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El
hombre se ganaba la vida, igual que lo hicieran su padre y su abuelo,
cultivando el huerto del convento, manteniendo el pozo, el horno de leña donde
hacían el pan, y en general, algunas de las cosas que se le pueden encomendar
el único varón que habitaba en aquel tranquilo y apartado lugar. Tenía
muy buen trato con las personas que allí moraban, algunas, bastante mayores,
conocieron a su padre, incluso a su abuelo, quienes le supieron trasmitir las
bondades del peculiar oficio y de quienes hablaban muy bien y guardaban gratos
recuerdos. De
vez en cuando se incorporaban chicas nuevas, procedentes de diferentes lugares
y por diferentes motivos que, dicho sea de paso, permanecían en el anonimato.
Chicas que al margen de las razones que las trajeran a ponerse los hábitos
estaban en un momento de sus vidas en que les pasaban cosas, por el cuerpo y la
cabeza, que las sobrecogían y de las que nunca hablaban, o muy rara vez. El hecho es que, en la medida de sus
inquietudes, exploraban, algunas más que otras, aquellas sensaciones, casi
siempre en solitario, sin entender, a que venía todo “aquello” que tan curioso
placer les proporcionaba. Una
de aquellas chicas, recién incorporada, notaba los gestos y reacciones de sus
compañeras sin aún entender nada. En
uno de los oficios pasaban alrededor del claustro varias veces, en fila,
encabezando las más antiguas, siendo la última posición la que ocupaba la
recién llegada. Veía esta última, por lo tanto, los movimientos de excitación
de sus compañeras algo más mayores que ella, al cruzarse a veces con el hombre
quien se encontraba realizando sus labores en el huerto del interior del
claustro. Este
último, al ver acercarse el grupo, dejaba su herramienta por unos instantes y
se deleitaba mirando esos rostros jóvenes que le miraban de arriba abajo.
Aprovechaba para secarse el sudor y componerse un poco su ropa de trabajo, en
esto, reparó aquel día en la recién llegada dándose cuenta de lo bonita que
era. Se
fue convirtiendo en un ritual, cada día la joven al pasar le miraba como hacían
sus compañeras, pero ella además se daba la vuelta al darse cuenta de que le
gustaba mucho ese cruce de miradas. Se miraban de arriba a abajo, él hombre, se
quitaba de la cabeza la boina y haciendo un gesto de reverencia se llevaba ésta
a la altura del corazón, ella entonces se mordía el labio inferior y entonces
el, con disimulo se tocaba en el pantalón. Ese toque provocaba en ella aún más
cosquillas y a veces reaccionaba tocándose a la misma altura. Una
de las tareas diarias del hombre era llevar, a la hora en que se retiraban cada
una a su recinto para dormir, agua para lavarse y beber durante la noche. Empezaba por la ultima celda llenando la palancana
junto a la puerta, por fuera. Continuaba haciendo lo mismo para las demás.
Después de seguir sacando agua del pozo comenzaba la segunda ronda con el agua
de beber llenando las jarras que se encontraban igualmente junto a la puerta
por fuera de cada habitación. Aquel
día en la segunda ronda, al llegar a la última vio que no estaba la jarra. Al
no saber qué hacer se asomó ligeramente por la puerta entreabierta y cuál fue
su sorpresa cuando se encontró a la joven novicia echada sobre su cama
tocándose por debajo de los hábitos en el lugar que tantas cosquillas le daba
últimamente, sobre todo cuando le veía a él tocarse cuando se cruzaban. Ambos
se miraron de arriba abajo, de izquierda a derecha. Oyeron las puertas de las
otras celdas que una por una se iban cerrando. El hombre, dando tres pasos se
situó justo a su lado y puso su mano encima de la de ella, siguiéndola en sus
movimientos. Aproximando sus labios la besó mientras con la mano libre se bajó
el pantalón y guio la otra mano de ella allí donde el también sentía
cosquillas. Ella entonces apartó su mano y tomo la de él llevándola al mismo
lugar. Los dos sintieron a la vez un intenso estremecimiento. Ella
se excito muchísimo y por primera vez en su vida sintió unas cosquillas tan
fuertes que él tuvo que seguirla besando fuerte para ahogar sus gritos que, de
otro modo, habrían alertado al resto. De hecho, después de las terceras
cosquillas él se retiró, a duras penas consiguió ponerse el pantalón a pesar de
la impedimenta, y se marchó para continuar con sus quehaceres. Ella
aún siguió acariciándose y gozando del toque de aquel hombre que desde hacía
unas semanas no se podía quitar de la cabeza y de su propio toque. Varias veces
a lo largo de aquella noche se volvió a acariciar. El
hombre por su lado tenía todavía que llevar agua para beber al resto de las
novicias y monjas. En esto consistía su última tarea de cada día: dar a cada
una de aquellas mujeres lo que cada noche necesitaban, cada una en su medida:
agua y placer. Poco a poco, a su debido tiempo y en su justa
medida las iba acompañando desde sus primeros pasos, recién llegadas, en que
les mostraba los caminos del placer, siempre conteniéndose él. Cuando ya en la madurez dejaban de ser
fértiles, pero no por ello faltas de deseo las acompañaba llegando el, a veces,
hasta el final. Cuando ya sus apetitos se iban apagando igualmente las
acompañaba en ese amor sereno y tierno de la edad avanzada. Las satisfacía a demanda y, conociéndolas
perfectamente, sabía lo que cada una quería cada día. Sin que las demás se
enteraran, en algún momento de la noche las visitaba y les dejaba agua para
beber... y casi siempre, como mínimo una caricia de buenas noches. Sentía
un cariño muy especial por cada una de ellas. Como no sabían lo que ocurría en
las otras habitaciones cada una se sentía querida y tratada en exclusiva. Sin embargo,
cada noche la novicia más joven era la primera en ser atendida, siendo la más
apetecida por el hombre, también era en su lecho donde a él le gustaba terminar
cada noche hasta el alba. Era
la única que se asomaba a la puerta en el descanso después de la comida mientras
todas dormían y le salía a buscar al pasillo cuando él llegaba recién
levantado, lavado y afeitado. A cambio de su trabajo extra durante las largas
noches, tenía permitido dormir a demanda en su espacio privado, almorzaba
mientras ellas comían y contaba los minutos que faltaban para reunirse con su
amada. Ese
momento en el que todo el mundo ya reposaba con las puertas cerradas
aprovechaba la novicia para liberarse de toda la indumentaria y corriendo de un
salto se colgaba de su cuello, rodeando también con las piernas la cintura del
hombre. Mientras él la sujetaba de las
nalgas su amante encontraba la manera de soltar una mano con la que, hurgando,
buscar y liberar el apoyo que necesitaba insertar en su cuerpo para consolidar
el equilibrio en el mismo centro de gravedad. De ese modo hacían el trayecto
con sus paradas correspondientes contra los muros comiéndose a besos, haciendo
el amor totalmente entregado el uno al otro. Después,
ya en la cama la proporcionaba tanto placer como ella demandaba y, a su debido
tiempo, se retiraba a cumplir con el resto de sus quehaceres de la tarde sin
que nadie notara nada. Nada salvo que
cada día la novicia estaba más bonita.
Todas sabían por ese detalle que era la preferida de aquel hombre que
tan bien había aprendido a querer y respetar a las mujeres. |
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