De Almería a Gandía
Pedro García Rodríguez


Aquellas vacaciones en Gandía resultaron ser sobre dos ruedas.

 

Guille tenía menos de dos años, Elena 12 y Celia 10.

Habíamos llevado bicis para todos y la silla de bici para bebes.

 

Pasábamos los días, mañana y tarde, pedaleando por el paseo marítimo en toda su longitud. A veces los 4, casi todas Guille y yo. Gandía centro, alrededores. Un mini zoo donde también había picadero de caballos, parques por todas partes, el puerto grande, el deportivo, el de pesca, las tiendecillas...

De vez en cuando candaba la bici y nos adentrábamos en la playa para darnos un baño. Nos sentíamos cómodos Guille y yo. Guille nunca protestaba, solo había que preocuparse de darle agua y biberón cuando tocaba, cambiar el pañal de vez en cuando, claro y poco más, un bebe muy agradecido.

 

Una mañana íbamos los cuatro por el puerto deportivo, por la zona del club de buceo y escuela infantil de vela

 

Pasamos junto a un hombre de avanzaba edad alto, fuerte y muy bronceado. Se encontraba en el muelle al lado del club de buceo. Con un martillo neumático es sus manos demoliendo una estructura de hormigón y había alrededor un montón de piezas que debieron componer un barco, ni grande ni pequeño. Nos llamó mucho la atención, Nosotros a él también. Pasan primero dos niñas, con sus bicis hablando de sus cosas ensimismadas. Después Guille y yo atentos a lo que había alrededor y nos miramos el tipo y yo.

 

Se me ocurrió decirle en broma: “Eso ya no hay quien lo recomponga”. Elena y Celia iban delante, nosotros nos paramos, necesitábamos explorar aquella situación. A poco que le tiramos de la lengua aquel hombre nos contó una historia muy enternecedora.

 

Había nacido y trabajado toda su vida en Francia. Cuando llegó el momento de su jubilación decidió venir a España, eligió Gandía por algún motivo. Compró una casa junto al puerto y encontró la forma de hacerse con un barco.

 

En el puerto de Valencia subastaban por retirada del servicio el barco que utilizaba el práctico en sus desplazamientos entre muelles y barcos grandes que requerían para entrar o salir de la ayuda del marinero especialista que suele haber en los puertos para dicho cometido.

 

Era un barco, nos contaba, con una máquina muy potente para hacer sus traslados de forma rápida. Al mismo tiempo a veces necesitaba arrastrar o empujar en alguna maniobra delicada.

 

Disfrutó mucho durante años de la navegación por los alrededores acompañado de delfines y atunes, llegando en ocasiones hasta la costa de marruecos, de donde procedía su madre. Por el estrecho muchas veces avistaba cachalotes, ballenas piloto, cruzándose además con grandes navíos de carga y petroleros. Hasta que un día le llegó la notificación de que su barco, por la antigüedad debía ser dado de baja.

 

Por un cambio reciente en la normativa del puerto de Valencia, los barcos que ya no pasaban la I.T.B debían ser desguazados y demolidos en tierra firme. Hasta entonces sencillamente se permitía a sus armadores hundirlos en algún lugar designado para ello. Esto era como un entierro, pero en el mar y esos viejos cascos servían para fijar colonias de diferentes especies marinas. Para marineros y armadores esto suponía un final digno para el que había sido compañero de faenas y fatigas.

 

Con lágrimas en los ojos aquel hombre nos contó con detalle cómo había desmontado las piezas importantes e intentado darle una segunda vida. La rueda de timón se la regaló a los amigos del club de buceo. Toda la madera, incluido el casco se la llevo un amigo ebanista para construir muebles, las piezas de hierro un artista amigo para hacer esculturas, el motor le serviría a un viejo amigo regante para bombear grandes cantidades de agua de un pozo de su huerta. Le quedaba demoler el fondo de la obra viva, que en algunas embarcaciones es de planchas de hierro, pero también puede ser de hormigón, con tal de que pese mucho y obligue al casco a estar siempre en posición vertical.

 

En esa labor estaba justo cuando pasamos nosotros. La más desagradable, la más destructora, la menos digna. Llevaba varios días trabajando sólo, tenía el corazón partido. Cuando de repente pasan unos en bici y le gastan una broma, no pudo contenerse y se echó a llorar. Y a contarnos.

 

Me preguntó si las dos niñas y el bebé eran hijos míos. Le dije que una de ellas era sobrina. Entonces me contó su vida. También la de sus tres hijos, ya mayores, esparcidos por el mundo. Guille no rechistaba. En su opinión un hombre ha de tener, en lo posible, tres hijos para tener una visión más amplia de la vida. Según esas cuentas a mí en aquel momento me faltaba uno.

 

Su padre, almeriense, empezó a trabajar de niño acompañando a los pescadores a faenar de noche. Tan pronto consiguió ahorrar compró una barca, siendo apenas un adolescente. A los 18 se enamoró de una joven y bonita rifeña, que enseguida le acompaño a faenar. Llegó la guerra y con los bombardeos, la pesca se vino abajo ya que los peces se morían por las detonaciones de las bombas que caían en el mar.

 

Eran muy jóvenes y estaban muy enamorados. Antes de que le movilizaran, para poder seguir estando juntos, decidieron tomar la barca e irse navegando. Como ella hablaba francés decidieron ir hasta Francia. Por aquellos días eran muchas las pequeñas y medianas embarcaciones que ponían proa hacia levante y Cataluña, todo ello en zona republicana. Junto a ellos viajaron algunos de los muchos que en aquellos momentos quisieron abandonar Almería. En los puertos de levante embarcaban muchas personas incluso familias completas en barcos más grandes que los llevarían al continente americano. Probablemente alguno de los que los acompañaron en aquella huida procedían de la desbandá de Málaga.

 

Fueron tantas y tan variopintas las situaciones que tocó vivir a la población de un país que se encontró de repente partido en dos en aquellos años de desgracias, pérdidas, separaciones, desapariciones… Debió de ser muy duro para aquella pareja decidir dejar atrás el lugar donde se conocieron. Pero una vez que consiguieron llegar al país que les acogió su vida fue muy dichosa.

 

Poco después, ya terminando la guerra, los españoles que siguieron llegando al país vecino ya no tuvieron tan buena acogida ya que fueron casi medio millón de personas los que llegaron en muy poco tiempo. Las autoridades francesas tomaron la decisión de darles trato de prisioneros en los campos de concentración improvisados en las playas rodeados de alambradas, a veces sin comida ni abrigo. Casi la mitad soldados y militares, pero también, casi un tercio, mujeres, niños y ancianos.

Y aproximadamente la décima parte eran inválidos o heridos.