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De
Torre del Mar a Carchuna, Calahonda. Muchos
de los que huyeron en “La Desbandá” fueron devueltos a la Málaga ocupada en
ferrocarril desde Torre del Mar, donde había desembarcado un contingente de
tropas italianas para controlar el posible paso de excombatientes republicanos.
Aunque la inmensa mayoría eran mujeres, niños y ancianos hambrientos y
agotados. En este grupo se encontraron Benito y Librada con sus 4 hijos
Francisca, Catalina, José y Román, mi padre, que prácticamente podía contar su
edad con los dedos de la mano. Al
pasar por el control italiano, un oficial le preguntó al carabinero Benito
García por el “mosca”, ante la mirada de sus hijos y su mujer encinta. (Mosca
era el nombre que le daban al fusil). Después de lo que habían vivido las
últimas jornadas, lo que habían escuchado que ocurría allá por donde pasaban
los invasores, con las mujeres y jóvenes capturadas, debieron tragarse la poca
saliva que les quedaba de un trago. Benito explicó que lo había entregado tres
días antes, cuando entró el ejercito sublevado en Málaga. Evitó mencionar que
de poco sirvió el limitado armamento de que disponía la escasa fuerza que
defendía la capital cuando se terminó la munición que desde hacía ya varios
días no les había sido facilitada desde el gobierno central. Otros
muchos de los que huyeron, seguramente los que sí eran combatientes, fueron
escurriéndose abandonando la columna a lo largo de la carretera por diferentes
lugares, donde y cuando sus fuerzas y la difícil orografía del terreno lo
hicieron posible, hacia poblaciones al interior donde ponerse a salvo si
conseguían pasar las líneas y contactar con fuerzas republicanas. Ya
en la provincia de Granada en Salobreña, el rio Guadalfeo, que recoge las aguas
de Sierra Nevada, bajaba aquellos días muy crecido debido al deshielo. Muchos
cruzaron. Según pasaban las horas el caudal seguía creciendo, y muy de cerca
una columna italiana les pisaba los talones. Gracias a que les contuvieron un
grupo de hombres y mujeres y los escasos efectivos de Motril, pudieron ganar
algo de terreno. La mañana del 10 de febrero, siguieron lanzándose a las frías
aguas. En el punto álgido de la crecida muchos de los que se lanzaron fueron
arrastrados por la corriente no pudiendo llegar con vida al otro lado. Mientras,
en la capital malagueña, los “recién llegados”, saqueaban las casas que se
sabía pertenecían a simpatizantes republicanos, cometiendo al tiempo todo tipo
de fechorías, violaciones y mutilaciones. Hubo gran cantidad de víctimas de las
represalias, calculándose en cerca de 10.000 fusilados solo en aquellos días. En
la provincia de Almería, en Adra, se concentraron tal cantidad de refugiados,
que su población pasó de 5.000 a 25.000 habitantes. Este aumento tan
vertiginoso en tan pocos días y en tan malas condiciones provocó serios
enfrentamientos con los vecinos. El gobierno tomó cartas en el asunto y envió
pequeños buques de carga para poner a salvo a cuantos pudieron subir a bordo y
los trasladaron a Alicante, Valencia y Barcelona. Los
pocos que llegaron finalmente a la capital Almeriense se encontraron de nuevo
con más de lo mismo, ya que en esos días arreciaban los bombardeos, que los
almerienses llevaban ya muchas jornadas soportando desde mar y aire, para dar
la bienvenida de los malagueños. Aun así, el pueblo almeriense acogió muy bien
en sus casas a los refugiados malagueños con quienes, en muchos casos,
confraternizaron. Tras
algo de descanso, poco a poco fueron partiendo; algunos andando como pudieron
se fueron disgregando hacia el interior, otros a bordo de pequeñas
embarcaciones de pescadores que se prestaron a ello, a lo largo del litoral
mediterráneo llegando algunos incluso hasta Francia. Conocí personalmente hace
unos años al hijo de una pareja que huyó en barca desde Almería a Francia, para
quedarse y criar a los tres hijos nacidos allí, pero eso, querido lector, será
otra historia. Meses
después El
frente quedó estabilizado entre Calahonda y Castell de Ferro, distantes 6
kilómetros entre sí, en la provincia de Granada. La
guerra seguía su curso y en el resto de los frentes, muy activos y variables,
se libraban duros combates entre los dos bandos. Muy lejos de allí, en la
