Evasión en Fuerte Carchuna
Pedro García Rodríguez


De Torre del Mar a Carchuna, Calahonda.

 

Muchos de los que huyeron en “La Desbandá” fueron devueltos a la Málaga ocupada en ferrocarril desde Torre del Mar, donde había desembarcado un contingente de tropas italianas para controlar el posible paso de excombatientes republicanos. Aunque la inmensa mayoría eran mujeres, niños y ancianos hambrientos y agotados. En este grupo se encontraron Benito y Librada con sus 4 hijos Francisca, Catalina, José y Román, mi padre, que prácticamente podía contar su edad con los dedos de la mano.

 

Al pasar por el control italiano, un oficial le preguntó al carabinero Benito García por el “mosca”, ante la mirada de sus hijos y su mujer encinta. (Mosca era el nombre que le daban al fusil). Después de lo que habían vivido las últimas jornadas, lo que habían escuchado que ocurría allá por donde pasaban los invasores, con las mujeres y jóvenes capturadas, debieron tragarse la poca saliva que les quedaba de un trago. Benito explicó que lo había entregado tres días antes, cuando entró el ejercito sublevado en Málaga. Evitó mencionar que de poco sirvió el limitado armamento de que disponía la escasa fuerza que defendía la capital cuando se terminó la munición que desde hacía ya varios días no les había sido facilitada desde el gobierno central.

 

Otros muchos de los que huyeron, seguramente los que sí eran combatientes, fueron escurriéndose abandonando la columna a lo largo de la carretera por diferentes lugares, donde y cuando sus fuerzas y la difícil orografía del terreno lo hicieron posible, hacia poblaciones al interior donde ponerse a salvo si conseguían pasar las líneas y contactar con fuerzas republicanas.

 

Ya en la provincia de Granada en Salobreña, el rio Guadalfeo, que recoge las aguas de Sierra Nevada, bajaba aquellos días muy crecido debido al deshielo. Muchos cruzaron. Según pasaban las horas el caudal seguía creciendo, y muy de cerca una columna italiana les pisaba los talones. Gracias a que les contuvieron un grupo de hombres y mujeres y los escasos efectivos de Motril, pudieron ganar algo de terreno. La mañana del 10 de febrero, siguieron lanzándose a las frías aguas. En el punto álgido de la crecida muchos de los que se lanzaron fueron arrastrados por la corriente no pudiendo llegar con vida al otro lado.

 

Mientras, en la capital malagueña, los “recién llegados”, saqueaban las casas que se sabía pertenecían a simpatizantes republicanos, cometiendo al tiempo todo tipo de fechorías, violaciones y mutilaciones. Hubo gran cantidad de víctimas de las represalias, calculándose en cerca de 10.000 fusilados solo en aquellos días.

 

En la provincia de Almería, en Adra, se concentraron tal cantidad de refugiados, que su población pasó de 5.000 a 25.000 habitantes. Este aumento tan vertiginoso en tan pocos días y en tan malas condiciones provocó serios enfrentamientos con los vecinos. El gobierno tomó cartas en el asunto y envió pequeños buques de carga para poner a salvo a cuantos pudieron subir a bordo y los trasladaron a Alicante, Valencia y Barcelona.

 

Los pocos que llegaron finalmente a la capital Almeriense se encontraron de nuevo con más de lo mismo, ya que en esos días arreciaban los bombardeos, que los almerienses llevaban ya muchas jornadas soportando desde mar y aire, para dar la bienvenida de los malagueños. Aun así, el pueblo almeriense acogió muy bien en sus casas a los refugiados malagueños con quienes, en muchos casos, confraternizaron.

 

Tras algo de descanso, poco a poco fueron partiendo; algunos andando como pudieron se fueron disgregando hacia el interior, otros a bordo de pequeñas embarcaciones de pescadores que se prestaron a ello, a lo largo del litoral mediterráneo llegando algunos incluso hasta Francia. Conocí personalmente hace unos años al hijo de una pareja que huyó en barca desde Almería a Francia, para quedarse y criar a los tres hijos nacidos allí, pero eso, querido lector, será otra historia.

 

Meses después

 

El frente quedó estabilizado entre Calahonda y Castell de Ferro, distantes 6 kilómetros entre sí, en la provincia de Granada.

