y abrazarse. Mientras lo hacían en medio del paseo volvieron la vista hacia la playa, dándose cuenta que había esa noche una magnífica luna llena posicionada sobre el mar, decidieron ir a contemplarla desde la orilla, si encontraban un lugar donde sentarse.

 

En el intento, atravesando la primera parte de arena con vegetación desde el paseo, había una pasarela de madera, de nuevo.

 

Gente que iba o volvía de la playa. De pronto dejó de pasar gente y el olor, la humedad, la noche, la luna, la brisa, la falda..., la pasarela les invito a pararse allí, apoyados en la sólida barandilla, él por fin la consiguió acariciar donde por la tarde no había llegado.

 

Ella se rindió a sus caricias, se volvió loca de excitación, él se ocupó de que fuera productiva esa locura, permaneciendo de centinela cubriéndola con su propio cuerpo ya que entre tanto pasaban grupitos que les hacían interrumpir las maniobras. Aun así, a ella le daba tiempo entre grupito y grupito a gozar, mientras con una mano se sujetaba a la barandilla, simulando mirar hacia la lejanía y con la otra a la parte de él que tanto deseaba, por dentro del pantalón.

 

Dejaron de pasar y ellos aprovecharon para situarse en una posición más cómoda para ella y continuaron con el juego. Enseguida se tuvo que quitar las braguitas totalmente empapadas del último orgasmo con esa eyaculación que a veces les viene a algunas chicas. Ese movimiento hizo que él se excitara aún más y poniendo una rodilla en el suelo y un pie de ella en la parte baja de la barandilla la terminó de satisfacer, esta vez con los labios y la lengua. Ambos con los ojos cerrados no vieron si pasaban, pero sí escucharon como que alguien susurraba pasando de puntillas: que suerte tienen, sí que saben vivir la noche.

 

Al oír esos susurros se excitaron aún más, ella le pidió estar aún más juntos, allí mismo, ahora, era una buena idea, los dos lo deseaban. Lamentablemente vieron que se aproximaban por un lado y por otro y ya eran palabras mayores. Decidieron parar, recomponerse lo mejor que pudieron, ella con un gesto certero colocó la apertura de la falda en el costado derecho y volvieron sobre sus pasos abrazados camino del coche y del Paraíso Perdido.

 

La noche era joven.