cornisa cantábrica, a casi 1.000 km de distancia, entre el verano y el otoño de
ese año poco a poco fue desmoronándose el Frente Norte a manos del cuerpo de
ejército del Norte, muy bien pertrechado de hombres y armamento en buena parte
facilitado por los aliados de los golpistas: Alemania e Italia. Primero
Bilbao, luego Santander, finalmente Asturias, fueron cayendo cual castillo de
naipes. Particularmente
Asturias y norte de León resistieron heroicamente los durísimos ataques
dirigidos por el general Mola. Gente muy dura y valerosa amante de su tierra y
de su libertad y aislados del resto del territorio, acostumbrados a buscarse la
vida sin depender de nadie, formaron su propio “Consejo soberano de Asturias y
León” ya que la peculiaridad geográfica y lejanía impedía continuar bajo la
mediocre gestión militar del gobierno central. Después
de muchos combates, cuantiosas bajas dada la inferioridad aplastante de
fuerzas, poco a poco fueron perdiendo terreno. Entre otros muchos enclaves
importantes el paso de “el Mazuco”, cerca de Llanes, fue tomado después de 33
días de sangrientos combates y dejando una vía de entrada decisiva al corazón
de Asturias, por donde entraron las fuerzas del General Mola procedentes de
Santander que llegaron hasta Ribadesella y finalmente a Gijón. Esto fue el
principio de la caída de Asturias y en consecuencia el final del Frente Norte. Los
combatientes republicanos que no consiguieron internarse por los montes, o
esconderse en las numerosas cuevas de por aquella zona, al estar rodeados
fueron hechos prisioneros. De éstos los que no fueron pasados por las armas
fueron apresados y conducidos a diferentes batallones de castigo. Condenados
a realizar trabajos forzados consistentes sobre todo en la construcción de
infraestructuras de defensa y comunicaciones para el enemigo, sin apenas comida
y vestimenta adecuada, tuvieron que sufrir todo tipo de humillaciones y malos
tratos, a veces hasta la muerte, estando tan alejados de sus lugares de origen
que era prácticamente imposible cualquier intento de fuga. Fuerte
Carchuna Uno
de aquellos batallones de castigo tuvo su lugar de confinamiento en el Fuerte
de Carchuna. Castillo construido hacia 1700, para defensa de los constantes
ataques de los piratas. A principios del s. XX se habilitó como casa cuartel de
carabineros. Tras la toma de Málaga y posterior avance de los franquistas, pasó
a ser utilizado por los últimos como presidio. Hacia mayo del 38 allí se
encontraban 308 prisioneros procedentes precisamente de la batalla del Mazuco,
donde lo habían dado todo por intentar detener el avance imparable de los
enemigos de la legalidad. Llevaban, por lo tanto, cerca de 8 meses de trabajos
forzados. Entre otros valientes excombatientes allí se encontraban cuatro
jóvenes de entre 23 y 25 años que antes de ser soldados habían sido: -
Joaquín Fernández Canga, mecánico de equipos eléctricos, minero, de Sama de
Langreo -
Secundino Álvarez Torres, de Sama de Langreo, 25 años -
Esteban Alonso García, minero, 23 años -
Cándido Adolfo Muriel López. De la Felguera. Miembro de la C.N.T. Chófer,
mecánico, taxista. Sirvió como enlace al comienzo de la guerra Los
cuatro habían pasado por la Academia Militar y estaban graduados de tenientes.
Pero ante todo eran paisanos, asturianos, amaban su tierra, su patria querida.
Hemos de tener en cuenta que, como la mayor parte de generales, jefes y
oficiales del ejército español, por convicción o por imposición, se pusieron
del lado de los golpistas, y otros muchos fueron pasados por las armas, el
gobierno legítimo tuvo que improvisar rápidamente una escala de mando,
promocionando y ascendiendo muy rápidamente a quien daba muestras de valor y
determinación. Joaquín
Fernández, junto con su hermano Higinio, salieron en julio del 36 en una de las
columnas de mineros que se formaron para ir a defender Madrid los primeros
días, cuando sólo se trataba de un golpe de estado. Poco después tuvieron que
volver a Oviedo a combatir la sublevación que también allí se produjo por parte
de muchos militares golpistas. Allí precisamente conoció a Luis Bárzana. Bárzana,
gijonés, había ejercido como maestro durante los últimos años de la República.
Fue dirigente de las Milicias Antifascistas obreras y campesinas de Gijón.