 

La guerra seguía su curso y en el resto de los frentes, muy activos y variables, se libraban duros combates entre los dos bandos. Muy lejos de allí, en la cornisa cantábrica, a casi 1.000 km de distancia, entre el verano y el otoño de ese año poco a poco fue desmoronándose el Frente Norte a manos del cuerpo de ejército del Norte, muy bien pertrechado de hombres y armamento en buena parte facilitado por los aliados de los golpistas: Alemania e Italia.

 

Primero Bilbao, luego Santander, finalmente Asturias, fueron cayendo cual castillo de naipes.

 

Particularmente Asturias y norte de León resistieron heroicamente los durísimos ataques dirigidos por el general Mola. Gente muy dura y valerosa amante de su tierra y de su libertad y aislados del resto del territorio, acostumbrados a buscarse la vida sin depender de nadie, formaron su propio “Consejo soberano de Asturias y León” ya que la peculiaridad geográfica y lejanía impedía continuar bajo la mediocre gestión militar del gobierno central.

 

Después de muchos combates, cuantiosas bajas dada la inferioridad aplastante de fuerzas, poco a poco fueron perdiendo terreno. Entre otros muchos enclaves importantes el paso de “el Mazuco”, cerca de Llanes, fue tomado después de 33 días de sangrientos combates y dejando una vía de entrada decisiva al corazón de Asturias, por donde entraron las fuerzas del General Mola procedentes de Santander que llegaron hasta Ribadesella y finalmente a Gijón. Esto fue el principio de la caída de Asturias y en consecuencia el final del Frente Norte.

 

Los combatientes republicanos que no consiguieron internarse por los montes, o esconderse en las numerosas cuevas de por aquella zona, al estar rodeados fueron hechos prisioneros. De éstos los que no fueron pasados por las armas fueron apresados y conducidos a diferentes batallones de castigo.

 

Condenados a realizar trabajos forzados consistentes sobre todo en la construcción de infraestructuras de defensa y comunicaciones para el enemigo, sin apenas comida y vestimenta adecuada, tuvieron que sufrir todo tipo de humillaciones y malos tratos, a veces hasta la muerte, estando tan alejados de sus lugares de origen que era prácticamente imposible cualquier intento de fuga.

 

Fuerte Carchuna

 

Uno de aquellos batallones de castigo tuvo su lugar de confinamiento en el Fuerte de Carchuna. Castillo construido hacia 1700, para defensa de los constantes ataques de los piratas. A principios del s. XX se habilitó como casa cuartel de carabineros. Tras la toma de Málaga y posterior avance de los franquistas, pasó a ser utilizado por los últimos como presidio. Hacia mayo del 38 allí se encontraban 308 prisioneros procedentes precisamente de la batalla del Mazuco, donde lo habían dado todo por intentar detener el avance imparable de los enemigos de la legalidad. Llevaban, por lo tanto, cerca de 8 meses de trabajos forzados. Entre otros valientes excombatientes allí se encontraban cuatro jóvenes de entre 23 y 25 años que antes de ser soldados habían sido:

 

- Joaquín Fernández Canga, mecánico de equipos eléctricos, minero, de Sama de Langreo

- Secundino Álvarez Torres, de Sama de Langreo, 25 años

- Esteban Alonso García, minero, 23 años

- Cándido Adolfo Muriel López. De la Felguera. Miembro de la C.N.T. Chófer, mecánico, taxista. Sirvió como enlace al comienzo de la guerra

 

Los cuatro habían pasado por la Academia Militar y estaban graduados de tenientes. Pero ante todo eran paisanos, asturianos, amaban su tierra, su patria querida. Hemos de tener en cuenta que, como la mayor parte de generales, jefes y oficiales del ejército español, por convicción o por imposición, se pusieron del lado de los golpistas, y otros muchos fueron pasados por las armas, el gobierno legítimo tuvo que improvisar rápidamente una escala de mando, promocionando y ascendiendo muy rápidamente a quien daba muestras de valor y determinación.

 

Joaquín Fernández, junto con su hermano Higinio, salieron en julio del 36 en una de las columnas de mineros que se formaron para ir a defender Madrid los primeros días, cuando sólo se trataba de un golpe de estado. Poco después tuvieron que volver a Oviedo a combatir la sublevación que también allí se produjo por parte de muchos militares golpistas. Allí precisamente conoció a Luis Bárzana.

 

Bárzana, gijonés, había ejercido como maestro durante los últimos años de la República. Fue dirigente de las Milicias Antifascistas obreras y campesinas de Gijón. Participó en la Revolución de Asturias del 34. Más tarde tras comenzar la guerra participó en la supresión de la sublevación de Gijón. Mandó diferentes unidades, como comandante primero de un batallón, hasta terminar en la 57 división, permaneciendo en Asturias hasta la caída del Frente Norte. Tras regresar a la zona central republicana, fue jefe de la 71 división en el frente de Andalucía. En mayo del 38 se encontraba en Almería desde donde apoyó la evasión de Fuerte Carchuna.

 

Los prisioneros del fuerte, casi todos asturianos y muchos procedentes de las comarcas mineras, eran utilizados para construir un aeródromo en los llanos de Carchuna y los caminos de acceso a la retaguardia, provisiones, etc. Carchuna, junto a Calahonda, se encuentra en una planicie muy protegida por el lado norte y por los flancos, abierta al mar por el sudeste. Un mar muy profundo hasta prácticamente la misma orilla, y rodeada esta de una serie de montes cercanos con mucho desnivel que la protegen. Se encuentra entre 6 y 10 km de las líneas republicanas tanto por el este (Almería) como por el norte (Sierra Nevada).

 

Conocí aquel enclave cuando de niño disfruté de unos días de vacaciones con mis padres hacia los años 60. Nos bañábamos en la playa rodeados de barquitas de colores y artes de pesca. Cada noche se echaban a la mar con sus lucecitas para atraer a los peces. Los lugares y las gentes de los 60 eran prácticamente como en el 37, habían pasado 20 años nada más. A día de hoy sin embargo ya no tiene nada que ver, han pasado 50 años y la vida ha cambiado mucho en todos los aspectos.

 

Los prisioneros entre trabajos extenuantes y brutales palizas, además, notaron que las visitas de los falangistas, que se produjeron desde el principio, como en muchos otros lugares, se volvían más continuas y se llevaban detenidos a mayor número de presos, que nunca regresaban. Esta práctica era la habitual en muchos lugares. Elaboraban una lista de “sospechosos”, de noche se presentaban y se los llevaban “de paseo”. De madrugaba los fusilaban en alguna cuneta o tapia del cementerio de turno.

 

Muchas tardes salíamos con mis padres de paseo por la playa hacia el castillo de Carchuna y mi hermana Asunción, cansada, lloraba diciendo que ella no quería ir a Carchuna. ¿Dónde o cómo había escuchado decir esas palabras llorando?

Joaquín se encargaba en el fuerte de arreglar piezas y equipos eléctricos. Cada vez que salía a realizar los trabajos no dejaba de observar el entorno para planear la fuga. Cándido Adolfo un día, recogiendo a mano palmitos, que cubrían esos llanos, sufrió una picadura de alacrán. Mientras esperaba que le curaran conoció a una persona que regentaba una cantina próxima y fue quien le hizo un plano del interior del fuerte.

 

Eligieron una noche propicia para la fuga, los cuatro jóvenes tenientes habían convenido con sus compañeros que, si todo salía bien, una vez estuvieran a salvo harían 3 disparos al aire. El 19 de mayo tras atacar a los guardias logran escapar y caminan en dirección contraria a las líneas republicanas para despistar a la consiguiente persecución. Después de un buen trecho se descalzaron y volviendo sobre sus pasos para no dejar rastro. Tras varias horas de caminata por el monte llegaron con los pies destrozados a territorio amigo.

 

Contactaron con el comandante Luis Bárzana a quién explicaron la situación en la que se encontraban sus compañeros prisioneros. Bárzana ordenó organizar una fuerza, similar en número a la que custodiaba el Fuerte, compuesta por ellos cuatro y otro teniente, el auxiliar del comandante, soldados republicanos, guerrilleros y dos brigadistas internacionales entrenados para operaciones especiales, todos ellos pertenecientes a la 55 División encargada de la defensa de Almería.

 

Hay que decir que en muchos lugares de España ya actuaban miles de guerrilleros, supervivientes de diferentes frentes rotos, organizados a su manera por grupos, también llamados partidas, dispersos entre sí, repartidos por muchos lugares de difícil acceso. Se podría decir que hacían la guerra por su cuenta, gente del monte, pastores algunos, acostumbrados a sobrevivir sin apenas nada por largos periodos de tiempo, salvando las difíciles condiciones climáticas. Realizaban actos de sabotaje, actuando solos o en colaboración con unidades del ejército o de milicianos, cuando eran requeridos. Participaron en muchas acciones, una de ellas, tal vez la más sonada: la liberación de Fuerte Carchuna. Fueron la pesadilla de Franco durante la Guerra Civil. Durante el día se mimetizaban con el paisaje y actuaban de noche siendo perfectos conocedores del terreno. Infiltrándose casi siempre en las líneas enemigas para hacer su trabajo y desaparecer al amparo de la oscuridad. Les llamaban “los niños de la noche”, dada la corta edad de la mayoría de ellos.