Participó en la Revolución de Asturias del 34. Más tarde tras comenzar la
guerra participó en la supresión de la sublevación de Gijón. Mandó diferentes
unidades, como comandante primero de un batallón, hasta terminar en la 57
división, permaneciendo en Asturias hasta la caída del Frente Norte. Tras
regresar a la zona central republicana, fue jefe de la 71 división en el frente
de Andalucía. En mayo del 38 se encontraba en Almería desde donde apoyó la
evasión de Fuerte Carchuna. Los
prisioneros del fuerte, casi todos asturianos y muchos procedentes de las
comarcas mineras, eran utilizados para construir un aeródromo en los llanos de
Carchuna y los caminos de acceso a la retaguardia, provisiones, etc. Carchuna,
junto a Calahonda, se encuentra en una planicie muy protegida por el lado norte
y por los flancos, abierta al mar por el sudeste. Un mar muy profundo hasta
prácticamente la misma orilla, y rodeada esta de una serie de montes cercanos
con mucho desnivel que la protegen. Se encuentra entre 6 y 10 km de las líneas
republicanas tanto por el este (Almería) como por el norte (Sierra Nevada). Conocí
aquel enclave cuando de niño disfruté de unos días de vacaciones con mis padres
hacia los años 60. Nos bañábamos en la playa rodeados de barquitas de colores y
artes de pesca. Cada noche se echaban a la mar con sus lucecitas para atraer a
los peces. Los lugares y las gentes de los 60 eran prácticamente como en el 37,
habían pasado 20 años nada más. A día de hoy sin embargo ya no tiene nada que
ver, han pasado 50 años y la vida ha cambiado mucho en todos los aspectos. Los
prisioneros entre trabajos extenuantes y brutales palizas, además, notaron que
las visitas de los falangistas, que se produjeron desde el principio, como en
muchos otros lugares, se volvían más continuas y se llevaban detenidos a mayor
número de presos, que nunca regresaban. Esta práctica era la habitual en muchos
lugares. Elaboraban una lista de “sospechosos”, de noche se presentaban y se
los llevaban “de paseo”. De madrugaba los fusilaban en alguna cuneta o tapia
del cementerio de turno. Muchas
tardes salíamos con mis padres de paseo por la playa hacia el castillo de
Carchuna y mi hermana Asunción, cansada, lloraba diciendo que ella no quería ir
a Carchuna. ¿Dónde o cómo había escuchado decir esas palabras llorando? Joaquín
se encargaba en el fuerte de arreglar piezas y equipos eléctricos. Cada vez que
salía a realizar los trabajos no dejaba de observar el entorno para planear la
fuga. Cándido Adolfo un día, recogiendo a mano palmitos, que cubrían esos
llanos, sufrió una picadura de alacrán. Mientras esperaba que le curaran
conoció a una persona que regentaba una cantina próxima y fue quien le hizo un
plano del interior del fuerte. Eligieron
una noche propicia para la fuga, los cuatro jóvenes tenientes habían convenido
con sus compañeros que, si todo salía bien, una vez estuvieran a salvo harían 3
disparos al aire. El 19 de mayo tras atacar a los guardias logran escapar y
caminan en dirección contraria a las líneas republicanas para despistar a la
consiguiente persecución. Después de un buen trecho se descalzaron y volviendo
sobre sus pasos para no dejar rastro. Tras varias horas de caminata por el
monte llegaron con los pies destrozados a territorio amigo. Contactaron
con el comandante Luis Bárzana a quién explicaron la situación en la que se
encontraban sus compañeros prisioneros. Bárzana ordenó organizar una fuerza,
similar en número a la que custodiaba el Fuerte, compuesta por ellos cuatro y
otro teniente, el auxiliar del comandante, soldados republicanos, guerrilleros
y dos brigadistas internacionales entrenados para operaciones especiales, todos
ellos pertenecientes a la 55 División encargada de la defensa de Almería. Hay
que decir que en muchos lugares de España ya actuaban miles de guerrilleros,
supervivientes de diferentes frentes rotos, organizados a su manera por grupos,
también llamados partidas, dispersos entre sí, repartidos por muchos lugares de
difícil acceso. Se podría decir que hacían la guerra por su cuenta, gente del
monte, pastores algunos, acostumbrados a sobrevivir sin apenas nada por largos
periodos de tiempo, salvando las difíciles condiciones climáticas. Realizaban
actos de sabotaje, actuando solos o en colaboración con unidades del ejército o
de milicianos, cuando eran requeridos.
Participaron en muchas acciones, una de ellas, tal vez la más sonada: la
liberación de Fuerte Carchuna. Fueron la pesadilla de Franco durante la
Guerra Civil. Durante el día se mimetizaban con el paisaje y actuaban de noche
siendo perfectos conocedores del terreno. Infiltrándose casi siempre en las
líneas enemigas para hacer su trabajo y desaparecer al amparo de la oscuridad.
Les llamaban “los niños de la noche”, dada la corta edad de la mayoría de
ellos. Prometieron
que volverían... La
noche del 21 de mayo en Castell de Ferro embarcaron en dos barcas de pesca con
el armamento necesario y cajas de explosivos. Tuvieron que utilizar ese tipo de
embarcación al no disponer de otras más adecuadas para semejante acción. Sin
luces de posición, en plena oscuridad, sin instrumentos de orientación ni
radiofonía. Muchos de los participantes no sabían nadar. Intentando confundir
el fuerte ruido de los motores con el de los demás pesqueros que faenaban por
la zona, se aventuraron. Recuerdo
muy nítidamente el ruido que hacían los pesqueros cuando faenaban. También lo
que cubría el agua en cuanto pasabas de la zona que las olas arrastraban al
subir y bajar, de pronto había un cortado casi en vertical, de ahí el nombre de
Calahonda. Una
de las dos barcas sufrió una avería en el motor, la otra tuvo un error de
cálculo y se desorientó, llegando casi hasta la altura de Motril, lo que dio al
traste con la operación. Teniendo que volver y con un cable remolcar a la que
estaba averiada para regresar a Castell de Ferro. Y
volvieron El
día 23 a las 22 h. zarparon de nuevo y esta vez sin incidentes llegaron a
Calahonda a las 24 h. Había
cierto oleaje que les impidió alcanzar la orilla por lo que tuvieron que
desembarcar todo el material como pudieron a nado. En mayo el agua está todavía
muy fría. En
la playa les esperaban unos paisanos pescadores, que estaban al tanto, que les
proporcionaron la información precisa para realizar la operación. Cortaron el
tendido telefónico, tomaron un “chambao” (pequeña estructura construida con
cañas, básicamente para proteger del sol y del viento y ocultar los enseres de
los pescadores) próximo al fuerte donde guardaron algunos explosivos de reserva
e iniciaron el asalto. Poco
antes del amanecer toma el mando el teniente ayudante de Bárzana para realizar
el asalto. Poco a poco se aproximan al edificio rastreando y lo rodean sin ser
vistos por los centinelas, cuando aparecen tres ya es demasiado tarde y son
obligados a rendirse, uno de ellos levanta el arma para disparar y resulta
herido en una pierna. Alertada el resto de la guardia, después de un breve
tiroteo y lucha cuerpo a cuerpo, otro centinela muerto, consiguen abrir todas
las puertas y salen aturdidos los presos al tiempo que los soldados de la
guarnición se rinden. Sentencian al Alférez al mando junto con tres sargentos y
un cabo, acusados de malos tratos hacia los presos. Hicieron
reparto entre los presos liberados de fusiles Mauser y granadas de mano de la
guarnición, y salió el numeroso grupo a toda prisa gritando vítores a Asturias,
hacia las líneas amigas. Tuvieron que entrar en combate con una sección de
zapadores alertados que les cerraron el paso en la carretera. Dos comandos que
se rezagaron en la refriega cubriendo al resto, fueron obligados a echarse al
mar, tardando 4 días a nado en llegar a las líneas leales. Por
orden de Bárzana, desde otras posiciones en el cerro del Águila, abrieron fuego
de artillería para despistar y así facilitar el camino de los evadidos. Aún
tendrían que entrar en combate en varias ocasiones antes de llegar en dos
grupos al lugar donde se encontraba la fuerza al mando del comandante Luís
Bárzana. Lo celebraron con vivas y cantando “Asturias patria querida”, todos
juntos: combatientes asturianos, guerrilleros andaluces, brigadistas
internacionales y soldados republicanos procedentes de cualquier lugar de
España, en un mismo fraternal abrazo soldados, clases, suboficiales y
oficiales. Días después en Almería se les brindó un gran acto de homenaje para
rendir tributo a aquellos valerosos hombres que no escatimaron ningún esfuerzo
para defender la libertad. A
día de hoy hay una placa en el Castillo de Carchuna recordando estos hechos. Muchos
de estos jóvenes tras su liberación pidieron ser de nuevo movilizados para
integrarse en diferentes unidades y volvieron a los frentes, e incluso algunos,
acabada la guerra y tras huir a Francia, participaron en la resistencia
francesa. A otros se les concedió permiso para disfrutar de unos días de bien
merecido descanso y poder sanar las heridas del cuerpo y tal vez del alma. |
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