 

Prometieron que volverían...

La noche del 21 de mayo en Castell de Ferro embarcaron en dos barcas de pesca con el armamento necesario y cajas de explosivos. Tuvieron que utilizar ese tipo de embarcación al no disponer de otras más adecuadas para semejante acción. Sin luces de posición, en plena oscuridad, sin instrumentos de orientación ni radiofonía. Muchos de los participantes no sabían nadar. Intentando confundir el fuerte ruido de los motores con el de los demás pesqueros que faenaban por la zona, se aventuraron.

 

Recuerdo muy nítidamente el ruido que hacían los pesqueros cuando faenaban. También lo que cubría el agua en cuanto pasabas de la zona que las olas arrastraban al subir y bajar, de pronto había un cortado casi en vertical, de ahí el nombre de Calahonda.

 

Una de las dos barcas sufrió una avería en el motor, la otra tuvo un error de cálculo y se desorientó, llegando casi hasta la altura de Motril, lo que dio al traste con la operación. Teniendo que volver y con un cable remolcar a la que estaba averiada para regresar a Castell de Ferro.

 

Y volvieron

 

El día 23 a las 22 h. zarparon de nuevo y esta vez sin incidentes llegaron a Calahonda a las 24 h.

Había cierto oleaje que les impidió alcanzar la orilla por lo que tuvieron que desembarcar todo el material como pudieron a nado. En mayo el agua está todavía muy fría.

 

En la playa les esperaban unos paisanos pescadores, que estaban al tanto, que les proporcionaron la información precisa para realizar la operación. Cortaron el tendido telefónico, tomaron un “chambao” (pequeña estructura construida con cañas, básicamente para proteger del sol y del viento y ocultar los enseres de los pescadores) próximo al fuerte donde guardaron algunos explosivos de reserva e iniciaron el asalto.

 

Poco antes del amanecer toma el mando el teniente ayudante de Bárzana para realizar el asalto. Poco a poco se aproximan al edificio rastreando y lo rodean sin ser vistos por los centinelas, cuando aparecen tres ya es demasiado tarde y son obligados a rendirse, uno de ellos levanta el arma para disparar y resulta herido en una pierna. Alertada el resto de la guardia, después de un breve tiroteo y lucha cuerpo a cuerpo, otro centinela muerto, consiguen abrir todas las puertas y salen aturdidos los presos al tiempo que los soldados de la guarnición se rinden. Sentencian al Alférez al mando junto con tres sargentos y un cabo, acusados de malos tratos hacia los presos.

 

Hicieron reparto entre los presos liberados de fusiles Mauser y granadas de mano de la guarnición, y salió el numeroso grupo a toda prisa gritando vítores a Asturias, hacia las líneas amigas. Tuvieron que entrar en combate con una sección de zapadores alertados que les cerraron el paso en la carretera. Dos comandos que se rezagaron en la refriega cubriendo al resto, fueron obligados a echarse al mar, tardando 4 días a nado en llegar a las líneas leales.

 

Por orden de Bárzana, desde otras posiciones en el cerro del Águila, abrieron fuego de artillería para despistar y así facilitar el camino de los evadidos. Aún tendrían que entrar en combate en varias ocasiones antes de llegar en dos grupos al lugar donde se encontraba la fuerza al mando del comandante Luís Bárzana. Lo celebraron con vivas y cantando “Asturias patria querida”, todos juntos: combatientes asturianos, guerrilleros andaluces, brigadistas internacionales y soldados republicanos procedentes de cualquier lugar de España, en un mismo fraternal abrazo soldados, clases, suboficiales y oficiales. Días después en Almería se les brindó un gran acto de homenaje para rendir tributo a aquellos valerosos hombres que no escatimaron ningún esfuerzo para defender la libertad.

 

A día de hoy hay una placa en el Castillo de Carchuna recordando estos hechos.

 

Muchos de estos jóvenes tras su liberación pidieron ser de nuevo movilizados para integrarse en diferentes unidades y volvieron a los frentes, e incluso algunos, acabada la guerra y tras huir a Francia, participaron en la resistencia francesa. A otros se les concedió permiso para disfrutar de unos días de bien merecido descanso y poder sanar las heridas del cuerpo y tal vez del alma.